En Carcabuey la tradición taurina se hace más auténtica en la festividad del toro-cuerda. Una celebración que cada año retorna en los meses de agosto y septiembre coincidiendo con las fiestas de la Virgen de la Aurora y de Nuestra Señora del Castillo, patrona de esta bella localidad cordobesa. Ayer, tuvo lugar la primera cita de este año a la que acudieron gran cantidad de personas tanto del propio municipio como de localidades vecinas, abarrotando las calles más céntricas en una jornada con temperaturas agradables y un cielo soleado.
Al llegar el mediodía numerosos participantes se acercaron a la plazoleta a la que llegan el toro y la vaquilla, que fueron soltados con una soga ya amarrada entre ambos pitones, en el interior de sendos cajones de madera. Lo mismo ocurriría en torno a las 6 de la tarde cuando acontece una segunda suelta.
El estruendo de un chupinazo alerta a los mozos de la inmediata presencia del astado, pues los encargados proceden a abrir una de las compuertas del cajón. La tensión se palpa en el ambiente, las puertas de los soportales de las casas se entrecierran y algunos ya empiezan a colgarse en las rejas de las ventanas. El toro pisa suelo firme, con algún que otro resbalón debido al suelo empedrado. Hay quienes se preparan para saltar o recortar al animal en su carrera y lo consiguen ante la admiración de los que observan la fiesta a través de unas vallas metálicas.
Comienza la carrera y como dicen los del lugar «el toro es el que manda». El animal sube la cuesta que lleva a las inmediaciones del Ayuntamiento o hace el recorrido a la inversa, mientras varios mozos sujetan la larga maroma que lleva atada. La primera vuelta ha sido rápida, la bestia está fresca y en el caso de la vaquilla, hay más atrevidos a la hora de salir a su búsqueda. De nuevo, a su paso por el lugar de origen, el animal siente sed y para a beber en la fuente que se encuentra en el centro de la calle, mientras que los mozos hacen por llamar su atención.
Ahora las sogas están flojas por lo que el morlaco tiene mayor libertad de movimientos y, claro está, hay algún despistado que se sobresalta cuando ve venirle el toro.
Respeto por el animal
Esta fiesta, en la que se cuida que el animal no sufra ningún tipo de daño, tiene de todo: momentos graciosos como los vividos cuando uno de los jóvenes escapaba del astado sujetándose con ambas manos los holgados pantalones u otros más serios, cuando se sobrepasan los niveles de riesgo a la hora de acercarse a estas bravías bestias que ayer deleitaron a los amantes de esta festividad.



