Aquella tarde de septiembre exhalaría su último aliento y su joven cuerpo, abandonado a la suerte, acabaría devorado por alimañas junto al cauce del Guadalquivir. Ninguna señal la advirtió horas antes de que su vida quedaría segada. No hubo malos presagios ni oscuros presentimientos. Todo acabó en un instante que dura ya 19 años. Y es que nunca se supo cómo ni a manos de quién murió.
Soledad Donoso vivía en el número 6 de la plaza de San Pedro con sus padres y sus cuatro hermanos. Tenía 18 años y desde hacía uno estaba empleada en la pizzería Oh La Lá de la avenida Barcelona. Había decidido abandonar los estudios y estaba convencida de que iba a tener suerte con el nuevo camino que había elegido.
El 28 de septiembre de 1992 se preparó, como otros días, para ir a trabajar. Sacó del armario sus pantalones blancos y esa camiseta negra de cuello alto que tanto de gustaba. Estrenaba botines y sobre el hombro, su bolso de ante marrón.
En torno a las 17.45 horas salió de su domicilio, pero no llegó a su puesto de trabajo. Sobre las 19.30 horas, los responsables del local llamaron por teléfono a su casa para preguntar por Soledad. Su familia no se explicaba qué le había podido suceder. «Estuvimos buscándola esa noche. Desde el principio sospeché que le había pasado algo malo porque mi hija no se hubiese marchado por su propia voluntad y así, sin avisar. Además, llevaba el dinero justo y tenía toda su ropa en el armario», recuerda, con la mirada perdida, su madre, Carmen Toscano.
Cuarenta y ocho horas después, interpusieron la denuncia, «pero la Policía no empezó a investigar hasta pasada una semana. Creían que se había ido de “motu proprio” y, como era mayor de edad...», recuerda indignada María del Mar, una de sus hermanas.
A los catorce días, el cuerpo sin vida de Soledad apareció a la orilla del Guadalquivir, en la Huerta del Arenal. Un hombre que estaba cazando pajaritos fue el que la encontró. Estaba irreconocible. Sólo su ropa apuntaban a que podía ser ella. «No nos dejaron ver el cadáver. Ni siquiera la pudimos pasar por la iglesia porque, al parecer, estaba muy mal», se lamenta su progenitora.
Los agentes comenzaron a interrogar a todas las personas que conocían a la joven, amigos y allegados, pero el hallazgo que orientó los pasos de los efectivos apareció en el propio dormitorio de la fallecida. «Revolvieron todo su cuarto, lo registraron de arriba abajo y encontraron un papel con dos teléfonos», apunta Toscano.
De inmediato, la Policía se puso en contacto con el titular de esos números, Antonio C. Desde el principio, negó conocer a Soledad. Aseguraba que jamás la había visto. Pero la declaración de una amiga íntima de la joven desmontaba su versión. Según esta chica, se habían presentado en la Feria de Córdoba.
«Por ello, estuvo entre siete y diez días detenido, después de pasar a disposición judicial. Pero tuvo que ser puesto en libertad. No había pruebas contra él y los resultados de la autopsia no desvelaron la causa de la muerte», indicaron fuentes consultadas por este periódico que participaron en la investigación, que añadieron que «el suceso fue catalogado de muerte sin más. Ni siquiera se pudo demostrar que fue un asesinato y homicidio. Estuvimos buscando con un detector de metales en la zona para ver si encontrábamos cualquier arma, pero nada».
Sin pruebas
Las conclusiones del informe forense no arrojaron nada de luz al caso. Según el mismo, no había señales de violencia en el cuerpo de la joven. Tampoco había sufrido abusos y, en contra de lo que se publicó en algunos medios de la época, no fue decapitada ni desmembrada. Apareció en posición de prono (tumbada sobre el abdomen) y en un avanzado estado de descomposición. La cabeza estaba separada del cuerpo y los animales habían atacado parte de una mano y el antebrazo. El examen de los alimentos de su estómago determinó que pudo morir el mismo día de su desaparición.
