Día 28/11/2011
La cuota de marca blanca de los aceites comestibles sigue creciendo, aunque en tasas inferiores a las experimentadas en los últimos cinco años. Alcanza ya el 90 por ciento en el caso del aceite de girasol y el 70 por ciento en el de oliva. El exceso de materia prima impide buenos precios en origen y la enorme competitividad entre la gran distribución, con sus marcas blancas, evita que las firmas envasadoras obtengan suficiente rentabilidad. En el caso de aceites de girasol, su uso para cocinar no tanto para consumo en fresco, puede justificar esta situación, ya que el consumidor no busca tanto un producto diferenciado. Llama más la atención el caso del aceite de oliva, a pesar de ser un porcentaje menor. En primer lugar porque se trata de un producto, sobre todo el virgen extra, que se puede incluir dentro de los alimentos con calidad diferenciada y de alto reconocimiento por parte del consumidor. Por otro lado, es un alimento emblemático de nuestro sector agrario en el que somos los mayores productores mundiales. Cuando se domina un mercado y se intentan abrir los mercados exteriores, con el argumento de su singular valor organoléptico y de su carácter saludable, resulta paradójico que en el propio país de origen se comercialice en buena parte como producto no diferenciado.
Después de décadas de ser los mayores productores mundiales de un aceite, que se supone inmejorable para la salud, y buena parte de él obtenido solo por procesos físicos, todavía no hemos conseguido posicionarlo lo suficiente en los mercados internacionales y en el nacional, ha derivado en su mayoría a comercialización bajo marca blanca. Un síntoma de que falla mucho el marketing del sector, consecuencia de la paradójica y todavía limitada organización de la oferta.



