Todo lo que ha sucedido y se ha dicho en la Jornada Mundial de la Juventud se puede resumir en una cruz
Día 25/08/2011
AL final de todo, cuando las muchedumbres se dispersaron y el sol se marchó ebrio de alegría, quedó una cruz prometiendo felicidad sin término por todas las astillas de su aspereza, y deslumbraba con el fulgor contundente que sólo tiene la verdad más pura. Desde el retiro cómodo del sofá y la ironía preventiva parecía al principio que la algarabía de la multitud, el estrépito de los altavoces y el eco malintencionado de las palabras terminaría por tragárselo todo, pero a fuerza de mirar y comprender con el corazón abierto había que admitir que todo lo que sucedió en la Jornada Mundial de la Juventud se podía resumir en una cruz.
La líquida liturgia moderna y la pereza propia casi hicieron olvidar que siempre se vence con la cruz, la misma que parecía alimentar la culta palabra del Papa y de la que colgaba, casi desnudo de sangre y divino en su Buena Muerte de hombre, el Cristo de Juan de Mesa que llena con su silueta esencial la Catedral de Madrid. La cruz con la que caminaban los jóvenes que comprendieron un Viernes Santo con esparto de calores que el camino de la esperanza siempre es una Vía Dolorosa llena de espinas aunque después florezcan en pétalos fragantes, porque habría cruces que cada uno seguiría llevando en los hombros cuando la noche se llevase a las imágenes a sus iglesias. Las cruces pesadas y desesperantes como una condena a muerte que sólo se pueden llevar si uno sabe que con el dolor no termina la vida.
Es la misma cruz desnuda de adherencias del mundo que abre el cortejo de nazarenos más severo que viera nunca y que anuncia aquella otra que me traía —hace ya tantos años— la honda presencia mística del Cristo del Calvario borrando la vanidad de las palabras. La cruz que clava en la tierra, esta tierra a la que vino para hacerla buena y que diera fruto, a mi Señor Caído en la mañana del Jueves Santo. La cruz que Bach deja plantada en el silencio solitario del Monte Calvario cuando han callado los violonchelos y se han extinguido las arias y el fértil árbol santo cuenta al alma la certeza de que es imposible que su música venga de otro lugar que de lo más alto.
La cruz aliviada con el sudario de la ternura que acaba de servir para que Jesús descanse en el regazo de la Virgen de las Angustias. La de piedra imperecedera, testigo permanente de los cambios de luz, de los amaneceres anunciados por los pájaros del huerto capuchino y el corazón traspasado por espadas. La cruz austera en las paredes de las clausuras de los conventos. La cruz florecida en mayo que brilla entre la vulgaridad y los decibelios con que se empeñan en enmascararla. La cruz de Taizé bajo cuya sombra se reconcilian los cristianos. La cruz pectoral con que Monseñor Aguirre seca las lágrimas de su pueblo.
La cruz de la que cuelga el Dios misericordioso y dulce de Lope de Vega —«no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres»—, la cruz que eterniza la Catedral en el aire y la que distingue a quienes socorren a los demás en todas partes, sea en la crueldad inútil de las guerras o en el frío de soledad de la calle. Que nadie niegue que detrás de todas las cosas buenas y bellas de esta Europa que lucha enloquecida por esconderla siempre habrá una cruz despojada y un Dios hecho hombre dejándose morir en ella.



