Córdoba

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«Rescato muñecas»

Recauda fondos en programas de prevención para niños y atención a enfermos; viste a sus muñecas con retales de Matilde Cano

Día 29/01/2012

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Hace seis años llegó a sus manos una muñeca Barbie estropeada y como pasatiempo decidió restaurarla y hacerle un vestido. Por sus manos han pasado ya 173 muñecas gracias a la aportación de familiares y amigos, Barbies que ella recicla con mentalidad de diseñadora.

—¿Cómo comenzó su afición por coleccionar muñecas?

—Fue de casualidad. Nunca me había propuesto coleccionar muñecas. Sucede que me gusta diseñar ropa y que aprendí costura desde muy pequeña. Hace seis años me trajeron una muñeca rota y la arreglé. De unos retales le hice un vestido y de pronto, el juguete que nadie quería, se convirtió en una princesa.

—¿Cuántas muñecas Barbies tiene usted?

—Ahora tengo 173 muñecas y ninguna es nueva. Sé que existen por todo el mundo coleccionistas de muñecas Barbies, las compran y pueden llegar a pagar precios desorbitados por ellas. En muchas ocasiones ni siquiera se molestan en sacarlas de las cajas para que no se les estropeen.

—¿Le ha costado mucho dinero tener tantas muñecas?

—La mayoría me las han regalado y otras las busco en los mercadillos. Tengo muñecas que he adquirido por setenta céntimos, pero tendría usted que ver en qué estado se encontraban. Incluso algunas ya estaban tiradas a la basura.

—¿Y cómo sabe que no son falsas?

—En la espalda llevan el nombre Mattel y el año de fabricación; también en la nuca les ponen una marca. Aprendes a reconocerlas. Yo me llevo las que nadie quiere y a todas las fotografío.

—¿También les saca usted fotos?

—Les hago una fotografía para recordar cómo me las he encontrado. Es normal que les falte la cabeza o un brazo. Me llegan muy deterioradas. Después, una vez reparadas, les hago otra foto ya restauradas y vestidas con ropas de mi propia creación. De un simple plumero puedo sacar los adornos para un traje de noche y de cualquier pendiente roto, sus joyas.

—¿De dónde obtiene usted la tela?

—Utilizo los retales que le sobran a la diseñadora cordobesa Matilde Cano. Voy a menudo por su taller de costura y siempre me los proporcionan. Si no fuera por esas telas, los vestidos de las Barbies no quedarían tan bien. Lo único que compro, y lo hago por Internet, son los zapatos, que me los mandan desde Hong-Kong, y las peanas en las que se quedan expuestas, que son específicas para Barbies, y que sólo las hacen en Estados Unidos.

—¿Qué es lo peor de ser coleccionista?

—Más que coleccionista podría decir que me dedico a rescatar muñecas. Si me llegan con el pelo rapado o arrancado les diseño una pamela para disimularlo y si les faltan las manos, les hago vestidos de fiesta que tapan sus brazos. Cuando las niñas las ven en las exposiciones quieren llevárselas a sus casas y eso me llena de orgullo.

—¿Qué precio le pondría usted a su colección?

—No podría desprenderme de ninguna de estas muñecas. Cada una me recuerda a la persona que me la dio. La idea es demostrar que de lo que todo el mundo desprecia, mediante el reciclaje y con paciencia, se pueden crear cosas hermosas. Ahora los niños, cuando se cansan de un juguete, lo tiran y enseguida se compran otro. Creo que es un error, porque también pueden desarrollar su creatividad con los objetos que ya nadie usa.

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