AUTOR DE «TODOS LOS NIÑOS PUEDEN SER EINSTEIN»
SU ÚLTIMO libro descansa en la mesilla de noche de Mourihno y de Mercedes Milá. Quiere decirse que nos encontramos ante el autor de todo un «boom» editorial que va ya por su octava edición y barre en las librerías a pelotazos astronómicos como las memorias de Arantxa Sánchez Vicario o a escritores consagrados como Eduardo Punset. Quien amenaza la supremacía del «stablishment» literario es un discreto profesor de enseñanza media, nacido y residente en Córdoba, que lleva una veintena de años guardando en una carpetita observaciones y anécdotas sobre su experiencia docente. Pues bien: fruto de ese trabajo metódico e incesante es este «best seller», titulado «Todos los niños pueden ser Einstein», que ha entrado en las listas de ventas como elefante en cacharrería.
Su tesis es simple como una manzana. Si Albert Einstein logró formular una de las teorías más revolucionarias del mundo contemporáneo partiendo de un desastroso expediente escolar por qué no pueden hacer lo mismo miles de niños víctimas del fracaso académico. A Fernando Alberca se le encendió la lucecita leyendo la biografía del autor de la Teoría de la Relatividad. Y constató que Einstein no aprendió a leer hasta los siete años, que su madre lo consideraba como un retrasado mental y que la profesora lo describía con un insultante epíteto: «mortalmente lerdo». Hasta que a los 15 años se cruzó con un profesor que tocó la tecla correspondiente.
—¿Qué falla del sistema educativo?
—Que está muy volcado hacia el hemisferio izquierdo del cerebro, el de la lógica, el orden y el análisis. Y eso es muy pobre. El hemisferio derecho es más rico y el que le da emoción a la vida. Pero el sistema educativo lo ignora: no fomenta la creatividad, ni la organiza. Y el ser humano encuentra la felicidad en la conexión de los dos hemisferios.
—La Real Academia de la Lengua dice que la felicidad es el «estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien». ¿Empezamos correctamente?
—Me parece una tontería. La RAE está compuesta de seres humanos con buenas intenciones pero que no son expertos en nada.
—Y usted dice que «si de verdad eres inteligente serás feliz». Luego la infelicidad es un acto de torpeza, se supone.
—Exactamente. De no haber sabido llevar la vida bien. A veces porque es muy difícil. La inteligencia es la capacidad de resolver problemas y el problema de la inteligencia es el más importante que tenemos. La escuela genera gran infelicidad.
—Si la inteligencia consiste en superar problemas, ¿podemos decir que vivimos en una sociedad incompetente?
—Las encuestas dicen que entre 11 y 60 años la mayoría se siente infeliz. Vivimos en una sociedad que se equivoca en cómo conseguir la felicidad. Vamos justo hacia el camino contrario. Enseñamos a los niños a cómo utilizar a las personas, no a cómo quererlas.
—Un libro suyo nos enseña 99 trucos para ser feliz. Nos apañamos con tres.
—Uno podría ser poner la felicidad en lo que tenemos y no en lo que podríamos tener. Otro que las circunstancias no hacen que uno sea feliz, sino la actitud. Y, por último, que la felicidad es contagiosa: cuando ves que alrededor hay gente feliz gracias a lo que uno mismo ha hecho.
Fernando Alberca de Castro (Córdoba, 1966) es hijo de pediatra, un dato decisivo en su trayectoria profesional. Se matriculó en Filosofía y Letras en Valladolid, para estar más cerca de Lázaro Carreter y Miguel Delibes, pero su verdadera vocación ha sido siempre la docencia. «Quería dar clase pero no sabía de qué», subraya. Y ése ha sido el impulso crucial de su vida. El que lo ha llevado a dar clases como profesor en Huelva, Cáceres, Zaragoza o Asturias, pero también el que le ha abierto un camino como investigador y pedagogo, que es lo que ha terminado catapultándolo a la primera línea del escaparate literario. «Me gusta el progreso del niño. Ver cómo un alumno puede pasar de una baja autoestima y notas deficientes a la senda del aprendizaje. No existe el determinismo genético. Todo es cuestión de motivación y método», proclama.
—Donde otros ponen castigo, usted pone afecto. ¿No se estará pasando de buenismo?
