Día 17/09/2011
A los ocho siglos de Catedral en que el obispo se basa para sugerir que ya no se señalice oficialmente como mezquita la que dejó de serlo cuando la Reconquista llegó a Córdoba, opone el viejo cordobés —precisamente— nuestra habla multisecular, que identifica el edificio como «Mezquita-Catedral» y, sobre todo, el bosque de columnas que sostienen el paradójico templo de la cristiandad, que ahora circula en manos de todos para pagar un medio de vino. Para el cordobés, acaso más para el descreído, nuestro emblemático edificio semeja más mezquita que Catedral, porque el cristiano (de dentro o de fuera) no sale de su asombro al contemplar el aspecto de una catedral que contrasta con las otras: la de León, Santiago, Chartres o Sevilla. Comprobamos de nuevo que las cosas no son lo que parecen. Presionado por gente musulmana ignorante de la historia, que pretende ahora reutilizar nuestra catedral como si fuera todavía la mezquita momentánea de aquel tiempo, monseñor Fernández nos ha dado que hablar, lo cual según Ortega es también una obra de caridad cristiana.
Llamar mezquita a la Catedral es contradictorio desde 1236, tiene razón el obispo; una contradicción por la que desde el santo rey Fernando nadie se había preocupado hasta nuestro tiempo líquido de multiculturalismo gaseoso y letal, que usa las palabras sin imparcialidad y según las conveniencias. Hablando de gas: en abril y mayo de 2010, gaseadas fueron unas setenta niñas musulmanas en Kunduz, al norte de Afganistán, por el supuesto delito de seguir en la escuela con 15 años, privilegio al fin que no alcanzaron las ancianas de Córdoba y de muchas partes del sur de España. La canciller Merkel proclamó hace poco el error del «multiculturalismo» (esa ideología que tal vez ampara al musulmán que pretende rezar en la mezquita, aunque la recíproca no sea posible), error del que ya salieron los británicos en 2005, cuando las bombas del metro de Londres los despertaron de su sueño. Este es el fondo del asunto.
El multiculturalismo gaseoso que nos invade con palabras equívocas defiende el derecho de la mujer al burka, que es como defender el antiguo régimen (la mujer en casa, dice Correas, y el hombre en la plaza) y olvidar la igualdad de 1789, que ellas no conquistan hasta el siglo XX, enorme y femenino. Es decir, ¿se quiere aprobar la discriminación: que las mujeres sigan veladas hasta la coronilla y que los hombres parezcan europeos, desfachatados?
Ya sabemos que en nuestra ciudad se propende a paradojas y disparidades conceptuales, como ese cementerio de Nuestra Señora de la Salud, etcétera. ¿Cabe mayor disparate que el absurdo botellón, imán de jóvenes sin fantasía y sin hogar?, ¿o que el macrobotellón al lado de la Feria, prohibido por una norma que se infringe ostentosamente? Que Córdoba no sea la única preocupa más todavía. ¿Y qué fue la última huelga general sino una juerga particular de unos cuantos que no dejaron circular a los autobuses, violando así el derecho y el deber de trabajar de otras personas; jaleo de grupúsculos que con un pito en la boca silbaban para sentirse multitud, como creyéndose árbitros de una situación que no controlaban? ¿Y quién dio a la policía órdenes de «mediar sin intervenir» para que quien quisiera, trabajara sin presiones ni «piquetes informativos»? Por lo demás, ¿qué significa mediar sin intervenir? Es la cuadratura del círculo.
Para terminar con lo que conozco mejor: a imitación de otras naciones, donde se regalan los libros escolares, en Andalucía hay que devolverlos a fin de curso para dárselos a otra promoción, y a otra, con lo que llegan cochambrosos a las manos de los niños, por lo que algunos padres prefieren comprarlos nuevos. ¡Qué burla! ¿Y cuántos de nuestros estudiantes universitarios estudian en realidad en la universidad; cuántos holgazanean a conciencia, gracias a una permisividad omnímoda y a una tasa de matrícula solidaria, concausas con las que no contaba el plan Bolonia? En fin, para ninguna profesión se ha nacido menos que para la docente, dice Spranger en «El educador nato» en 1958, pero nuestras Facultades de Educación mantienen sus puertas «herméticamente abiertas» a cientos de estudiantes que nunca estudiarán lo que no profesan. En esta ficción barata y gravísima, lejos de aplicarse al aprendizaje de uno de los oficios más hermosos e improbables del mundo, abundan los chicos apáticos que fluctúan entre las clases masificadas, los horarios descomunales y los innúmeros días de holganza.



