Día 23/06/2012
Sucede que a veces los lugares le persiguen a uno como si de veras los estuviera buscando o los estuviera echando de menos
ESTÁ bien que venga alguien a la ciudad en los intersticios de la primavera y el verano a recordarle a la gente que la playa no está tan lejos y que apenas hay que recorrer tres horas en coche para encontrar algo parecido al paraíso. Ha ocurrido esta semana justo en las vísperas de la entrada de la nueva estación meteorológica: el restaurante Puerta de Sevilla ha invitado al alcalde de la entidad local menor -¿menor?- de Zahara de los Atunes a que presente las Jornadas Gastronómicas del Atún de Almadraba.
Bien: se habían acallado los ecos de la Noche Blanca del Flamenco entre los lamentos de los hosteleros por la falta de pulso de la oferta turística del verano y por la fiereza de la competencia desleal de los establecimientos sin licencia, no había hecho más que apagarse el quejío de los herederos de Camarón de la Isla en Las Tendillas y en La Axerquía y resulta que llega un embajador del séptimo cielo, ése de los atardeceres de un naranja espeso y brumoso y de las mañanas claras en las que parece que se puede alcanzar África con dos brazadas.
Resulta que andaba la autoridad municipal haciendo cálculos de las miles de personas que han salido a la calle a la cita con el flamenco -en estas ocasiones uno siempre acaba por preguntarse que si es que mandan a un funcionario con una libreta a contar uno a uno a los espectadores-; estaba, decía, la autoridad entre balances oficiales y sucede de pronto que llega ahí al Alcázar Viejo el mensajero de los placeres fugaces de julio y agosto o de cuando se pueda.
Sucede que a veces los lugares, las ciudades, le persiguen a uno como si de veras los estuviera buscando o los estuviera echando de menos. Sucede que el mismo día de la semana, ésta que está acabando, en la que los periódicos locales daban cuenta del comienzo de la semana gastronómica del Atún de Almadraba era justo cuando en la barra de un bar de menús del Centro dos parroquianos se quedaban embobados con las imágenes de los peces muertos en el río Cachón, que cruza Zahara en paralelo a la carretera que viene de Barbate y llega hasta Tarifa.
Sucede que la misma semana en la que algún modo buscarán en la Puerta de Sevilla para el salmorejo combine bien con el atún no deja de sonar en la radio la melodía acústica grabada allí, tal vez bajo los toldos generosos en gintonics de la Ballena Verde, este pasado septiembre.
Suena también en las redes sociales la melodía acústica interpretada a un paso de la playa y en los comienzos de la noche rojiza del fondo de los vídeo clips se distinguen las construcciones de Atlanterra o los tejados inconexos de azoteas al sol. Sucede entonces que esa orilla atlántica de arenas fina y de agua cristalina, ese pueblo en mitad de ninguna parte pero que a uno le parece de veras el centro del universo, sucede digo que esa orilla mínima está ahora al alcance de la mano.



