Juzgan a un acusado de maltratar a su mujer, a la que agredía en una sala de su casa que estaba destinada a ese fin
Día 06/03/2012 - 09.56h
Su infierno comenzó después de darle el «sí, quiero». Jamás hubiera imaginado que aquel que le agarraba el brazo ante el altar, a quien había elegido, tras un año de noviazgo, para compartir el resto de su vida, se convertiría en su verdugo. Ahora, con las heridas aún sin cicatrizar, tendrá que volver a rememorar la pesadilla que fue su matrimonio, esta vez, ante el tribunal que juzgará a su marido, que se sentará en el banquillo el próximo viernes y se enfrenta a más de 17 años de prisión.
Acusado y víctima se casaron en enero de 2011 y establecieron su domicilio en la capital. Desde que comenzaron a residir bajo el mismo techo, el procesado comenzó a ejercer un control desmesurado sobre su mujer, tratando de aislarla tanto familiar, como social y laboralmente.
Entre cuatro paredes
Según relata el fiscal en su escrito de conclusiones provisionales, «eran constantes las agresiones del procesado a la víctima, desde patadas en el estómago, tirones de pelo, bofetadas y puñetazos, lo que hacía habitualmente en una habitación del domicilio destinada a tal fin, a la que llamaban “el confesionario”», explica. Tras estos episodios violentos, lo usual era que el acusado «obligaba a la mujer a que mantuvieran relaciones sexuales sin su consentimiento» bajo el pretexto de que «tenía que tranquilizarlo, puesto que ella era la que le había puesto nervioso».
Además, para conseguir la sumisión de su esposa, el encausado solía romper objetos, como vasos, puertas y hasta ordenadores, para intimidarla. También era habitual en el trato diario que el acusado profiriese a la mujer expresiones tales como «no vales para nada, por eso Dios no te dio hijos» o «eres tan mierda que no puedes ni hablar ni pensar, me da asco sólo oírte», además de amenazarla de muerte constantemente, diciéndole que si se le no regresaba a casa la buscaría donde fuera y acabaría con su vida.
Y no sólo eso. Para humillarla, según apunta el Ministerio Público, le tiraba la comida por las paredes para que ella tuviera que recogerla, o le escupía la bebida en la cara, además de otros comportamientos para menospreciarla.
El acusado seguía cada paso que daba la víctima y trataba por todos los medios de controlar lo que hacía. Por eso, la llamaba en reiteradas ocasiones al móvil, también a su trabajo y le prohibía que hablase con sus compañeros, «o con cualquier hombre, de tal modo que la obligó a cambiar de médico, de sucursal bancaria, frutería o farmacia, porque dichos puestos eran desempeñados por varones».
Igualmente, elegía toda la ropa que la mujer debía ponerse cada día para que fuera larga y ancha, «incluso la interior», y le impedía que se maquillase y que usara pendientes. También verificaba sus gastos y siempre que regresaba de la calle «la examinaba y olía».
Los continuos tratos vejatorios, humillantes y agresivos, que se han concretado en un delito de maltrato habitual, tres de obra, otro de lesiones, uno más de abuso sexual continuado y uno de lesiones, han provocado en la denunciante «un trastorno de estrés postraumático, cambios cognitivos y conductuales, y presencia de sintomatología depresiva grave que requiere de tratamiento psicológico».



