Córdoba

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El duro rostro humano del paro

Son parte de los 85.549 cordobeses que están sin trabajo y aquí se desnudan para mostrar su desesperación

Día 06/11/2011 - 10.44h

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Son el inevitable rostro humano de los duros y fríos datos del paro, que una vez más rompió récords en octubre pasado, y que sólo en Córdoba se cifraron en 85.549 desempleados. Ellos le dan una dolorosa consistencia a esa nebulosa masa de personas que a diario se presentan en las diferentes oficinas del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) repartidas por la provincia por si suena la flauta y surge una oportunidad de trabajar, aunque sólo sea por unos días.

Y lo más curioso es demostrar que cada vez son más los mayores de 40 años que se han quedado sin trabajo, muchos de ellos desde aquel aciago 2008, cuando golpeó de lleno la crisis al país, y desde entonces son incapaces de conseguir la menor ocupación, a pesar de que algunos cuentan con un impresionante currículum laboral, si bien no avalado por una formación académica adecuada.

Es el caso de José Luis Andrés, malagueño de 51 años y casado con una cordobesa, que no tuvo más remedio que dejar Benidorm, donde ejerció por última vez, hace ya de eso tres años, para quedarse a vivir en Córdoba; una ciudad que todavía no le ha brindado la menor oportunidad de demostrar sus habilidades. «Trabajé en la construcción, en piscinas, en la conducción, de cocinero, de camarero, haciendo repartos, en la Dirección general de Tráfico de Málaga elaborando transferencias y embargos, llevando maquinaria para hacer carreteras y luego en las canteras, y ahora no encuentro nada de nada».

Andrés, que dejó de estudiar al llegar al octavo curso de la antigua EGB, asegura que nunca experimentó una crisis tan larga como la actual y que su futuro es verdaderamente negro, «aunque tengo esperanzas gracias a las múltiples ramas que he tocado».

Como él está Bartolomé Berral Miranda, de 53 años, que perdió en 2008 su trabajo después de «pasarme toda la vida en la construcción, especializado en la tabiquería de gran formato, sin que nunca tuviera que ir al paro». También se quedó en los estudios primarios, y ahora hecha de menos la época en que se tuvo que marchar a Barcelona, a Málaga, a Algeciras, a Benidorm o Marbella para ejercer su oficio. «Por entonces, en la calle Doce de Octubre había una Oficina de Emigración y allí nos apuntábamos para que nos avisaran de dónde surgía un trabajo y hasta allí nos movíamos; hoy por hoy, volvería a irme de Córdoba si me ofrecieran una colocación en lo que fuera», explicó.

Nada de riesgos

Bartolomé no niega que se ha visto tentado en salir adelante a base de «chapuzas», pero ha preferido no meterse en problemas para no jugarse los 400 euros que recibe del desempleo. «Te puedes buscar la ruina y perder ese dinero que, aunque no es suficiente para sacar adelante una casa, es lo único que ahora nos entra en casa», señaló.

María Isabel Barrios Escribano, de 42 años y natural de Obejo, empieza a tener cierta experiencia con la prensa. «Es la segunda vez que me van a sacar en un periódico», señala sin perder la sonrisa. Se considera trabajadora agrícola y peón de la construcción, pero este año ha tenido la mala suerte de que tras las labores agrarias no ha sido contratada en ninguna obra ni tampoco en el antiguo PER, por lo que ahora se encuentra en el paro desde febrero pasado.

«El futuro que espero es que esto cambie de alguna manera, porque somos cuatro personas en la casa, uno es pensionista y los demás estamos sin trabajo y lo que nos llega son los seis meses del desempleo del REASS y los 350 euros de la pensión». María Isabel también tiene una pequeña explotación de olivar de sierra —está asociada a la UPA— y sus aceitunas se las acaba quedando hojiblanca, pero «con el precio actual del aceite apenas si nos da ingresos».

Pero el paro también golpea con saña en la cara de la juventud. Soraya Prudencia, de 21 años, se acaba de estrenar y el pasado viernes se sacó por vez primera la cartilla del desempleo. Tras haber cursado la ESO y haber finalizado un curso de comercio, puso en marcha su propio negocio como autónoma con una tienda de bisutería que mantuvo abierta durante 12 agónicos meses.

«Los dos primeros me fue bastante bien, pero luego hubo meses en los que apenas me daba para cubrir gastos; ahora me estoy moviendo por mi cuenta para ver si consigo algún trabajillo, porque lo que no podemos hacer nunca es permanecer quietos».

Una filosofía que también quiere poner en marcha Manuel Sierra Gavilán, de 32 años, quien no encuentra un trabajo desde enero del pasado año. El último empleo lo tuvo en la empresa DHL, porque su ocupación es ser transportista y para ello se ha sacado el curso de conducción, el de mercancías peligrosas, el de autobús, el Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP), «y ni por ésas». Ahora ha conseguido un empleo en una finca de Lopera para recoger aceitunas. Hasta allí va y viene todos los días junto a otros cuatro amigos para ahorrar gasolina y no pierde la esperanza en el futuro.

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