«Junto con la burbuja inmobiliaria llegó el coche, cuya prodigiosa expansión sorprendió a los arquitectos: y en esa estrangulación estamos: la contaminación atmosférica, el colapso estoico, el estrés letal»
Día 19/12/2011
ES obvio que no somos enteramente responsables del caos circulatorio que nos aflige, en Córdoba y en otras ciudades, porque heredamos un dédalo de calles angostas y torcidas que, si apenas bastó para las caballerías, cuando el automóvil irrumpió a lo bestia a fines del siglo XX nos pone al borde de un ataque de nervios a principios del XXI. Heredamos cosas buenas y malas, y decisiones antiguas y recientes nos afectan ahora con urgencia, como esa penúltima decisión del pasado Consistorio que dio permiso para construir un aparcamiento en la calle Sevilla, cerca del corazón de la urbe. El nuevo se desdijo, el aparcamiento recurrió, y el tribunal de Justicia amparó el recurso, con lo que, si Dios no lo remedia, la ciudad deberá transigir y aceptar la circulación por esas callejuelas estrechas y sin aceras que trazó la morería para que los conductores del siglo XXI sigan traficando ante, bajo, cabe (sobre todo cabe) la plaza de las Tendillas. Summum ius... ¿Veremos las calles Conde de Gondomar y José Cruz Conde despeatonalizadas a ratos?, ¿el centro rodado para siempre? No hace mucho el grito nocturno avisaba: «¡Agua va!» Hoy se nos echa encima un coche a cualquier hora. Se habla de accesibilidad, pero estamos perdidos.
Adviértase que el retorcimiento es norma islámica y preislámica, porque hasta los griegos con Hipodamo de Mileto no tenemos calles derechas. Después de la Reconquista la gente castellana derribó casas bajas para, dejando el trazado inverosímil, levantar edificios desmesurados e ignorantes del espacio; pronto caerán unas que restan en Ciudad Jardín. Pero lo nuestro ha sido retorcimiento al cuadrado y al cubo. Han sido generaciones de personas más o menos cristianas, sobre todo las últimas, que fueron apretando el dogal a quienes venían detrás. (El que venga detrás que arree, dice un refrán de probable origen islámico.) Y junto con la burbuja inmobiliaria llegó el coche, cuya prodigiosa expansión sorprendió a los arquitectos, y en esa estrangulación estamos: la contaminación atmosférica, el colapso estoico, el estrés letal.
Y ahora cambiemos de tercio y pensemos en la formación de maestros.
Si sabemos que la Facultad de Educación produce maestros en cantidad que supera con creces las previsiones desde hace decenios, de suerte que encontramos antiguos alumnos en los lugares más heterogéneos; si constatamos que desde 2010 siete grupos numerosos de estudiantes se están iniciando para alcanzar el Grado del plan Bolonia, aunque no parecen dables unas prácticas de calidad para tantos cientos de discípulos y de momento esa piedra de toque no existe para los de 1.º, ¿cómo se explica esta perdición? Ni la película de este nombre —la mejor de la historia, según Woody Allen— estaba tan bien estructurada.
Sin duda bastarían dos o tres grupos, menos de la mitad de los actuales, para alcanzar el nivel de preparación que requiere un maestro de nuestro tiempo, según el modelo MIR que se avecina; naturalmente, con una tasa de matrícula muy superior, que debe ser gratuita en algún caso. Los finlandeses lo hacen así, no trabajan con masas sino con personas responsables, y son la admiración del universo mundo porque no hay escolares malos que se resistan. Pero nosotros preferimos de antiguo, socialistas y PP de consuno, tres redes que diversifican y marcan a los niños, con lo cual la escuela pública, sin el fermento de las clases medias, se hunde necesariamente. Días pasados el último premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, Howard Gardner, ha declarado con rotundidad que «los profesores deben ser profesionales. Tienen que tener vocación y demostrarlo». ¿Sabe el profesor de la Universidad de Harvard (que elogia las escuelas de Finlandia y Singapur) que en España el primero que no es profesional es el director?
Hablo pues, kantianamente, de condiciones de posibilidad de éxito o de perdimiento. Y así todo, como una mala costumbre nueva. Después de tantos dimes y diretes «la Junta naufraga en sus pretensiones y devuelve al Estado el Guadalquivir», decía un gran titular de ABC. ¿Por qué seremos tan presuntuosos? Al paso que llevamos, junto a los aparcamientos en el corazón de la ciudad, habrá licencias para unos cuartos de baños anejos a botellódromos ecológicos; una mayor dotación de policía, que hoy parece insuficiente, y un botiquín para las incidencias previsibles. Habría más empleo y viviríamos todos más tranquilos, sabiendo que los jóvenes se emborrachan ordenadamente.
JULIO ALMEIDA ES PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA UCO



