Comenzó sus estudios de canto en el Conservatorio Superior de Córdoba, pero la formación de un tenor dura toda la vida. El público no sólo va a aplaudirles y a disfrutar de sus voces, también los juzga. Ni que decir tiene que muy pocos llegan a la cima y se mantienen en ella.
—¿Qué es lo más difícil de cantar ópera?
—Son muchos aspectos los que debes tener en cuenta. Por un lado has de pensar en colocar la voz y mantener una técnica de respiración correcta. También tienes que estar pendiente de la dicción, ya que utilizamos un lenguaje para transmitir ideas y estados de ánimo. Eso significa que se ha de entender todo lo que cantas. Sin olvidar además que interpretas un papel dramático que requiere una serie de movimientos escénicos.
—¿Da tiempo a prestar atención a tantas cosas?
—Al principio crees que te resultará imposible. Estar sobre un escenario requiere una concentración completa y no sólo en lo que haces tú o tus compañeros sino, en los músicos y en las indicaciones del director de orquesta.
—¿Se tarda mucho en aprender a actuar?
—El tenor se pasa toda la vida aprendiendo. Ésta es una profesión dura que requiere un trabajo constante. Si no sientes auténtica pasión por la lírica, lo mejor que puedes hacer es dedicarte a otra cosa.
—¿Cuántas horas ensayan ustedes?
—Una producción lírica se suele comenzar a ensayar por la mañana y hasta las dos de la tarde. Haces un descanso para comer, vuelves a las cinco y continúas hasta las diez de la noche. Cuando se acerca la fecha del estreno, los ensayos pueden prolongarse hasta la madrugada.
—¿A qué tiene que renunciar un tenor?
—La vida del tenor es tan exigente que se centra por entero en el canto. Pierdes fiestas y amigos e incluso llegan a resentirse las relaciones familiares. Es un trabajo que aísla mucho y en ocasiones resulta hasta inevitable creer que estás perdiendo la juventud y momentos que no van a volver. Pero es tanto lo que nos ofrece la lírica que sólo pueden entendernos los que se dedican a ella.
—¿El catarro es el peor enemigo del tenor?
—La técnica es capaz de sobreponerse a cualquier catarro. Puedes cantar bien, incluso con gripe, siempre y cuando te funcione la cabeza y sepas en cada instante lo que tienes que hacer. Yo he visto actuar a tenores resfriados, con fiebre y hasta con dolores de espalda y nadie del público lo ha notado.
—¿Cómo lo hacen?
—Cuando sales a escena percibes toda la energía que se deposita en ti. En el patio de butacas puede haber más de mil personas con su mirada concentrada en lo que estás haciendo y esa fuerza se transmite. Es una inyección de adrenalina tal que hace desaparecer cualquier dolencia que tengas.
—¿Hay muchos divos en la ópera?
—Bastantes. Este oficio, como no tengas los pies bien asentados en el suelo, te hace perder enseguida la realidad y creerte en las alturas.
—¿Es usted supersticioso?
—Siempre llevo conmigo un talismán. Se trata de un clavo torcido que me regalaron en Italia. Es una tradición regalar el clavo torcido que encuentres en un teatro porque trae suerte. En los detectores de metal de los aeropuertos me da problemas porque hace saltar las alarmas y siempre les tengo que explicar a los policías que soy cantante de ópera y que el clavo es mi amuleto.




