UU altísimo paro juvenil, el doble de la media europea, venía empujando a demasiados jóvenes a matricularse en la Universidad, que parece vivir un buen momento cuando ponemos el pie en Bolonia, si bien las tasas son muy baratas. Pero en esta sociedad, no tan igualitaria como se supone, algunas Facultades apenas entreabren sus puertas. Es decir, a algunas sólo acceden números cerrados, precisamente los estudiantes que acreditan «notas de corte» que se ajustan o se confunden con esos estudios supuestamente superiores; y así, van de cabeza —con vocación o sin ella— a Medicina o a Periodismo, como huyen de Geología o de carreras que parecen subestimadas por la opinión pública porque se conforman con un 5 o un 6. A decir verdad, no pocos padres y profesores están descarriando a los jóvenes (ya de suyo desorientados) porque en lugar de invitarlos a seguir la voz inexorable de su conciencia, los abruman. «¿Con notables y sobresalientes vas a estudiar Magisterio?».
La de maestro es una de las profesiones menos improbables, decíamos ayer. Y aunque no faltan los que acuden por movimiento íntimo, aquí principalmente mujeres, abundan los escolares que «eligen» nuestra Facultad de Ciencias de la Educación luego de haber sido rechazados en otras más «exigentes». ¿Como cuántos? Estudios hay que elevan estos «rebotados» al 70 por ciento en Andalucía. O sea, una buena parte de la que se ha dado en llamar «generación perdida» se apunta a la enseñanza por estos pagos, Dios mío, y en mente tuve un artículo, «De perdidos a Magisterio». Porque hemos llegado a ver cosas que nunca hubiéramos imaginado. Es un espectáculo de abulia, de indiferencia, de chicos acostumbrados a aburrirse en horas alargadas sin piedad e impedidos para seguir rumiando a solas. Es un espectáculo de vulgaridad militante, yo diría de narcolepsia inducida no tanto por alguna enfermedad cuanto por la falta de sueño, que los españoles nos empeñamos en ignorar. Las noches blancas están produciendo narcolépticos en masa. Si las mujeres francesas, por entender que dormir embellece, duermen casi una hora más (de 8), las españolas se verán hermosas y se bastan con siete y algo. Los varones las acompañan.
Ello es que nuestra carrera de Magisterio se halla sobrestimada y sobresaturada. Véase, estos días, el acto solemne de Graduación. Pues no hay tal solemnidad, porque son demasiados los que se gradúan; son tantos, que se necesitan dos días y siete actos, uno por especialidad, uno cada hora; son actos rápidos y como fotocopiados, que se despachan con la insoportable levedad de lo trivial. Y también por estos días se resuelven en innúmeros tribunales de oposiciones la pelea y la adjudicación de plazas. Este año tocan a nueve o diez opositores por plaza de maestro en Andalucía. Ya podrán luego presumir los aprobados; eso, si no caen en la obscenidad de burlarse de su oficio, como hacen muchos, altos o bajos. Ahora bien, ¿es una lid justa, o es un craso error de administración de la cosa pública? Hemos tardado mucho tiempo en descubrir que se trata más bien de lo segundo.
El vicepresidente Pérez Rubalcaba, que fue ministro de Educación, hoy candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, acaba de proponer en Valladolid una especie de MIR para seleccionar a maestros y profesores; habla de una prueba nacional y de Prácticas. La idea es más clara que su desarrollo, y aunque el portavoz de Educación del PP en el Congreso, Juan A. Gómez Trinidad, afirmó que esta idea ya estaba en el programa de su partido el año pasado, se trata de una reforma necesaria y urgente. MIR significa médico interno residente; son los licenciados en Medicina que después de terminar la carrera siguen estudiando duramente. Algo así hacen en Finlandia para seleccionar a sus aspirantes a Maestro. Sólo admiten de entrada a los pocos que acreditan saber, vocación y maneras; los preparan concienzudamente y al final los niños agradecen la excelencia de los maestros, una profesión estimadísima.
La reforma urge, desde luego. Debe hacerla un Gobierno u otro..., y es una pena que en las Facultades de Educación nos hayamos dejado invadir por una multitud de muchachos y muchachas que parecen exentos de libido sciendi. Para muchos de ellos (no sé si el 70 o el 50 por ciento) la idea de aplicarse con ilusión a la tarea de ser discípulo para obtener «la honra de maestro», carece de sentido. Han venido a pasar el rato con ostentosa vanidad y por muy poco dinero; y han llegado a ser tan numerosos que impiden la razonable formación de quienes desean alcanzar el Grado, como se dice ahora.



