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TRIBUNA ABIERTA

«Creo que nuestros jóvenes sufren una secuacidad desaforada (con ayuda del barullo de fondo) y hay que enseñarlos a decir “no” y que ese “no” sea efectivo»

Día 06/12/2011
TRIBUNA ABIERTA

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PALABRA técnica del vocabulario sociológico, secuacidad, no ha entrado aún en el Diccionario académico. Del verbo latino sequor, que significa seguir, salió socius, que un buen día Auguste Comte soldó a logos y la antigua física social, physique sociale, empezó a llamarse sociología a mediados del siglo XIX, primero en Francia, luego en todas partes. Cuando hace poco entrevistaban a Juan Ignacio Cirac, físico que trabaja en el Instituto Max-Planck de Múnich, expresaba su deseo de que España juegue en la Champions Leaguede la ciencia mundial. Y al ser preguntado por el sistema de investigación en España y Alemania, compara: «La diferencia que hay entre ambos países no está tanto en el mecenazgo , sino en el soporte de la sociedad. En Alemania la sociedad está muy empapada de la ciencia y la tecnología». La respuesta del joven físico, cuyo nombre ya suena para premio Nobel, recuerda al viejo físico social.

En gran medida los humanos se imitan, e importa mucho considerar cuáles son los modelos que se buscan; que se ofrecen aquí y allá, en la pantalla o en la calle, y que se siguen con rara docilidad. A los juzgados de menores llegan hoy más probablemente no quienes proceden de hogares pobres y difíciles, dice el juez Calatayud, sino niños ricos, como se confirmó hace un tiempo en Londres. Todos nos preguntamos cómo unos chicos acomodados se suman al saqueo y a la violencia, y sabemos que muchos lo hacen por aburrimiento y por secuacidad; los mueve la superstición de la manada. Al final los zoquetes (no sé cómo, escribe un alumno examinando) se hacen los amos de la situación. Pero se hacen amos (ya lo avisa la santa) porque otros no salen del cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía, de mirar si me miran, no me miran... Y aunque secuazse usa más en sentido peyorativo, según el Diccionario, todo depende del modelo que se siga o del antimodelo que asquee. El asco —una de las seis emociones universales, como ha estudiado Antonio Damasio— fue útil en el origen de los tiempos para rechazar alimentos potencialmente tóxicos y hoy lo provoca la percepción de acciones moralmente reprensibles. En ocasiones, sentir asco revela excelente salud.

Por secuacidad o por la dura presión social que se ejerce de fuera adentro, uno se inclina hacia los buenos o hacia los malos. La muchacha imaginada del último libro de Valentín Fuster y Ferran Adrià, en páginas dignas de Durkheim, rechaza la sugerencia de su madre. «¡Cómo va a pedir ensalada, si sus amigas piden pizza!». La adolescente teme «distinguirse» porque sabe que el grupo la condenará por hereje, la echará a las tinieblas. Y, claro, siempre pasta, o en otro tiempo en las clases altas o en la Argentina, carne tres veces al día, se hace indigesto y peligroso.

Ejemplos no faltan. ¿Quién se atreve a rehusar el repugnante botellón multitudinario? ¿O quién se resistirá al ruido que atruena de Santiago a Málaga y que garantiza la dificultad de entendernos que vige en España misteriosamente? ¿O qué malaventura ha llevado a muchos a endeudarse por encima de sus posibilidades, sólo porque otros incautos lo hicieron antes? ¿Y cómo medir la distorsión que producen cada año las notas de corte, que los chicos miran la suya y las carreras supuestamente condignas, pero ignoran su vocación, que es lo principal en el negocio de la vida?

No sabemos hasta qué punto los jóvenes andaluces, cuyos resultados escolares y académicos no están entre los mejores, son más o menos secuaces o veletas que sus coetáneos europeos. En su viaje por España, Ford percibió que «hay una especie de masonería en haber hecho algo igual, que no es lo común en el mundo», y sorprende la finura de un diagnóstico aún certero, como acredita esa mentalidad que impide a los jóvenes aventurarse fuera del terruño familiar.

La frase latina que aprendimos en el instituto, era Video meliora proboque deteriora sequor. Algo así como «Veo las cosas mejores, pero sigo las peores». Hasta sin latín, los alumnos captan la idea en seguida. Yo creo que nuestros jóvenes sufren una secuacidad desaforada (con ayuda del barullo de fondo) y hay que enseñarlos a decir no. Just say no, que se utilizó en Estados Unidos, dice el neurocientífico portugués, en la campaña de lucha contra la drogadicción. Pero el científico piensa, como los antiguos griegos, que se requiere una larga preparación para que «decir no» sea efectivo. A mi juicio, lo primero es suprimir tanta megafonía demoníaca.

JULIO ALMEIDA ES PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA UCO

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