Córdoba

Córdoba / Pedro Lavirgen, cantante de ópera

«He vivido como un asceta»

Es, con toda probabilidad, nuestro cantante de lírica más internacional. En su biografía no le falta ningún teatro de ópera importante del mundo. Pero la gloria cuesta. «He sido un luchador con fe»

Día 22/04/2012 - 10.55h
«He vivido como un asceta»
aarón

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Hay fatalidades que pueden conducir a la gloria. Un desgraciado contratiempo se convirtió para Pedro Lavirgen en el resorte que lo catapultó a forjar una de las grandes biografías de la música lírica de España. Su historia es la de un niño de la guerra refugiado en la aldea de Zocueca (Jaén) cuando apenas contaba con 7 años de edad. Tuvo el infortunio de caerse de una roca y romperse la rótula en aquel paraje olvidado sin médicos ni atención sanitaria de ninguna clase. De manera que se pasó toda la contienda civil tendido en un camastro con la pierna inflamada y expuesta al sol como única terapia disponible en medio del caos. Allí, en el trascurso interminable de las horas, germinó su voz limpia y robusta.

—No había oído cantar nunca a nadie. No existían discos ni teníamos radio, así que me inventaba las letras y la música y le ponía el nombre de mis hermanos y mis padres. Fue una expresión espontánea que me salió del alma.

Del alma le brotó la voz y una carrera formidable que lo ha llevado a recorrer el mundo media docena de veces. Pedro Lavirgen (Bujalance, 1930) tuvo que pagar un alto precio por aquel desgraciado accidente, pero en sus palabras no se percibe ni un ápice de lamento. Tras la guerra ingresó en el Hospital San Juan de Dios, de Córdoba, y allí permaneció interno durante tres años convaleciente de una lesión que le ha acompañado toda su vida. En todo aquel encierro interminable, tuvo tiempo de someterse a inagotables terapias pero también de cantar en el coro del hospital, del que pronto se convirtió, cómo no, en solista. En el año 1941 abandonó el San Juan de Dios con una pierna maltrecha y una formación escolar prácticamente inédita.

En Bujalance estudió bachillerato, se matriculó por libre en Magisterio y se metió en el coro parroquial. Pero su maduración como cantante no se produjo hasta años después, en Madrid, donde fue destinado como maestro y pudo estudiar canto de forma reglada. Luego ingresó en el coro de Radio Nacional de España y, más tarde, en el del Teatro de la Zarzuela. Debutó como primer tenor en 1959.

—¿Quién ha sido Pedro Lavirgen?

—Un luchador que ha creído en sí mismo, con la ayuda de mi mujer, que ha tenido una fe indestructible.

—¿Ha tenido la biografía que quiso tener?

—Sí. No me hubiera cambiado por otra cosa. Enseñar a los niños me costaba, porque no tenía demasiada paciencia. Y ahora me encanta enseñar a los adultos.

La suya ha sido una vida plagada de éxitos profesionales pero también extremadamente sacrificada. Se ha dejado la piel en los aeropuertos de medio mundo y en las habitaciones desiertas de los hoteles. «Es una carrera muy dura, de mucha incertidumbre en los comienzos», sostiene al otro lado del teléfono, desde su casa de Madrid. «Y hay que llevar una vida muy ordenada, como de atleta, cuidándote mucho y sometido a una comida especial. Tenga en cuenta que una ópera puede durar más de tres horas y pierdes hasta un kilo de peso. Así he estado hasta los 60 años. Luego la fuerza no es la misma y me reservé para cantar en conciertos, sin maquillaje ni pesados vestidos».

—¿A qué ha tenido que renunciar?

—A una vida normal. Por ejemplo, a beber vino, que me gustaba mucho, o a comer sin restricciones. Hay que hacer una vida ascética.

—Declaró sentir casi angustia cuando se retiró. ¿Ha superado ya el trance?

