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Córdoba / OPINIÓN

HOMILÍAS

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Día 14/10/2011

«PRONUNCIAR un sermón es muy fácil: antes de subir al púlpito, basta saber lo que se va a decir; una vez en el púlpito, decirlo, y cuando se haya dicho, bajarse». La receta me la explicó, con la concisión que ven, el recordado dominico Fray Rafael María Cantueso. Y parece fácil, pero no lo es, sobre todo lo último: saber cuándo hay que terminar.

Si se hiciera un recorrido dominical por las homilías que se dicen en las misas de Córdoba, se oscilaría entre los cinco minutos de unas y los veinticinco de otras, y personalmente tengo mis dudas de que en las más largas se digan más cosas o de más enjundia que en las más cortas. No se me oculta la dificultad de dar semanalmente una explicación del Evangelio, con aplicación pastoral y práctica y que no peque ni por exceso ni por defecto, a un auditorio que va desde niños de antes de la comunión a mayores muy mayores, analfabetos y catedráticos universitarios en el mismo lote. Sé que es difícil, repito: pero esa dificultad es razón de más para que ya desde el Seminario se cultive y prepare adecuadamente a los futuros sacerdotes en este aspecto de su labor. Y hay que equilibrar la dosis justa de teología con la necesaria aplicación práctica: «Poca teología, ¿eh?, poca teología: ¡religión, religión!», escribió Unamuno.

Quizá la situación actual se deba al poco prestigio de la oratoria en todos los ámbitos, y no sólo en los eclesiales. Pero hoy queremos llamar la atención sobre este punto, porque hemos visto auténticas y recientes «desbandadas» de fieles que se van a la parroquia limítrofe para «huir» de las larguísimas y poco consistentes homilías del cura recién llegado.

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