Día 12/07/2011
«AÑO tras año, informe tras informe, la educación andaluza sigue deficiente. Y eso que el presidente de la Junta, José Antonio Griñán, lleva desde que llegó en 2009 proclamando que es su prioridad y la mejor inversión». Así empieza un reportaje de Mercedes Benítez del pasado 8 de julio. El titular es rotundo. «Fracaso escolar. La región encabeza la tasa de repetidores en ESO», y en letra chica: «La Junta admite la necesidad de mejora tras el informe nacional que la sitúa a la cola de España».
Los indicadores son tan elocuentes, tantos años ya, que hay que preguntar cómo se mantienen las condiciones que los hacen posibles. De entrada nos encontramos con un gasto por alumno por debajo de la media nacional: 5.352 euros frente a 6.567, y lejos de los 9.730 de Finlandia. Que luego la Universidad de Córdoba, con un coste medio de matrícula de 720 euros, sea una de las universidades más baratas de España, nada tiene de particular: la UCO, cuya Facultad de Educación se abarata y —recogiendo restos de otros naufragios— se abarrota hasta el punto de malbaratar posibilidades y alejar la calidad de enseñanza. A tal señor, tal honor.
Gastar menos en educación demuestra una dejadez inveterada e indisculpable. El padre que no pone a su hijo a cuidar cabras y lo manda a la escuela y al instituto, sabe que no «gasta» sino que está invirtiendo a largo plazo. Una sociedad que invierte menos en educación está gobernada por gente que tiene poca confianza en el futuro. Y unos gerifaltes educativos que suponen que el fracaso y el abandono escolares se corrigen con la dureza del suspenso, mediante la repetición de curso, no saben lo que se traen entre manos, y seguiremos a la cola con tales supuestos. Si nos damos una vuelta por Finlandia veremos que allí, en lugar de suspender, unos maestros selectos previenen y aprueban (los dos verbos van juntos) y los niños trabajan y avanzan hasta el final de la ESO sin mayores problemas.
Poca inversión en educación acarrea menos excelencia y más repetidores de la cuenta: tales son los términos de nuestro juego disparatado. Y en medio de la escena brilla por su ausencia la profesionalidad de un director que podría sacar mejor partido de alumnos y profesores. La escuela pública naufraga por necesidad, y, aunque algunos se salven, no puede competir con la privada y la concertada, hermanas preferidas por el destino desconcertante que nos hemos trazado. Por eso discutir a estas alturas el bachillerato de excelencia que promueve la Comunidad de Madrid, es hablar de lo excusado. Cuando se fugaban unos cuantos escolares de la red pública, no pasaba nada; hasta anteayer sólo iban cuatro gatos a la escuela que, tirando hacia arriba, resultaban presentables. Pero hoy, a diferencia de otros países, escolarizados antes, con toda la población junta hasta los 16 años, como las «defecciones» de pequeños burgueses aumentan significativamente, nos encontramos en la situación inversa; y los mejores, en minoría, aprenden a andarse con cuidado porque predomina el tirón hacia abajo.
Gastar poco dinero es como usar un calendario más breve de lo acostumbrado; y preterir la figura de un director profesional es como usar medio cerebro o una cuarta parte. Estamos pagando con intereses esa preterición.
Veamos el calendario. En la universidad los profesores (que en tiempos disfrutábamos de dos largos meses veraniegos) ya sólo vacamos en agosto, como funcionarios cualesquiera. Pero hace unos días los políticos que nos gobiernan se negaron a incluir julio como mes normal de trabajo, según había propuesto la portavoz del PP-A Esperanza Oña, suponemos que para dar ese ejemplo que se predica y que no vemos en nuestra «clase política», cuyo prestigio se hunde por momentos. Nuestros políticos en efecto, que se aseguran la pensión completa con unos pocos años de labor, se toman unas vastas vacaciones parlamentarias (un tsunami que escandaliza al pueblo en crisis) y paralizan la vida andaluza, tan sobrada de fiestas como necesitada de días hábiles y productivos.
La repetición masiva de nuestros escolares se realimenta en un clima contraproductivo y donde, dicho sea de paso, se echa de menos el aire acondicionado en los colegios, ya presente por esta latitud, incluidos muchos hogares humildes. En fin, cuando se confía en el alumno hay más posibilidad de que no desmerezca de la confianza que se deposita en él. Pero cuando por un traspié ha de repetir curso empieza el estigma individual, y como los repetidores abundan, se pone en marcha una viciosa espiral de pesimismo, abulia y retroceso. Que es lo que se trata de evitar.



