Las calles estaban llenas. El vaivén de gente era constante y casi todas las tiendas tenían sus puertas abiertas. Pero ni rastro de viandantes cargados con «tropecientas» bolsas de Zara, Blanco, H&M y Mango. La crisis los ha convertido en una especie en extinción.
Los establecimientos del Centro estuvieron por la tarde a tope, sobre todo, las franquicias. En una de ellas, dos dependientas se quejaban sin disimular. «Mucho revolverlo todo, pero luego se llevan poca cosa», comentaban, quejumbrosas.
Ante las registradoras de algunos comercios se formaban tímidas colas. Pero todos los que esperaban en ellas no sostenían más de un artículo entre sus manos. Y los que entraban, se lanzaban hacia las estanterías con ofertas, buscando el número 37 de esas botas beige, o una talla L de aquella camisa de raso negra.
En los escaparates, la Navidad se contiene. Los bolsillos miran con lupa los precios. Una señora abrigada hasta los ojos le advertía a su hija que se esperase a las rebajas para adquirir ese «tres cuartos» color chocolate que colgaba de una percha.
Y mientras que los establecimientos bullían —aunque no sus cajas—, en el bulevar, los más pequeños, a salvo de los quebraderos de cabeza de la recesión, disfrutaban de las atracciones navideñas. Para ellos, no hay crisis que valga.
En la pista de hielo no cabía ni un patinador más. Los que se lanzaban con las cuchillas en los pies esquivaban no sin dificultad al resto; el paje del Rey Baltasar apostado en la puesta del Corte Inglés hacía memoria de todos los regalos que le susurraron al oído cientos de niños, y vendedores ambulantes se frotaban las manos repartiendo globos de Bob Esponja, Dora la exploradora y delfines contorsionistas en el último domingo de diciembre.




