Que el sargento primero Joaquín Moya Espejo, fallecido el pasado domingo de un disparo en Afganistán, era muy querido entre sus compañeros y amigos lo demuestra el hecho de que aproximadamente quinientas personas —buena parte de las cuales era militares— acudieron ayer a la parroquia de San José y Espíritu Santo, en el Campo de la verdad de Córdoba, para darle el último y sentido adiós en el funeral oficiado por el obispo, Demetrio Fernández.
El propio prelado recibió a las 10.27 horas el féretro cubierto con la bandera española a las puertas del templo y que en ese momento portaban familiares y compañeros costaleros de la Hermandad del Descendimiento, a la que el militar cordobés pertenecía. Previamente, los bancos centrales de la iglesia se llenaron de familiares del fallecido, mientras que el resto de asientos y los pasillos fueron ocupados por militares procedentes de Badajoz, Vitoria y Cerro Muriano, amigos y vecinos.
La ceremonia fue sencilla, como había solicitado la propia familia, sin que estuvieran presentes ni autoridades ni políticos, pero también masiva y mucha gente tuvo que quedarse fuera de la iglesia por falta de espacio.
En la homilía, el obispo tuvo palabras de consuelo para la familia y los compañeros del militar, al que calificó en varias ocasiones de «héroe» y puso como ejemplo de «vida entregada y gastada al servicio de la patria donde nació y se crió y que es un estímulo del amor que tenemos que tener a esa patria según las tareas que se nos ha encomendado a cada uno».
Al finalizar la misa, el hermano mayor del Descendimiento, José Enrique Domenech, le dedicó unas últimas palabras de agradecimiento por haber sido tan buena persona y compañero: «Pocos de nosotros tendremos la suerte de tener un fin tan limpio y si cuando estabas con nosotros Nuestra Señora era la que te cubría ahora ser tú quien nos cubras a todos desde arriba».
La boina negra
A la salida del féretro una calurosa ovación recibió al difunto y poco antes de que fuera llevado hasta el cementerio de La Salud para ser enterrado junto a su abuelo, en la zona de La Purísima, un compañero de promoción (la XXXVII) del militar cordobés entregó a su pareja sentimental la boina negra con la que se cubren los miembros del cuerpo, ya que ella le había pedido ese favor.
Una vez en la puerta del camposanto, la mujer, que es sargento del Ejército de Tierra y compañera de la misma unidad que el difunto, el Batallón de Infantería de Carros de Combate Flandes del Regimiento Garellano 45, perteneciente a la Brigada de Infantería Ligera San Marcial V, con sede en Vitoria, formó a la tropa compuesta por compañeros y subalternos de ambos y acompañaron a Joaquín Moya hasta su última morada marcando el paso, como el latido de un corazón en la paz del silencio. Al llegar al nicho, donde se encontraba, entre otros, el general de la Brigada de Infantería Mecanizada Guzmán El Bueno X, Teodoro Baños, un destacamento armado realizó una salva en honor del sargento primero antes de introducir el ataúd en el hueco.
También estaban allí el teniente coronel jefe de su batallón, Francisco Romero Marín, quien destacó de él su seriedad y sequedad «pese a ser de Córdoba», su liderazgo nato «que ha hecho que hasta aquí vengan de motu propio numerosos compañeros suyos» y que era «la primera baja del renovado batallón», así como el coronel jefe del regimiento, Luis Sangil, y el comandante Prieto, jefe del equipo en el que trabajaba Joaquín Moya en Afganistán.



