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UNA de las cosas a reformar en nuestra Constitución es el calendario electoral, pues dada nuestra tendencia a convertir cada comicio autonómico en nacional, resulta que estamos de elecciones siempre. Algo poco sano, ya que las elecciones, por más que sean un elemento esencial de la democracia, disturban el discurrir de la misma, que es, o debería ser, convivencia de opciones y actitudes diversas. Pasar de unas elecciones a otras sin solución de continuidad, como estamos haciendo los españoles desde hace décadas, es someter a la democracia a tensiones que apenas la dejan respirar. Pero es lo que tenemos, y de ahí mi propuesta de reforma, que supongo no será tenida en cuenta.
Viene todo esto a propósito de que estamos de nuevo en campaña electoral, cuando aún no se ha apagado el eco de las anteriores, en Andalucía y Asturias, e incluso el de las generales de noviembre. ¿Cuándo vamos a tener tiempo los españoles de pensar, de debatir tranquilamente, de trabajar, si nuestra vida es una sucesión interrumpida de campañas electorales y votaciones?
Esta vez le toca el turno a Galicia y el País Vaso, con el telón de fondo de la situación general española y de la actuación del gobierno Rajoy en sus primeros nueve meses de mandato. No siendo ajeno el desafío soberanista que nos llega desde Cataluña. Demasiado, incluso para nuestro doble estómago de rumiantes en cuestiones políticas.
De entrada hay que decir que se trata de dos escenarios muy distintos, al estar muy distantes los nacionalismos de ambas comunidades históricas. Mientras el independentismo domina el nacionalismo vasco a lo largo y a lo ancho, apenas tiene cabida en el gallego, no menos profundo en la devoción a su tierra, pero que convive con el españolismo, posiblemente por los amplios lazos establecidos por los gallegos en Hispanoamérica. Únase la buena gestión de Núñez Feijóo al frente de la Xunta y no extrañará que las encuestas pronostiquen que revalidará la mayoría absoluta. Mientras en Euskadi, el avance de los nacionalistas y el retroceso de los constitucionalistas resulta tan evidente como amenazador. Pero estamos sólo en el inicio de una campaña en la que puede pasar de todo, tanto a nivel nacional como local. Un tropezón, una noticia llegada del exterior, una cifra buena o mala económica puede dar al traste con todas las previsiones.
Mi pronóstico, sin embargo, es que, en líneas generales, las previsiones se mantendrán. O para ser más preciso: que incluso si hay cambio en una o en las dos comunidades, la situación en España continuará siendo igual o parecida a la anterior: los mismos actores, los mismos problemas, el mismo enfrentamiento, la misma crispación. Causa: ya no somos dueños de nuestro destino. Ni queremos serlo. Pero ése es otro asunto. ¡Y qué asunto!



