Día 23/06/2012
Hemos ganado la guerra. Ahora no nos vengan ustedes, señores del progresismo, a decir que la paz la hemos perdido
EN el 45 -con la Segunda Guerra Mundial recién resuelta pero no amortizada- los británicos fueron llamados a las urnas después de que, en su día, fueran llamados a las armas. Y entonces ocurrió algo que, todavía hoy, luego de tantos años, engendra una mixtura de admiración y pasmo. Algo que, todavía hoy, entre olvidos y amaños, nos revela el presente a través del pasado. Ocurrió, cual es fama, que Churchill, el gran Churchill, salió de aquel envite corrido y escaldado. El líder que guió a su pueblo a la victoria, que le enjugó la sangre, el sudor y las lágrimas, que combatió, sin titubeos, en los peores escenarios, «in the most unfortunate circumstances», tuvo que plegar velas y marcharse a su casa. Soplaban otros vientos y, con la mar en calma, su pueblo eligió un navegante menos arriscado. Alguien que se ajustase al balsámico eslogan que el laborismo convirtió en un certero abracadabra: «Ya hemos ganado la guerra. Ahora tenemos que ganar la paz». Ése era el quid de la cuestión y, al remachar la abulia, dieron en el clavo.
Total, que los ingleses mordieron el anzuelo y, democráticamente, izaron bandera blanca. «But that is another story…». Más sucia y más amarga es la que nos impele a recordarla. La que cuenta que hoy los asesinos en la cárcel se asombran y se hacen cruces, y no dan crédito al hecho de que el Estado en vez de transmitir adecuadamente a la población / al pueblo español/ la satisfacción por su victoria («su», es decir: del Estado y del pueblo) contra su enemigo más cruel e inhumano, en vez de cantar victoria templa gaitas, tiende puentes, suaviza penas, legaliza cómplices, cancela persecuciones, perdona los pecados, lanza pelillos a la mar, prepara indultos, y poco le falta para pedir perdón por haber vencido a quienes se propusieron destruirlo y sacrificaron fríamente a algunos de sus servidores más abnegados. Dan ganas de decir que la sentencia del TC que legaliza Sortu arroja fango y estiercol sobre los ataúdes de Carmen Tagle, de Tomás y Valiente, de Gregorio Ordóñez, de Miguel Ángel Blanco, de Froilán Elespe, y así hasta mil muertos y cientos de miles de allegados… Pero no lo diremos, no vayan a acusarnos de «demagogia» o de «revanchismo».
Sostiene Patxi López, y refrenda el cada día más blanduzco Gabilondo -su rostro ya es delito, y su criterio la brújula exactísima que cuando apunta al norte nos indica, sin riesgo de error, la deriva al sur- que la tarea de la política consiste en dar carta de naturaleza a lo que sucede en la calle con toda naturalidad, y que en este sentido es contradictorio legalizar a Mierdu y mantener a Otegi entre rejas. Si tan poca cosa fuese la política democrática, cabría recordarle a estas y demás lumbreras melifluas del amor universal, del diálogo incluso con quien viene a matarte (Gemma Nierga dixit) que lo que «está en la calle» y en la intimidad doméstica de toda España, desde el cabo de Gata al de Finisterre, es el clamor y el deseo de que Otegi y demás delincuentes confesos cumplan íntegras sus condenas, y que sus amigos y valedores sean mantenidos lejos de las listas del censo y de la renta, pues los lobos no deben, en modo alguno, conducir el rebaño. Pero parece que esto, con ser tan sencillo, no lo entiende el sector «progresista» del alto tribunal.
Decía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política con otros medios. No menos cierto es que, para algunos, la política es la continuación de la guerra por otros medios. Hemos ganado, o casi hemos ganado, la guerra. Ahora no nos vengan ustedes, señores del progresismo y el confite y la blandura, a decir que la paz -¡Ay! ¡No se sabe cómo! ¡Quizá es que fuimos tontos!- la hemos perdido.



