Córdoba

Córdoba / TRIBUNA LIBRE

AGORAFOBIA EN UN PAÑUELO

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Día 12/11/2011

La calle Cruz Conde, laboriosamente peatonalizada, gratamente sombreada por una fila de magnolios que ya lucieron su escondida flor en primavera, e ilustrada puntualmente —scripta manent— para que sintamos bajo los pies el latido de la vieja ciudad romana, la céntrica calle se ha convertido en motivo de discusión.

Porque vecinos, comerciantes y casi todos queremos dejarla como está, caminable y diáfana, mientras otros prefieren mezclarse con alguna línea de autobús o taxi ocasional para que el placentero caminar conlleve riesgos: un coche por aquí, una bicicleta lanzada por allá; lo que se llama «acercar posiciones». Entretanto, mientras el Consistorio aplaza la solución del problema para el año que viene, la calle se va poblando inexorablemente, como el bulevar y Córdoba entera; ocurre en toda España. La calle Cruz Conde está siendo invadida por veladores, por mesas y personas que no caben en el interior de bares tan chicos como numerosos; son personas que quizá tampoco tienen casa habitable u ocupación mayor, y asistimos a una especie de «veladorización integral», como ha dicho Luis Miranda con palabro espantoso. A decir verdad, los carísimos metros de nuestros pisos se corresponden con un uso tirado del espacio público.

El espanto está en el adjetivo, porque siempre ha habido mesitas para conversar un rato de lo divino y lo humano. Lo que llama la atención es la tertulia integral, más o menos inopinada, que ocupa todo el espacio que nuestros arquitectos no han querido o podido reservar para que la gente habite en viviendas dignas. Gente sin casa, ¿qué es el 15-M (además de emoción sin pensamiento, como asevera Zygmunt Bauman) sino la huida de un hogar imposible, la busca de un lugar al Sol o en Brooklyn y de unos iguales que parezcan algo así como una manera de vivir? La indignación es virtud aristotélica, pero debería conducirse por caminos menos estridentes y rebañegos. Nuestros indignados se formaron en la escuela del botellón, que es un aprendizaje bastante estúpido. El botellón carece de justificación, y el que se ubica, con permiso de la autoridad, en torno al Parque Zoológico y al Jardín Botánico, también. Pero ¿qué es esta «veladorización» insólita, esta transformación y metástasis de lo que ha sido la taberna durante siglos, sino un singular precedente del botellón, extraña sala de estar interminable en la vía pública? Salvo como versión de nuestra juventud menos inteligente, el botellón no tiene sentido, creo, pero va siendo costumbre inveterada y hasta protegida por facultades universitarias que hacen no lectivo el viernes. ¡Qué distracción!

A mi juicio, ni la calle Cruz Conde ni ninguna vía pública cumple su oficio invadida de mesas que rebasan fachadas y fastidian los horarios de estudiantes y trabajadores y que se amontonan de noche en las aceras para que la incomodidad y la fealdad duren veinticuatro horas.

«Agorafobia» en psiquiatría, define el Diccionario, es la «sensación morbosa de angustia o miedo ante los espacios despejados, como las plazas, las avenidas,...». Pero es claro que la agorafobia que sentimos al cruzar nuestras calles cambia de signo. Nuestra fobia es sana, nada morbosa; no tenemos miedo del vasto espacio vacío, sino de tropezar con algo, como decía el famoso actor de cine. No podemos andar con holgura entre mesas, quioscos, ruidos de voces y tendillas improvisadas que se suceden sin tregua. Al final, entre unos y otros, hemos convertido Córdoba en una calle del Pañuelo, la minúscula calleja musulmana, no apta desde luego para los 330.030 habitantes de nuestra ciudad actual.

En el origen de la filosofía griega, en el siglo VI a.C., Pitágoras de Samos, emigrante, aconsejaba en la Magna Grecia del sur de Italia: «No andes por caminos públicos», por lo que implica de evitar las opiniones de la mayoría, dice un biógrafo.

JULIO ALMEIDA es catedrático de Sociología de la Educación en la UCO

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