Un año después, la Policía puso la mira en un segundo sospechoso, Rafael C. Era de la pandilla de Soledad y, según las averiguaciones, mantenía con ella una relación esporádica, ya que por aquel entonces, el joven tenía pareja. «No obstante, tras interrogarlo aseguró que la tarde del 28 de septiembre estuvo con su novia. Bajó desde la base de Cerro Muriano, donde estaba haciendo el servicio militar. La chica corroboró la versión. Es más, un tiempo después, cuando ambos rompieron, el juez volvió a citar a la joven y siguió manteniendo que el día de autos lo pasó con Rafael, que él no pudo hacerlo», señalaron las mismas fuentes.
El juez que se encargó de la Instrucción, Juan Luis Rascón, que, actualmente, es el titular del Penal número 4, apenas recuerda los detalles del caso, pero sí que, pese a los esfuerzos, no se pudo resolver, por eso acabó archivándose. «Ha pasado mucho tiempo, pero me acuerdo vagamente de que fue complicado. No había pistas y, pese a que se detuvo a una persona, al final, no se obtuvieron las pruebas necesarias para imputarla».
Ahora, falta de 8 meses y 14 días para que el asunto prescriba, la familia de Soledad Donoso ha vuelto a los tribunales de nuevo para que se reabra la investigación y se determine en qué circunstancias murió esta joven. En su gesta cuentan con la ayuda desinteresada del criminólogo y perito judicial canario Félix Ríos y del letrado José Javier Fernández, que han dispuesto sus servicios de forma gratuita para evitar que el asunto quede desterrado al olvido.
Las líneas que han decidido seguir estos dos expertos siguen dos caminos. Por un lado, buscar la revisión de todas las pruebas que se practicaron entre 1992 y 1994, así como volver a interrogar a todas las personas a las que se tomó declaración; la segunda consiste en una campaña masiva en los medios de comunicación para hallar pistas o testimonios. Para ello, se han vuelto a colocar carteles con el rostro de Soledad por Córdoba, se ha habilitado un correo electrónico, un teléfono (652 18 20 69), así como un perfil en Facebook para recabar cualquier dato que ayude a reabrir el procedimiento.
«Nuestra intención es que poder presentar todo lo recopilado en el juzgado a finales del próximo mes de febrero. De momento, puedo decir que están surgiendo nuevos informadores con pistas interesantes», manifestó Ríos.
Entre los flecos que criminólogo y letrado tratan de atar, figuran dos significativos. Por un lado, los profesionales quieren que el juzgado o la Policía Nacional identifique a quien entregó en comisaría el DNI de Soledad Donoso meses después del crimen. En las actuaciones policiales no figura su nombre ni más datos.
Por otro lado, hay otro testimonio sobre el que los allegados de la joven quieren despejar dudas. Se trata de alguien que aseguró haber visto en la fecha de autos a una pareja por la zona en la que días después fue hallado el cadáver. Este testigo declaró un mes después del suceso y será buscado para que vuelva a relatar lo que presenció.
Para el togado que se encargó de la causa, «hay como sea que evitar que prescriba», si bien, por su experiencia, señaló que «este tipo de casos, o se resuelven los primeros meses o resulta complicado averiguar algo si pasa demasiado tiempo». De todas formas, confió en que «los medios para analizar determinadas pruebas han avanzado mucho desde entonces». En este sentido, la familia incluso apunta a que «si fuera necesario, se podría exhumar el cadáver para realizarle pruebas o analizar varios cabellos que se encontraron junto al cuerpo».
Fuentes de la investigación tampoco se mostraron optimistas al respecto. «No creo que surjan nuevos testigos; habrían hablado en su momento. Aunque, quién sabe». Tal vez la suerte que Soledad esperaba cuando todavía tenía toda la vida por delante le llegue ahora y su crimen no quede impune. «Hay que evitar que quien la mató no pague por ello», espera su madre.



