A la desgraciada situación de la enseñanza pública española, que cada año puede empeorar algo más gracias a la negligencia de unos y de otros, le ponen algunos fecha de nacimiento; pero a decir verdad, son muchos los momentos —o uno solo tenacísimo— en que se ha ido triturando una enseñanza que aprovechaba cada estirón para desmerecer del nivel anterior.
Tal vez la cantidad y la calidad divergirán siempre, ¿pero tanto? ¿Está condenada la educación pública en España, y más en Andalucía, a marchar en el furgón de cola de Europa, de la OCDE? Mi opinión es que no, que depende de los que tienen responsabilidad en la Administración, empezando por el ministro del ramo y terminando por el maestro que saca al hijo de la pública y paga de su bolsillo para que lo eduque la red de enseñanza concertada.
Véase el reciente conflicto, que aún colea. Una disposición del año 1994 ordena y manda 25 horas semanales a los maestros de Primaria; y de 18 a 21 a los docentes de Secundaria. El lector entenderá que 1994 se refiere al siglo XX, pero ese horario de Primaria data del siglo XIX, y carece de precisión. ¿Por qué ese agravio: una cifra fija muy vaga y dos cifras exactas variables? Es como usar el metro y la vara y bailar al mismo tiempo. En Alemania unos y otros dan, o daban, 28 y 24 horas, pero horas y semanas iguales. En treinta y ocho semanas lectivas, horas de 45 minutos; en ambos niveles, docentes con dos asignaturas en su haber. Los partidos de fútbol de Tercera División en Andalucía duran lo mismo que en la Premier de Inglaterra, que en Finlandia o Corea del Sur. En cambio, ¿por qué los chicos de la ESO reciben tres horas gruesas, 180 minutos, descansan, y luego otros 180, mientras en Finlandia nunca pasan de 90, hacen pausas varias y salen vivos de la plaza y estudian con tranquilidad todo lo que unos admirables maestros les enseñan parcialmente...? La educación es a fin de cuentas autoeducación. Los resultados de aquel horario razonable son mundialmente famosos, como se conoce la sobrecarga nuestra, que deja a los muchachos para el arrastre.
Pero el agravio mayor es desde luego la dirección en funciones de nuestro centro público, porque maestros y profesores defienden numantinamente que el director no sea profesional, sino un colega de quita y pon. Desde Aristóteles sabemos que «ninguna magistratura democrática debe ser vitalicia» (Política, VIII), y los americanos lo aprendieron en sus carnes con Roosevelt, elegido cuatro veces presidente de Estados Unidos; pero la dirección de escuelas e institutos no es juego democrático, como parece entre nosotros.
En Europa, Canadá o EE.UU. es figura tan profesional como la de quien dirige un periódico o una orquesta. Aquí bien podría decirse que África empieza en los Pirineos. A propósito: estos días el director de orquesta Riccardo Muti recibe en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Y al preguntársele por las cualidades de su oficio, el italiano se despachaba así: «Lo primero es que debe hacer valer una autoridad, pero no en sentido dictatorial, sino de respeto ganado por la sabiduría. También un carisma, una capacidad de control sobre la orquesta que no debe imponerse, sino implantarse convenciendo...».
Son palabras sobre la dirección de orquesta, pero vienen como anillo al dedo del director escolar. Por cierto, los músicos de la Filarmónica de Viena (añade) solían decir que un director empieza a ser bueno a partir de los 60 años. Todo esto es aproximadamente lo contrario de lo que se piensa por estos pagos.
En fin, el año pasado arrancó en la universidad española el llamado «plan Bolonia». Por milagro europeo hemos bajado a 60 créditos anuales, 600 horas, 20 por semana, cuatro al día... Pero se calcula todavía que 90 minutos son hora y media de clase, y aunque parecía que con Bolonia las horas presenciales iban a disminuir, nuestro crédito sigue adoleciendo de obesidad, ya mórbida.
Suprímase el viernes por extraño privilegio y —encogida la semana a cuatro días preparatorios del botellón, barato como matrícula universitaria— quedará instituido el puente como nueva fiesta nacional, ahora en sustitución de la de los toros. Y si en ciertas carreras los estudiantes se apretujan en las aulas como sardinas y ocho o nueve de cada diez abandonan toda esperanza de obtener una plaza al final de los estudios, ¿entonces? Tantos agravios, pues, ¿caen del cielo o se organizan con primor para consumar una patarata...?




