Córdoba

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Cuarenta años no es nada

Día 14/01/2012

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He vuelto por La Aljabara. No me avisó José Antonio Spínola Prieto. Ni Curro. Me llamó la abuela, María Dolores; cuestión de niveles. Pocas cosas podían hacerme más ilusión que volver a gatear desde Posadas por la carreterita estrecha que lleva a La Plata. Por los años setenta, en las mañanas de montería, personajes de lo más variopinto —monteros, orgánicos, dueños de perros, perreros, ilustres furtivos…— se apretaban ante la barra de La Melchora, la venta de Posadas, tratando de conseguir un café y una copa de aguardiente. Y es que aquel era el punto de salida obligado, camino de Villaviciosa, hacia Los Jarales, un feudo de Pablito Cañete; La Peña, por entonces abierta y descuidada, que regentaba con entusiasmo Antonio García-Arévalo, El Primoroso; Fuentevieja, que tenían Enrique Barroso y sus amigos. Ésta fue, que yo recuerde, la última mancha que se echó obligando a tirar exclusivamente con escopeta por ocurrencia de Fernando Cadenas de Llano que regentaba la mítica Peña del Lince.

Por la izquierda, hacia el pantano del Bembézar, la carretera lleva a Campillo Alto, a La Plata, a Zahurdillas y a Encinosas. Y, arriba, arriba, a Las Ajabaras. Antiguamente, Las Aljabaras eran un mundo que incluía suertes hoy segregadas, como El Jardín, El Cerrejón de La Alcarria, El Tabaco… Conservan el nombre dos grande fincas: la que llamábamos los cordobeses de Cárdenas, propiedad de Anita Rosales y actualmente de Alicia Koplowitz, y la de Spínola, única suerte que queda en poder de la familia.

Toda la vida en manos de la misma familia, los Cárdenas, ha atesorando tradiciones porque, así como las personas aportan a la sierra su personalidad, unas manchas tan hermosas influyen inevitablemente en sus dueños. Yo traté mucho a Curro Spínola Cárdenas y puedo asegurar que estaba enamorado de su Aljabara, en la que puede decirse que se pasaba la vida. Tanto más cuanto que aseguraba que él de lo que siempre tuvo vocación fue de guarda. Nunca consintió cercar su finca. Decía que a las reses les producía tristeza. Y, aunque cerraron todos sus vecinos, lo suyo se quedó abierto por los ríos, Névalo, Bembezar y Pajarón. El ser dueño de un coto tan importante y, además, de una gran rehala, le hicieron vivir la sierra y montear en las mejores condiciones durante toda su vida. Fue La Aljabara de Spínolauna finca vivida y cazada muy familiarmente y, a veces, dando manchones en los que participaban mayoritariamente las señoras.

Como muchos aficionados, Curro tenía problemas por culpa de su apasionamiento. Y lo admitía sin el menor pudor:

—Yo, desde lejos, mato. Pero, de cerca, me trago las reses. Tiemblo, me emociono y fallo. Y eso lo sabéis los amigos. Un día, estando los dos en el puesto, fallé cinco venados a cascaporro y, cuando se iban, María Dolores sujetó tres.

Y es que Curro Spínolatuvo la suerte de compartir afición con su mujer hasta su muerte, en 1999.

Para mí, el regresar esta temporada a lo de los Spínolaha sido como un baño de vitalidad, un regreso a aquellas monterías de mi juventud cuyos lances desmenuzábamos en el bar Avenida los Cañete, Pepín Molina, el Clay-Clay y Manolo el Espárrago que, de vez en cuando, se dejaba venir desde Posadas. Total: cuarenta años no es nada.

POR MARIANO

AGUAYO

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