EL silencioso siempre llega envuelto en un aura de misterio morboso, como si más que una voluntad de ser discreto detrás de las palabras medidas de quien no gusta de hablar demasiado hubiera arcanos que fuera necesario descifrar entre líneas. Los políticos, a los que estos días les brotan insensateces en la cabeza y les afloran por la boca sin que el sentido común tenga tiempo de procesarlas o matizarlas, los silenciosos les desconciertan, quizá porque no comprenden que puedan guardarse para sí lo que piensan y que encima si lo hacen lo hagan con palabras precisas y sin atropellar a nadie.
Los políticos reformaron por decreto tramposo de retórica parda que uno sea esclavo de sus palabras ante el riesgo de que más de uno y una acabaran recogiendo algodón en cualquier latifundio de Alabama, y ahora que la mitad del refrán les sobraba han decidido que tampoco es uno del todo dueño de sus silencios. Un señor puede quedarse en casa ejerciendo el también democrático derecho de no acudir a las urnas y se encuentra con que hay iluminadas arúspices que igual que podrían leer el futuro en los posos del café se dedican a interpretar para quién es buena o mala la abstención.
La socialista Mar Moreno, jura y perjura que los ciudadanos que optan por el sopor de sofá o directamente se niegan a dar un cheque en blanco a nadie, en realidad benefician al PP. Explicar por qué hubiera sido signo de usar la cabeza y si encima aporta datos que no merezcan el cachondeo general habría merecido sacarla a hombros entre vítores en una campaña electoral donde peta la astracanada indocumentada e irreflexiva.
Visto así, a lo mejor la más honrosa vestimenta para los silenciosos sea la túnica blanca de loco que a Jesús le pusieron cuando no quiso contestar la memeces del bobo decadente de Herodes.



