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Córdoba / TRIBUNA LIBRE

GUÍA DE CIEGOS

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Día 17/10/2011

Hablada o escrita, la comunicación puede ser educada o zafia; puede ser clara y precisa o ambigua y superflua. Pero sólo forzando los términos ha podido la Junta de Andalucía editar un folleto como Guía sobre Comunicación Socioambiental con Perspectiva de Género, título portentoso que recuerda el nombre cursi de algunos platos estupendos. No: más que socioambiental, la comunicación es cortés o chabacana, que de todo hay en la viña del Señor, aunque últimamente abunda la segunda especie. Si esta guía ha pretendido poner orden en las relaciones humanas, no sólo no da en el clavo, a lo que yo entiendo, sino que confunde a nuestra gente invitando a usar un lenguaje pesado y falaz.

Para conseguir «un periodismo ambiental con perspectiva de género», se escribe esto: «La inclusión en el código deontológico y en el libro de estilo de la profesión informativa (leemos en la p. 29), de la perspectiva de género sobre la realidad y el análisis socioambiental como estrategias y procedimiento para garantizar la objetividad y la independencia, no sólo a la hora de elaborar las noticias, sino también en las formas de transmitirlas.» ¡Caramba! ¿Lo entenderá quien lo escribió? O «quienes», pues en estas prosas suele haber varias manos.

En un capítulo sobre androcentrismo, se habla de «la invisivilización y exclusión de las mujeres de la esfera pública». Y aquí el seseo y quizá «civilización» jugaron una mala pasada a los redactores. Pero fuera de eso y de la crisis económica, ¿invisibles y excluidas las mujeres, cuando las vemos alegres conduciendo autobuses y taxis y accediendo en número creciente a los oficios todos? ¿O queremos llegar al 50 por ciento ya mismo? Mis clases están llenas de mujeres, algunas excelentes. ¿Las echaremos hasta bajarlas a la paridad del 50 por ciento? Igual que Unamuno en 1895, echamos de menos la doctrina del determinismo de la espontaneidad.

Según los autores de esta Guía (pp. 36 y 37) es sexista decir «los andaluces» y no «el pueblo andaluz»; es sexista «los niños» y no «la infancia»; es sexista «los ciudadanos» pero no «la ciudadanía», y así sucesiva y torpemente, aunque yo enseño a mis alumnos —siguiendo a Ortega y Zubiri— que la sociedad no tiene alma ni realidad sustantiva. No hay profesorado desmotivado, sino algunos profesores desmotivados; no hay alumnado holgazán, sino alumnos heterogéneos... En lugar de «el actor» se prefiere la definición: «la persona que actúa», y así se nos insta a la prolijidad, el vicio que nuestros clásicos querían evitar. Cuando recibo un correo que empieza saludando «a todos y a tadas» (sic) se me quita la gana de seguir leyendo, porque temo lo que viene. Y al aconsejar «los/las ecologistas» en vez del artículo solo, se prefiere el ruido, ahora visual, que esta gente diría visualizable. Y como la RAE no acepta la arroba por el momento, se aconseja escribir «l@s niñ@s». El único problema es la pronunciación del bodrio, pero ya se les ocurrirá algo. Hasta los bancos incurren en zafiedades como: «Te informamos que no pagarás la comisión de mantenimiento...». O anteponen el doblete «D./Dª.» (sic) para no pararse a distinguir D. o D.ª, según el sexo de la persona destinataria. ¡Cuánta estupidez! Y ya metidos en estos sucios fregados, que un juez dictamine que llamar zorra a una mujer no es insulto, ¿qué tiene de particular? ¿No empezó un extraño presidente afirmando que la nación es un concepto discutido y discutible...?

Pero en medio del delirio en que consiste esta guía, en la página 41 hallamos un acierto que conviene resaltar con justicia. Es sexista en efecto decir «hombres / chicas» y está bien «hombres y mujeres». Hace más de ocho siglos, en la Edad Media delicada, el Cantar del Cid atinó con la fórmula: «Varones y mujeres», o «Mujeres y varones». Y si vale seguir diciendo «Sr. Martínez» (lo que apenas se oye, por desgracia), disuena lo de «Señorita Fernández». A mí se me escapa de vez en cuando, pero trato de hacer ver a mis alumnas (que lo ignoran) que tienen derecho al tratamiento de señora, como nosotros al de señor. Una profesora mía cercana a la jubilación quería que la llamáramos «Señorita» porque no estaba casada, y nosotros le decíamos con respeto Doña Laura. Pero en Alemania las maestras solteras eran tan señoras como las casadas, como los varones célibes. En Francia las feministas reclaman la supresión de mademoiselleen los formularios, escribe Gabriel Albiac. Y si las francesas tienen razón, nada más echarle un vistazo, esta me pareció una guía de ciegos, parafraseando al evangelista Mateo.

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