Córdoba

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La linde entre el otoño y la primavera

La lluvia de la primera hora parte el Martes Santo en dos y deja en casa a la Santa Faz y el Prendimiento, pero respeta a Císter, Agonía y Buen Suceso

Día 04/04/2012 - 09.27h
La linde entre el otoño y la primavera

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SALIÓ el sol y secó las lágrimas, enjugó los charcos, espantó las nubes y dejó en el corazón el regusto de que no había pasado nada, aunque bien se escucharan todavía las preguntas inquietas, las voces que anuncian lo que no quieren decir y los demás no quieren oír, los hábitos nazarenos que no se mancharían de cera.

Cuando hay una cofradía en la calle y uno tiene el corazón bien dispuesto para ella, arranca los demonios que uno tenga en el alma, lava la inquietud como si los nazarenos en la calle, el aplauso de un barrio unido aunque estuviera a varios kilómetros, sirviesen para borrar el llanto y decir que no han existido las penas de quienes sufren y siguen sufriendo. Pero así era. Las seis de la tarde fue la frontera que separó en dos el Martes Santo de Córdoba, como si hubiera un siglo entre uno y otro, como si la ciudad estuviera en un otoño gris y desolado y de pronto naciese una primavera de esperanza al cruzar entre un clamor insólito la cruz de guía de la Agonía el Patio de los Naranjos.

Hasta esa hora el día había sido más bien una intuición, una espera, una guerra de nervios, un horizonte de mejoría con el buen recuerdo de los días anteriores, aunque en Córdoba había llovido al mediodía. La calle Lope de Hoces tenía el mejor mirador hacia el Occidente, por donde vienen, Guadalquivir arriba, las borrascas a Córdoba, y el balcón natural comenzó dando claridad y acabó confirmando un horizonte oscuro. Una hora llegó a pedir la cofradía de prórroga, porque su pronóstico era que el tiempo mejoraría, pero no lo bastante rápido. Pasadas las cinco y media sonó un fuerte trueno en el cielo y poco después se anunció que suspendía la estación de penitencia.

En el interior, el consiliario, José Juan Jiménez, expuso el Santísimo y dirigió el rezo del Via Crucis mientras los cofrades se lamentaban por su suerte. Lucía espléndido el Señor con su nueva túnica de bordados antiguos, en un camino que le habían alfombrado con rosas rojas y flores oscuras en tono solemne. No había podido pasear su alegría la Virgen de la Trinidad con rosas de pitiminí, alhelíes y minicalas en color blanco, feliz contraste con el morado de su palio.

Pasadas las cinco y media de la tarde en Córdoba llovía con fuerza, como no había llovido en todo un año seco de los que hacen acordarse de la Santa Bárbara de las rogativas. Goteaban con rabia las gárgolas de la Catedral. El Prendimiento tenía que haber salido a las cuatro y media. Apuró y buscó claros, se aferró a la esperanza, pero no hubo forma. A esa hora suspendió también su estación de penitencia, por primera vez en las últimas décadas, aunque había tenido ya que darse la vuelta en otros años. Visto desde fuera del local, el misterio era un cuadro frontal con el abatimiento del Señor en muy primer plano y ante él se deshacía en tristeza su gente salesiana.

Chispeo hasta las seis

A esa misma hora de tristeza en el barrio de San Lorenzo, cuando el Patio de los Naranjos estaba desierto y la gente aguardaba en los soportales a que se dijera la noticia que nadie quería oír, se empezó a pasar a la otra orilla. La Agonía dijo que saldría, que aprovecharía el claro. Llovía aún cuando la hermandad hacía su estación de penitencia ante el Santísimo en el interior de la Catedral y chispeaba a ratos, aunque hubiera un pequeño claro en el horizonte, cuando el primer nazareno morado y blanco aguardaba ante el Arco de Bendiciones la salida.

El barrio del Naranjo arropaba allí a su cofradía y estalló en un aplauso rotundo, un aplauso con el hambre atrasada del agua, otra vez el agua, del año pasado. Por el oeste el claro ganaba cielo al gris amenazante cuando apareció el misterio y las cornetas sonaban con la rabia de las cofradías que a esas alturas ya sabían que no pisarían las calles de Córdoba. Había lágrimas en los ojos que veían salir al Cristo de la Agonía y muchos se fijaban en el lazo verde que colgaba de uno de los candelabros delanteros, en solidaridad con los niños Ruth y José, desaparecidos en Córdoba en el mes de octubre.

El paso aparecía por primera vez barnizado en color caoba, ya terminado a falta de la iconografía y la imaginería y en su clamoroso camino por el Patio de los Naranjos la cofradía había conseguido que su barrio se identificase en el corazón de Córdoba. Antes había lucido su nuevo bacalao, bordado en oro por Francisco Mira sobre terciopelo rojo. Parecía que el día se vendría arriba, y era verdad, pero no sería tan sencillo.

Por LUIS MIRANDA

BBB

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