Córdoba

Córdoba / TRIBUNA LIBRE

BURBUJA HORARIA

Día 18/06/2011

¿Cuántos años llevamos viviendo con la burbuja inmobiliaria: primero temiendo, luego confirmando, finalmente estallando ante nuestros ojos y siempre como tema principal de conversación? No hace mucho la revista «The Economist» calculó que la vivienda española estaba sobrevalorada un 55 por ciento, y ahora otro informe de la Comisión Europea estima esa sobrevaloración en un 17 por ciento. Esto significa, seamos optimistas, que aunque nos acercamos a sus precios reales, aún nos falta un buen trecho para llegar al moderado tres por ciento de la Eurozona. Quizá la diferencia que va del 3 al 17 por ciento de desajuste sea una metáfora del tiempo que nos distingue en discutir y acordar la compraventa de esos cientos de miles de inmuebles vacíos. El otro europeo discute en minutos lo que nosotros dilatamos en horas.

Y por eso la jornada laboral española es tan larga, tan abrumadora en Andalucía; no la oficial, que se parece en el papel a la labor de por ahí fuera, sino la jornada real, que se resuelve mediante triquiñuelas estupefacientes para que del entrar al salir se «organice» una labor alargada sin ton ni son. Que nuestro desempleo sea tan superior al de otros países tiene mucho que ver con un pluriempleo que vige con fuerza, y de ahí sin duda tantas bajas laborales y una productividad irrisoria; de ahí también lo grata y económica que resulta la labor cuando salimos de Celtiberia. Que se hable por otra parte de «adicción a la casa de papá» de más de la mitad de los jóvenes españoles entre 18 y 34 años no deja de ser una exageración, pues mientras el joven está en el hogar el adulto provee a sus necesidades («mi padre es un pringado», alegan encima), y cuando los progenitores llegan a casa por la noche, aquellos buscan salvación e identidad en la calle. Chicos que no trabajan ni estudian donde quieren, necesitan enajenarse periódicamente para consensuar estrategias y para sentirse libres y justificados con ayuda de sus bebistrajos. ¡Cuánta falacia!

Y a semejanza de los precios inflados de nuestros pisos, cuyo valor verdadero no deja de bajar, al igual de la burbuja inmobiliaria y de la jornada brutal que se desdobla (en España no tenemos un horario como todo el mundo, sino dos), yo compruebo en la docencia una burbuja horaria, un tiempo añadido y defraudado con aburrimiento; porque mientras en otras universidades y escuelas primarias se dan horas concisas de 45 minutos y dobles de 90, aquí alargamos la labor hasta 60 minutos alevosos, y el trabajo no cunde. Con el plan Bolonia hemos reducido la dosis a sesenta créditos al año, pero la inercia es perversa, y, además del cuarto de hora excesivo por clase, están unos profesores educados en horarios brutales que se sientan en Junta de Facultad para acordar lo de siempre, y a fin de cuentas nuestro estudiante queda para el arrastre siguiendo viejas costumbres. Con más horas de clases más largas... nuestro estudiante rinde menos. En la enseñanza secundaria se dan 180 minutos —«tres horas sin intervalo de una a otra», como cuando Azorín era niño— y luego otras tres. Esto es organizar las cosas de espaldas al espíritu y a la letra de la educación europea. ¿Cómo no van a «abandonar» nuestros jovencitos en desproporción incalculable al cesar la obligación a los dieciséis años, incluso antes? ¿Alguien ha visto un horario escolar finlandés o alemán? Allí el escolar sale vivo del aula, descansa un rato y sigue trabajando a solas.

Y lo peor es el aire público, tan adverso hoy como en tiempos de Cajal o de Ortega. Poco a poco vamos alcanzando, de Primaria a la Universidad, los días lectivos que requiere un curso tranquilo. Sin embargo los excesos cotidianos son causa o efecto de una afición a pontificar, a hacer puentes, que da miedo. La frecuencia de fiestas y puentes, la reducción de la semana a cuatro días contraproductivos, la matriculación al por mayor —barata y deletérea— de estudiantes en Facultades que deberían ser minoritarias, días sobrecargados: todo eso junto impide el sosiego, que es la condición indispensable del estudiar.

Ahora que la burbuja inmobiliaria parece haber entrado en razón, podíamos organizar los tiempos escolares con sentido común, y esto quiere decir eliminando la demasía que nos lastra de antiguo. Cuando se reduzcan nuestras horas de clase a su dimensión estricta y se desinfle la estúpida burbuja horaria, veremos renacer nuestro sistema educativo público, atrasado y obeso de arriba abajo.

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