«¿Es productiva esta manera descompasada de trabajar, de suerte que resultan raras dos o tres semanas completas seguidas, porque los puentes se han consolidado como nueva fiesta nacional?
Día 16/01/2012
MÁS allá de la felicidad inherente a determinados oficios y a personas que saben buscarlos y elegirlos en su circunstancia vital, ¿habría lo que suele llamarse la «felicidad colectiva» de la sociedad, de los países en general? Como hay gente para todo, que dijo extrañado el torero cordobés, un «barómetro de la felicidad» indaga tan difícil cuestión y mide los vagos niveles de esa supuesta beatitud mancomunada. Pero ya un ranking mundial de la felicidad que lo encabecen Fiyi y Nigeria, países francamente pobres; que sigan Países Bajos y Suiza, naciones europeas opulentas, y que después continúen Ghana, Colombia, Finlandia, Alemania, Islandia y en décimo puesto Dinamarca, que fue líder en otras ocasiones; ya tal heterogeneidad entremezclada hace sospechar que las 53.000 personas de los 58 países indagados en reciente estudio responden a preguntas difícilmente homologables, para decirlo suavemente.
En su libro sobre la felicidad, Julián Marías observa que ésta consiste primariamente en la intensidad de la vida. Y como esto depende últimamente de la pretensión inmediata, «es muy probable que el hombre se sienta ya satisfecho si su pretensión de felicidad es muy baja, y por tanto fácil de alcanzar». ¿Quién no ve las diferencias? Cada uno maneja, en efecto, una fracción cuyo numerador es la realidad y su denominador la pretensión; y de ahí resulta que quien pretende mucho pueda sentirse descontento o infeliz en relación con el contentadizo. Y en un apartado sobre la felicidad colectiva, va al grano de las estadísticas. El filósofo desconfía —«quien haya visto hacerlas o contestarlas, temblará»—, porque son siempre abstractas, se hacen preguntas que condicionan las respuestas. «Esto sin tener en cuenta el hecho de que la mayor parte de la gente contesta con temor, o con insinceridad..., o simplemente lo primero que se le ocurre». Poco después Bourdieu conversa en París con el historiador Roger Chartier y habla de una simple medida: la creación de una comisión jurídicamente autorizada de sociólogos, juristas, etc., encargada de controlar el buen uso de los sondeos. Para el sociólogo esto supondría un progreso hacia la democracia. «He ahí un ejemplo muy simple que, sin embargo, se considerará una reivindicación indigna». ¿Entonces?
Probablemente no hay «felicidad colectiva» controlable, por lo mismo que no hay alma colectiva (de «un profesorado» desmotivado, por ejemplo) que sujete tanta felicidad o depresión. Pero a resultas de una ecuación personal, hay desde luego más o menos alegría en cada país y dan fe las caras de los individuos. Ello es que el Estado, proveyendo a la salud de los ciudadanos, ordena y manda cierta cantidad de descanso. De hecho, además de domingos y sábados, «las fiestas laborales, que tendrán carácter retribuido y no recuperable, no pueden exceder de catorce al año, de las cuales dos serán locales» (véase el Diccionario jurídico de Teodoro González Ballesteros). Esto parece claro, pero todo hace suponer que tales fiestas superan ampliamente los 14 días anuales prescritos.
¿Se sacrifican tantos días de labor en aras de una felicidad general, que aumenta la holganza en el tiempo y en el espacio, en una calle invadida por veladores y transmutada su función originaria de vía pública en proscenio improvisado para fumar y consumir? Empezando por los escolares de Primaria, ¿somos más felices los españoles vacando más días y echando el bofe en jornadas brutales? El nuevo Gobierno de Rajoy menciona la Productividad en un Ministerio. ¿Es productiva esta manera descompasada de trabajar, de suerte que resultan raras dos o tres semanas completas seguidas, porque los puentes se han consolidado como nueva fiesta nacional, autonómica, local...?
El ministro de Justicia quiere que su labor no se interrumpa en agosto, porque en definitiva «Iustitiae dilatio est quaedam negatio», como dice el aforismo latino: la dilación de la justicia es cierta negación de la misma. La Justicia del siglo XXI no puede parar en verano, suscribe el sindicato de Secretarios Judiciales. Y pensamos que tampoco es justo que cierren las pocas bibliotecas en verano, por Navidad o por lo que sea. Pero no siendo tampoco hábiles las Cortes en enero, hemos de esperar resoluciones.
De modo que ¿quién se atreve a aforar la felicidad de la gente? Antes habría que precisar en qué consiste la felicidad, cuáles son las pretensiones, si parece bien este descompás organizado por estrategos de la dilación y consensuado por mayoría: una muchedumbre ruidosa que vive en medio de la acera.
JULIO ALMEIDA ES PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA UCO