—Yo no peco de optimismo separado del esfuerzo y el orden. Hablo de motivación con método, que es lo que da seguridad. Esfuerzo más necesidad es igual a capacidad. Educa mejor quien más quiere y la educación exige cariño.
—Si la escuela fomenta el miedo al error, según defiende, ¿qué fomenta usted?
—La escuela es muy sancionadora. Busca más la organización que el aprendizaje, y el niño tiene dificultades para encontrar la motivación. Ponemos muchas consecuencias negativas en la escuela y muy pocas positivas. Pero el refuerzo negativo, en contra de lo que se cree, funciona peor que el refuerzo positivo.
—Tiene usted sólo tres suspensos en casi 20 años de docencia. ¿Daba recreo?
—Los alumnos me preguntan: ¿es verdad que no suspende a nadie para septiembre? Y yo les respondo: «Sí, pero no tiene por qué ocurrir todos los años». Cuando un niño llega a mis manos tiene que decir al final: «Menos mal que tuve este profesor». Al niño no se le motiva poniéndoselo fácil ni engañándolo. Le gusta lo difícil pero lo posible.
Quedamos en el parador de la Arruzafa para hacer la entrevista. Justo aquí se fraguó hace un buen puñado de meses el libro que trae entre las manos. Fue en una reunión rutinaria con Antonio Cuesta, director editorial de Almuzara, para dar un último empujón a la segunda parte de un trabajo anterior. Entonces, Fernando Alberca aprovechó para adelantarle un puñado de ideas que le rondaban la cabeza desde hace tiempo y que podrían concretarse bajo el nombre genérico de «Todos los niños pueden ser Einstein». A Antonio Cuesta se le abrieron los ojos como ventanas y a las seis de la tarde de ese mismo día apareció con la portada del libro que hoy puebla los anaqueles de toda España. «Una portada genial», sentencia feliz Fernando Alberca.
Mucha menos ilusión le hace someterse a la sesión fotográfica de rigor. Pero es el peaje de la información. El reportero gráfico lo lleva al jardincito infantil que la Arruzafa dispone en una de las terrazas de su zona verde. Una foto en la casita de madera, otra sobre las escalerillas y una tercera subido al tobogán, un escenario muy apropiado al tema educacional que se trata. Pero el tobogán no es lugar para adultos y tiene sus riesgos: el flamante «best seller» que ha dado la vuelta a España se desliza faltalmente por la rampa y cae en un inoportuno charco de agua. Así que todo un mítico Albert Einstein empapado hasta los huesos. Que el genio de la relatividad nos perdone.
—¿La cabeza y el corazón son órganos antagónicos?
—Justo lo contrario. Es uno de los males de nuestra cultura: obligarnos a elegir entre los dos. Lo que tenemos es que entrelazarlos. Es necesario racionalizar las emociones y sentimentalizar la razón.
—Y si ando cortito del hemisferio izquierdo, ¿mejor me dedico a la literatura?
—Eso es otro tópico: o somos de un hemisferio o de otro. El otro día me decía un chaval que quería ser médico pero que le encantaba la literatura. ¿Qué hago?, me preguntó. Pues haz Medicina y escribe novelas.
—¿Hacia dónde conduce la sobreprotección?
—Lo que más daño hace a un niño es no sentirse querido. Pero el mal más extendido del primer mundo es la sobreprotección, evitarle problemas a nuestros hijos y hacerlos incapaces. Porque así no aprenden a superar los obstáculos, ni a evitar venirse abajo cuando hay inconvenientes o a no frustrarse demasiado cuando le sale justo lo contrario de lo que desea. Si nuestro hijo puede abrocharse el abrigo, no lo hagamos por él.
—¿Para la clase política tiene tanta capacidad de comprensión?
—Un poquito menos, quizás. Aunque todos somos seres humanos inteligentes y, a veces, nos faltan datos para opinar. La educación debería alejarse de la política, porque nunca han sido buenas compañeras. Hay que hacerle más caso a los técnicos que a los políticos.
—Sus palabras mágicas son motivación y método. ¿Siempre funcionan?
—Sí. Es que no hay más. El ser humano es cabeza y corazón, gasolina y hoja de ruta, cuerpo y alma.
—Júreme que no es usted un gurú de la autoayuda.
—No. Yo creo más en la ayuda al otro. Pero mis libros los he visto en todo tipo de secciones en las librerías: salud, psicología y también autoayuda. Y en el fondo debería haber un gran cajón para todos ellos: ser feliz.



