Una sociedad donde los terroristas son favorecidos y el feto es un ser vivo pero no humano, además de inmoral, está enferma
Día 18/09/2012
He recibido algunos comentarios, todos bienintencionados a pesar de venir de amigos, en relación con mi columnita «Halcones y palomas», sobre esa la regla de medir, llamada «moral», que toda sociedad ha tenido siempre y que le ha servido de cohesión, un «pegamento» ancestral que no necesitó de ningún contrato social. La moral, o sea, el comportamiento, varía mucho entre sociedades y naciones. Cómo serían algunos isleños del Pacífico que los navegantes españoles bautizaron a todo un archipiélago como «las Islas de los Ladrones», luego llamadas «Marianas». Su moral, su comportamiento, era apropiarse de lo ajeno como sistema de vida (hoy podríamos llamar así a alguna Autonomía). Hay religiones que consideran a la mujer como de segunda división, incluso la cristiana pasó por una fase así. Hay pueblos enteros que no pueden comer más que si el alimento está producido de cierta manera…
En fin, las costumbres, las «morales», son bien diversas, pero cada pueblo acata la misma norma y rechaza al que no lo hace. En la sociedad actual, sobre todo en la española, cada cual hace lo que quiere, no hay patrón; es el famoso «relativismo» llevado a niveles extremos por nuestro inefable ZP y los suyos (¡que arguyen «razones morales» para hacer su oposición…!) y de ahí se deduce que la sociedad puede definirse como «amoral», o sea, «sin moral», compuesta por individuos «amorales». Lo comprobaría la existencia de Bolinagas, asesinos de niños, políticos y bancarios sin vergüenza… en fin todo un conjunto de gente que no atiende más que a su propio beneficio: gente sin moral.
Pero yo no creo que exista nadie «amoral». Sería alguien «sin comportamiento», pero incluso los más viciosos como los arriba citados tienen una conducta, o sea, una ética (no se confunda «moral» con «ser bueno»). Nos repugnará, pero la tienen. No es nada religioso, pues la tienen los ateos; quizá no haya habido nadie más estricto que Spinoza. La tienen todos los dichos y muchos más. Sólo existe, creo yo, un hombre amoral de verdad: el hombre muerto, y eso tras haberse leído y ejecutado su testamento.
Una sociedad permisiva como la nuestra, en la que cada cual puede hacer lo que quiera, en la que el patrón es puramente individual, es una sociedad de moral fragmentada, atomizada, sin norma seguida por una mayoría significativa de ciudadanos. Si, además, las instrucciones de los gobernantes van en el sentido de ir contra las normas previamente aceptadas, esa sociedad no es amoral sino «inmoral» a secas. Una sociedad en la que los asesinos terroristas se ven favorecidos y las víctimas lo han sido «porque algo habrán hecho»; en la que, para justificar el aborto libérrimo porque un feto es «un ser vivo pero no humano», o sea, un animal (¡y en la que al mismo tiempo se defienden los derechos de los animales…!), una sociedad así, además de inmoral (que no «amoral») está enferma.
Hace tiempo que dejamos de seguir la norma eterna que con brevedad transcribió Aristóteles en su Ética a Nicómaco: «fomentar el bien, castigar a los desobedientes y desterrar a los incurables». No podemos, pues, pedir milagros.



