Córdoba

Córdoba / CAL Y ARENA

Los Budas de Bamiyán

Con qué placer dinamitarían algunos la Cruz del Valle de los Caídos. No quiero que esa sea la cultura de nuestra ciudad

Día 28/06/2011 - 07.11h

Decir «Afganistán» y pensar en un país en guerra permanente es todo uno. Un país lleno de talibanes que tratan de eliminar a todo aquel que no está de acuerdo con su idea del Islam. Y si no fueran ellos los que luchan, lo harían entre sí las innumerables tribus que allí habitan. Ningún invasor lo ha pasado bien en aquellos lares, y muchos hubo desde el Gran Alejandro hasta hoy día al ser nada menos que la encrucijada entre Europa, China y la India. Lo que hoy es un desierto espiritual, intelectual y físico era la «Ruta de la Seda», por la que circulaban guerreros, viajeros, técnicas, culturas y religiones. Todo dejaba su impronta. Era una Andalucía salvaje en medio de Asia.

Unos que fueron y vinieron entre India y China fueron los monjes budistas que pronto inundaron de paz todo el camino, marcando las etapas con monasterios e hitos con frecuencia teñidos del arte griego que pervivió durante siglos tras el paso de Alejandro. Lógicamente, la escultura más repetida era la de Buda. En un lugar llamado Bamiyán, no lejos de Kabul, hay un acantilado en el que los pacíficos monjes tallaron, hace unos quince siglos, unos budas gigantescos, que pronto se convirtieron en lugares dignos de ser visitados y que se reconocieron a final del siglo XX como Patrimonio de la Humanidad. Cuando, a partir del siglo XII, el territorio pasó a ser musulmán, a pesar de la iconoclastia islámica se salvaron de la destrucción porque siempre hubo gente culta por el mundo. Pero, ¡ay!, los talibanes, como buenos fundamentalistas, no lo son, sólo son ciegos con metralletas, y decidieron que las estatuas eran ídolos y las dinamitaron, y se quejaba uno de sus jefes de lo difícil que había sido hacerlo… Quedan los huecos en el acantilado. Dicen algunos que eso es una cultura como otra cualquiera y que hay que respetarla… Dios nos coja confesados…

Y bien, en el muy deseable supuesto de que Córdoba sea proclamada hoy «Capital Cultural Europea», no quiero esa cultura ni para mi ciudad ni para ninguna otra. Y no me digan «eso pasó en Afganistán…» porque piense, lector, en los planes del Gobierno para el Valle de los Caídos; de momento, trasladar los restos de Franco a un sitio tal que pueda recibir profanadores de forma permanente. Pero ¿qué hay detrás de eso de «reestructurar el lugar…»? Con qué placer dinamitarían algunos la Cruz y romperían a martillazos la Piedad, ¿verdad? No quiero que esa sea la cultura de nuestra ciudad ni de ninguna otra. Ni de nadie.

Hay otros Budas de Bamiyán ya dinamitados. En España, la solidaridad, la convivencia, las más elementales normas de cohesión familiar, la unidad, la Historia… En el País Vasco y en Cataluña, la cultura española y las leyes. Todo ello a cañonazos de BOE y de Constitución. Y apuesto a que usted sería capaz de encontrar varios Bamiyán en la misma Córdoba. No están en la roca, pero por eso mismo son más gigantescos que los destruidos por los talibanes.

No es esa la cultura que yo quiero para mi ciudad, sea o no capital de Europa. Quiero que nuestros budas inmateriales sigan de pie, bien enhiestos en sus nichos de roca moral.

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