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Carretera y manta con San Cristóbal

La Iglesia celebra mañana la Jornada de Responsabilidad en la Carretera para concienciar a los conductores

Día 02/07/2011

Han coincidido en el tiempo el anuncio del lema de la Jornada de Responsabilidad en la Carretera de este año —«Caminos de Encuentro»— con el dato que aportó ayer la Dirección General de Tráfico, de que en el verano que acaba de comenzar se producirán 83 millones de desplazamientos, lo que supondrá de forma casi inevitable decenas de accidentes con víctimas mortales.

La Comisión Episcopal de Migraciones, que convoca la jornada en coincidencia con la festividad de San Cristóbal, patrón de los automovilistas, ha recordado en un comunicado que ya Pablo VI, mucho antes de que la ONU acordara tomar medidas ante el aumento del número de víctimas en los accidentes de tráfico, había llamado la atención sobre la «demasiada sangre que se derrama cada día en la lucha absurda contra la velocidad y el tiempo».

El propio «Catecismo de la Iglesia Católica», promulgado por Juan Pablo II, considera en su artículo 1.737 que conducir en determinadas condiciones, infringir conscientemente las leyes del tráfico y poner en peligro la vida propia o ajena, supone una violación de la ley moral debido al carácter voluntario del acto, es decir, un «pecado» según la tradición cristiana.

Por este motivo, el Apostolado de la Carretera, como acción concreta de la Iglesia, pretende despertar y fomentar la «cultura de la carretera» y orientar la actuación de toda persona en el sentido de la responsa-bilidad moral como conductores o peatones, respetando la vida de sus hermanos desde el estricto y escrupuloso cumplimiento de las normas de tráfico.

Conciencia del conductor

La Jornada de Responsabilidad en la Carretera supone, pues, para los cristianos, un llamamiento a la moderación y al uso y disfrute equilibrado de los medios de transporte. Como concluye el mensaje publicado por los obispos con tal motivo, en este deseo la Iglesia se une «al esfuerzo de los organismos nacionales y provinciales de tráfico y al de todos los que están empeñados en lograr una reducción drástica de los accidentes de tráfico».

Es una labor que vale la pena. Implica, en primer lugar, a la conciencia misma de los conductores, pero también a los poderes públicos, a las escuelas de conductores y educadores. Y nos implica, de manera particular, a quienes creemos en el Dios de la Vida.

Por todo ello, la Iglesia anima asimismo a los fieles a practicar con su comportamiento y ejemplo el denominado «apostolado del volante», que tanto bien puede hacer a quienes viven pendientes de la carretera por sus continuos desplazamientos.

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