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Mejorar el presente

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Día 07/10/2012

El pasado es un libro medio abierto que puede ser leído de mil maneras diferentes. Lo evidente siempre es fragmentario; y más allá, el campo de interpretación resulta infinito. Todo historiador escrupuloso se aproximará a sus fuentes con toda la imparcialidad que le sea posible, pero nada puede alterar el hecho de que, en las célebres palabras del novelista británico L. P. Hartley, «el pasado es un país extranjero», un país cuya cartografía siempre será incompleta. Esto significa que los historiadores incorporan a sus investigaciones sus prejuicios y preocupaciones personales, pero también los de su propia sociedad, algo que puede ser peligroso y a la vez liberador.

Los peligros son obvios. La ideología sin restricciones distorsiona los hechos cuando los acomoda a una agenda contemporánea. El nacionalismo sin restricciones lee en el pasado un conjunto de actitudes que no se corresponden con las de generaciones anteriores, y que lo congelarán en un relato muy simplificado de dominación o victimismo.

Por otra parte, las preocupaciones contemporáneas pueden ayudar a los historiadores a ver características de las sociedades pasadas que pudieron escapárseles a sus predecesores, y así interpretar la historia de esas sociedades con mayor frescura.

La historia de la España moderna y contemporánea convencionalmente se ha relatado en términos de fracaso, atraso y decadencia, pero los historiadores que llegaron a la madurez en los tiempos de prosperidad que siguieron a la Transición a la democracia han pintado un cuadro más positivo del pasado nacional. Será interesante comprobar si ese cuadro sobrevive a la recesión actual.

Ocurra lo que ocurra, el desafío de los historiadores seguirá siendo el mismo: adentrarse imaginativamente en el mundo de los antepasados, sin dejar de poner un pie en el presente, pero reconociendo que para ellos, como para nosotros, la vida estaba llena de sorpresas, y que ninguna visión del pasado puede ser definitiva.

La elección, por parte del historiador, del objeto de su trabajo debe tener en cuenta una regla de oro: la investigación del pasado no puede hacerse más que desde el presente, que es, desde luego, el mundo en que vive. Con sus ideologías dominantes, asfixiantes o liberadoras. Con sus desigualdades, egoísmos o larguezas. El historiador, si es de los que pisan la calle, no podrá esquivar la carga política o económica que flota en el aire y en la que está inmerso hasta la cabeza. Es una ilusión, o algo peor, escribir sobre el pasado con pretensiones de neutralidad; o creerse aislado, por completo, de las luchas del presente cuando se investiga el pretérito y presumir de equidistancia en un mundo habituado a la liviandad mental.

El historiador está obligado a perseguir la verdad con toda el alma, una verdad crítica, combativa, que incluya honestidad, conocimiento, disciplina y método. Y debe rechazar aquellos slogans respecto de la Historia que la adulan presentándola como maestra de la vida o profeta del porvenir. Aquellas frases que han tenido fortuna y que halagan a los historiadores considerándolos expertos del futuro o magos de lo que está por llegar. La sentencia de Santayana -los pueblos que desconocen su ayer están condenados a repetirlo mañana- puesta en boca de políticos aficionados, lo único que busca es evitar que se hable de hoy. Lejos de las funciones taumatúrgicas que se adjudican a la Historia, ésta tiene encomendada una misión más alta: la de aportar soluciones e intervenir en el arreglo del presente. Así pues, rescatemos la Historia del cementerio de los fósiles y del pozo de la trivialidad o la caverna y reivindiquemos para ella una función política que mejore el presente y lo haga más favorable y positivo para todos. Utilicemos las armas científicas de la Historia y consigamos que cualquier tiempo actual sea preferible a los anteriores. Pero dejemos algo para las próximas generaciones. Por ejemplo… el futuro.

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