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Córdoba / TRIBUNA LIBRE

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Día 21/12/2011

ESAÚ, judío, afortunado y con un porvenir asegurado por ser el primogénito en la familia, se dedicaba a cazar, dar vueltas y enredar hasta el aburrimiento. A su hermano menor, Jacob, consignado a las labores de la casa y un experto cocinilla, no dejaba de rondarle en la cabeza la manera de romper el destino. Por más vueltas que le daba no se le ocurría cómo darle esquinazo a su futuro imperfecto como hijo pequeño. Hasta que descubrió su valor añadido: su personal receta de puchero de lentejas y su propia viveza. Raudo a la tarea, se aplicó en sus fogones hasta conseguir que sus legumbres volatilizaran en el ambiente justo en el momento de la llegada de su hermano mayor. Si conseguía embriagarle, seguiría su plan. Así fue. Esaú, cansado de una jornada de caza difícil, fue conquistado por el olor celestial de las lentejas, pidiendo con urgencia y desespero su plato y mantel. Jacob, enérgico, le ofreció su potaje sujeto a condición: «Las lentejas por tu primogenitura, el guiso por tu herencia». Ya sabemos que Esaú, libre y primario, pensó que tal vez cuando heredase su padre dejara poca cosa, o incluso que él mismo muriese antes que su progenitor. Esto hizo que cambiara su herencia futura por un inmediato y caliente plato. Por otro lado, Jacob, con su buen trabajo culinario, giró su destino y se convirtió en el heredero universal. Esaú estaba muerto en vida, no tenía esperanza ni entusiasmo. Jacob fue la vitalidad, las ganas de salir del agujero doméstico.

Hoy, y ante la desalmada crisis, el Génesis es moderno, porque todos debemos mirarnos en estos personajes bíblicos. ¿Quién soy hoy, Esaú o Jacob? ¿Estoy muerto aunque me levante por las mañanas, o estoy rabiosamente vivo y lleno de ideas y esperanza...? Cuando la ayuda al desempleo se acaban, cuando el curriculum que se entrega a las empresas es ignorado por enésima vez, cuando empieza a tomar cuerpo la convicción personal de que la experiencia y formación obtenida no sirven, irremediablemente llega el momento de enfrentarse al espejo y plantearse dos opciones: seguir buscando empleo entre las empresas, o reconocer que lo absolutamente seguro es que nos tenemos sólo a nosotros mismos, con nuestras fuerzas, nuestros conocimientos, nuestras ideas, nuestras carestías y nuestra ilusión. Tomar conciencia de que se pasan meses y años buscando la firma de un contrato de trabajo que no llega, es la primera piedra para decidirse a remover Roma con Santiago y emprender el negocio propio y digno. Decididos a comenzar la aventura del autoempleo porque sólo nosotros conocemos nuestras habilidades y aceptamos los trances que nos esperan, estaremos entonces en disposición de iniciar la ronda de peticiones de ayuda a las administraciones públicas. Pero ojo, esto debe ser siempre después de adoptar la resolución y el convencimiento de querer ser emprendedor. Y es aquí donde las administraciones posibilitarán los apoyos necesarios porque para eso están, para ayudar al mirlo blanco empecinado en crearse su propio puesto de trabajo y alguno más. La decisión principia por contestar la pregunta que nunca nos han hecho y estremece.

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