—Angustia no. He tenido melancolía. Voy al teatro, veo a un joven cantando y siento cierta envidia sana de pensar que ése he sido yo y ya no lo soy.

—¿Qué le han dado los escenarios?

—Muchas satisfacciones. Hasta físicas. Quien no lo ha experimentado no sabe qué supone estar encima del escenario y que el público estalle en una explosión de aplausos hasta de tres minutos. Esto no se paga con nada.

—De manera que de autoestima anda usted bien.

—Muy bien. Dios nos ha dado este don y nuestro único mérito es saber administrarlo bien.

—Usted divide los cantantes de ópera entre divos y un ejército de buenos profesionales. ¿Dónde se coloca usted?

—En el segundo. Yo soy un buen cantante, pero sobre todo un buen profesional. Me he aprendido todos los papeles de casi todas las obras para no equivocarme.

—¿Un divo es un cantante con algo de talento y demasiado de ego?

—Si falta el talento acaba descubriéndose. Plácido Domingo, que es el superdivo, no es sólo un divo mediático sino que tiene un talento increíble y una capacidad física fuera de lo normal. Con 70 años todavía canta ópera.

—¿Y los soldados del ejército también tienen caprichos?

—Manías he tenido muchas. De pronto me daba por comer manzanas a trocitos. Otras veces hervida. Y otras limón o regaliz. Y soy supersticioso. Una vez en el Arena de Verona, donde caben 26.000 personas, pasó un gato negro mientras yo estaba cantando. Mi mujer y mis hijos empezaron a gritar: «¡Que no lo vea, que no lo vea!». Si lo hubiera visto, me voy y dejo de cantar. Fijo. La superstición la heredé de mi padre.

Su larga trayectoria le ha llevado por países de todas las latitudes y ha estado cuajada de enjundiosas anécdotas, algunas desternillantes, como aquella que le sucedió en la Ópera de Bilbao con el regidor de escena, que se llamaba Antonio Sampedro. Mientras lo vestía la sastra en el camerino, el cantante cordobés le pidió un café, la mujer salió al pasillo y a grito pelado chilló: «Sampedro, tráele un café a Lavirgen». La anécdota dio, naturalmente, la vuelta a España.

—¿Qué hay en la voz de Pedro Lavirgen: técnica o alma?

—Primero técnica. Sin técnica no se puede obedecer al alma. Y yo le añado lo que el espíritu siente.

—¿En qué espejo se ha mirado?

—En el de mis padres y mis hermanos, por lo trabajadores que han sido. Y en algunas personas que me han servido de modelo. Desde niño estoy rodeado de sacerdotes.

—Si la música amansa a las fieras, ¿quiere decirse que en el mundo se escucha poca música?

—La música es un sedante maravilloso pero también puede ser un excitante. Y en este mundo de la ópera hay mucha envidia, muchas zancadillas y se sufre con el comportamiento de algunos compañeros, empresarios y agentes.

—¿Ha tropezado con muchos divos?

—Con algunos. Pero como no he aspirado a mucho ni tengo grandes pretensiones he huido de todo eso.

—Ha estado veinte años cantando en el Liceo de Barcelona. ¿Cuál es el secreto?

—Seguramente no lo hacía mal y tienes una serie de aficionados que te tienen cariño. También he estado dieciocho años en la Ópera de Viena y ocho en México.

—Su papel preferido ha sido don José, de Carmen, que no era un héroe sino un cobarde.

—Un hombre mediocre. Daba impresión de debilidad y era un espíritu malo que llegó a matar por un ataque de celos. Todo eso hay que ponerlo en la gestualidad y la expresividad del canto.

—¿Qué sueño se le ha quedado en el tintero?

—Nunca pretendí ser más de lo que he sido. Me han ofrecido saltar más allá pero suponía determinadas situaciones que no he aceptado. He ganado el sustento de mi familia con suficiencia para permitirles a todos mis hijos la universidad y tener una vejez tranquila.

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