Córdoba

Córdoba / LA NOCHE BLANCA DEL FLAMENCO

Ciudad de jondura en mil acentos

Miles de personas toman las calles en la velada más mágica y concurrida de Córdoba para deleitarse con el baile de Eva Yerbabuena, la guitarra de José Antonio Rodríguez y la voz de Miguel Poveda entre otros muchos artistas

Día 19/06/2011 - 10.43h
Ciudad de jondura en mil acentos
valerio merino 
Actuación del Ballet de Encarna y Hugo López en el Alcázar Viejo

Sonó un aplauso, largo de entusiasmo, y se trajo la noche de golpe. Todavía los más pertinaces estaban mirando hacia el horizonte occidental que se abría detrás del escenario y comprobaban que algunos rayos de luz quedaban, porque el sol acostumbra en junio a no querer marcharse de las tardes de calor infinito. Aunque a decir verdad la noche había comenzado a instalarse en las calles y plazas de Córdoba, allí se hizo plena y llena de las luces fantasiosas de los focos, perfumada con la música y la plenitud atávica de lo jondo.

Aunque se había comenzado a desperezar con más o menos timidez según los sitios, el primer quejío no llegó hasta las diez y media, cuando la bailaora Eva Yerbabuena compareció ante la plaza de Las Tendillas. No cabía un alfiler desde muchos antes y allí se inició la que se ha convertido en la velada más larga del año en Córdoba por derecho propio. Era la Noche Blanca del Flamenco, que otra vez convirtió a miles de personas en peregrinos insaciables por conciertos, actividades y sorpresas al cabo de las plazas y en decenas de recintos que podían satisfacer a todos los gustos.

Como si fuesen fichas de dominó que cayesen una después de la otra, la cita continuó por multitudes enamoradas de la música en mil calles y plazas, y en todas se notó el mismo entusiasmo y la misma voluntad de no dejar consumir ni un minuto de deleite en una noche cálida de Córdoba.

De Las Tendillas se pasaba a República Argentina, donde, como es habitual también desde 2008, el flamenco se vestía con los ropajes más actuales que sin embargo demuestran que el más universal de los lenguajes es la música. Niña Pastori e India Martínez comparecieron allí para hacer una particular versión de música pop y rock sin olvidarse de lo jondo donde la gaditana tiene su origen.

Hubo aperitivos sabrosos, como la Caravana de Castañuelas, que con alumnos del Conservatorio Profesional de Danza Luis del Río recorrió varios puntos del Casco histórico. Pero la Noche Blanca del Flamenco es un momento para los muy noctámbulos, para los horarios que no suelen figurar en los periódicos por lo extraño e intempestivo. Y sin embargo, más parecía que se les tuviesen que sumar doce horas de lo concurrido que estaba todo. A las doce y media, ya cruzado el rubicón de la madrugada, el Patio de los Naranjos, quizá el escenario más lujoso de toda la noche, puso la monumentalidad de lo que lo contiene para recibir al guitarrista cordobés José Antonio Rodríguez, al tiempo que el Compás de San Francisco y su claustro barroco daban el contrapunto a Diego Carrasco y Tomasito.

A las dos había otra hora punta y dos rincones de la ciudad, atestados desde mucho antes y expectantes con lo que iban a disfrutar. Se pronunció mucho anoche el nombre de Enrique Morente. El cantaor granadino, fallecido el pasado mes de diciembre, abrió la edición anterior de la Noche Blanca y su ausencia dolía como un quejío a todos los amantes del flamenco. Para homenajearlo venía una banda llamada Los Evangelistas, formada por el grupo Los Planetas y miembros de Lagartija Nick, que junto a él alumbraron el mítico disco «Omega», uno de los hitos de la fusión del cante jondo con otros géneros. La plaza de La Corredera vibró como si otra vez se oyera su voz telúrica.

A la misma hora, en el descubierto Teatro de la Axerquía tampoco cabía un alma y no era para menos. Miguel Poveda, la gran sensación del flamenco actual, era allí la estrella. La expectación había comenzado hora antes, todavía bajo el sol de justicia de la tarde, con la lucha por las entradas gratuitas. En una noche tan intensa como la de Córdoba, más de 3.000 plazas al aire libre no eran suficientes para el cantaor catalán, que deleitó a los suyos en compañía de la Orquesta de Córdoba con el recital «Historias de viva voz».

La noche tomó muchos matices, algunos de flamenco puro y otros más tamizados. Javier Ruibal, cantautor que nunca ha renunciado al vínculo con la música andaluza, estuvo en la plaza de Jerónimo Páez, mientras que la Casa Árabe volvió a poner en evidencia el parentesco de las músicas orientales con el flamenco en la plaza de Abades.

Pero no sólo de música vivió el hombre en la Noche Blanca, aunque fuera lo más importante. La exposición Flamenco y Forma lo mezcló con el vino, mientras que en la iniciativa «Sinergias», de Francisco Tamaral, la protagonista era la moda para tomar aire y seguir disfrutando del cante, el baile y la guitarra casi hasta que la noche acabara en alba.

POR LUIS MIRANDA

CÓRDOBA

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