Córdoba

Córdoba / PRETÉRITO IMPERFECTO

Ángeles y demonios

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El padre que hoy sigue tejiendo su mentira en la prisión prendió la pira de su vida para salvarse de en qué la había convertido

Día 07/10/2012

EL «caso Bretón» es la penúltima daga de una sociedad que se autoliquida sobre el cuerpo y la mente de sus hijos. La maldad encuentra acomodo hasta en el rostro más vulgar, en la mente del tipo más común, en la orilla misma de su desequilibrio y su rabia. En la historia más normal, mientras acecha sin anunciarlo a las víctimas de todas sus afrentas que ni siquiera tendrán ocasión de toparse ya con esa maldad alguna vez en su vida. De frente.

La historia de Ruth y José, la de unos padres y unos hijos así llamados, de cuya génesis mañana se cumple un año, es la historia de una venganza y un error. La inmensa cobardía de quien no admite la separación de su mujer y cobra la fractura de su enmascarado patrón de vida a costa de la de sus propios hijos en el más ruín de los crímenes, si es que existe alguno que no lo sea. Es la crónica de un fracaso, es la herida punzante por la que brota la sangre de muchas parejas incapaces de cumplir el respeto prometido, desde su propia vida y la del otro hasta la última dignidad; ni tan siquiera sobre el fruto sagrado de lo que un día se llamó con letras de oro amor. Es la victoria del silencio frente a la comunicación. Es el imperio del machismo más execrable, de la bastarda complicidad, del más puro egoísmo y de los más bajos fondos humanos que ya retrataran los primeros y más universales manuales de psiquiatría, las historias de William Shakespeare.

Pero el «caso Bretón» es también la mordaz embestida de un error camuflado en la perversidad de un sistema al que le cuesta mucho dar su brazo a torcer amparado en los pilares de su legitimidad. La esquina de esta crónica negra que empezó una calurosa tarde del octubre cordobés no es sólo esa perito, médico y antropóloga, de la Policía Científica que se ha cubierto de gloria. Una profesional que, por cierto, después de su irrupción inicial en el caso tras horas de acopio, clasificación y análisis equivocado de los restos óseos de la famosa hoguera, no ha dejado de pisar Las Quemadillas durante todo este año viendo cómo sus compañeros se volvían locos con la finca de nombre macabro como escenario de un crimen.

Sería totalmente injusto centralizar todas las críticas en una pieza más de la cadena, fundamental probablemente, pero ¿determinante...? Lo dijo el juez y la abogada de la familia Ortiz, la culpa (y el acierto, añado) es de todos en cierta manera, pues nadie -y aunque la instrucción ha sido muy persistente e infatigable en muchos aspectos-, ante unos indicios más que sospechosos en las primeras horas de la desaparición, pidió nunca un contrainforme de aquel extraño fuego que, según Bretón, había servido para sacudir sus propios recuerdos. En honor a la verdad, y mientras que no le toca a uno mismo, estos horrendos casos ponen a prueba a todo un sistema cuyo pecado capital es la trascendencia de sus posibles errores.

Es obvio que el padre que hoy sigue tejiendo la maraña de su insostenible mentira en la celda de su prisión física y mental, nunca quiso a sus hijos. Prendió la pira de su vida sólo para salvarse él mismo de en qué la había convertido.

Ruth Ortiz. «Siempre he tenido muy presente que nuestros hijos no nos pertenecen, nacen a través nuestra, pero no son nuestros. Venimos con un tiempo marcado que no podemos ni ampliar ni disminuir. Y el destino de mis hijos era ser poco tiempo niños en la tierra y eternamente ángeles en el cielo». Ángeles entre demonios.

A Ruth y José

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