Córdoba

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José Rebollo Puig «La verdad tiene muchas aristas»

Está a punto de dejar el decanato del Colegio de Abogados con un balance que resume con simpleza: «Hemos querido modernizarlo». Logrado o no, he aquí una parte de su ideario

Día 30/01/2011
DECANO SALIENTE DEL COLEGIO DE ABOGADOS
EN casa de arquitecto, toga de letrado. Lo cierto es que José Rebollo se saltó el guión familiar, cambió el cartabón por el Aranzadi y alteró una tradición doméstica que incluye a un padre, dos hermanos, un cuñado y dos sobrinos, todos ellos arquitectos. Hasta tal punto de que acaba de colgar los hábitos de decano, el número 24 de uno de los colegios más añejos de España.
—Menuda estirpe los Rebollo.
—Bueno, eso es una desgracia como otra cualquiera (dice con sorna). Somos unos pobres hombres que hacen su trabajo como pueden.
—¿Qué ha habido detrás?
—Unos padres muy flexibles, muy poco autoritarios. Sí han tenido en alta estima el esfuerzo por estudiar. Frente a otras cosas que se valoraban aquí siempre, como las hectáreas o el dinero. Bueno, aquí y en Sebastopol.
—¿Autoridad y libertad son elementos conciliables?
—Una persona medianamente formada los compatibiliza perfectamente.
José Rebollo Puig (Córdoba, 1954) estudió en los Maristas, un colegio interclasista, subraya, y completó sus estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla. Quiso ser juez, pero las oposiciones se le atragantaron al tercer año y desistió. Entonces regresó a Córdoba y se incorporó al despacho de Cecilio Valverde hijo, conocido experto urbanista. «A mí me ha perseguido el derecho penal», sostiene. «El práctico es de una especial dureza porque tienes en tus manos una gran responsabilidad, que es la privación de libertad de alguien».
—¿Le pesa esa responsabilidad?
—Una barbaridad. Después de treinta años de ejercicio, aún me pongo muy nervioso en los juicios. Hay mañanas en que incluso llego a vomitar. También, supongo, por fumar en ayunas.
—Entonces, la ley antitabaco le habrá venido regular.
—A mí no me parece bien. Pero yo soy dócil y obediente. Creo en el imperio de la ley. Ahora bien: eso no quita para que la ley pueda criticarse. Tengo la impresión de que vivimos en un Estado demasiado sancionador. En ese binomio libertad-seguridad, la libertad se está viendo mermada.
—¿Sobran leyes?
—O sobran leyes o algunas adolecen de defectos. La técnica legislativa es mala. Existe un afán de regularlo todo que a mí me chirría un poco.
—Regular la convivencia es síntoma de una sociedad moderna.
—Cuando es represora y sólo se vale del elemento sancionador entonces el enfoque no es el adecuado.
—Pero si no hay sanción no hay cumplimiento.
—Claro. Depende del tipo de sanción. Hablo de una sensación de un Estado que quizás prohíba demasiado.
La entrevista tiene lugar en el despacho que aún mantiene en el Colegio de Abogados. Un edificio moderno y luminoso, con un patio central al que se asoman gran parte de las dependencias. En los pasillos cuelgan los retratos de más de 250 años de decanos, incluido el tristemente malogrado Francisco Rojas, en cuyo equipo de gobierno trabajó Rebollo. «Queríamos un colegio más moderno, más abierto a la sociedad. Una abogacía menos rancia».
—¿Es éste un colegio muy rancio?
—Ha tenido sectores rancios. Pero también ha sido un poco la avanzadilla del sistema democrático. Hay muchos compañeros que han abierto camino, no ya en la abogacía, sino en la sociedad cordobesa. Ahí están Rafael Sarazá y Filomeno Aparicio. Tuve una relación estrechísima con los dos. Han sido abogados espléndidos.
José Rebollo es hoy defensor de uno de los constructores implicados en la Operación Malaya. Cada semana pasa al menos tres días en Málaga y sigue las evoluciones de un juicio que se prevé largo y complejo. En este asunto prefiere pasar de puntillas.
—Trabaja usted en el epicentro de la corrupción nacional. ¿Hay mucho tomate ahí dentro?
—Habiendo un juicio por medio no debo opinar. Sí puedo decirle que es un macrojuicio bastante ingobernable y con muchísima lentitud.
—¿Lo que juzga es una enfermedad del sistema o es el sistema mismo?
—Quiero pensar que es una enfermedad del sistema. Ahora bien: que esa enfermedad sea casi consustancial del sistema... no me atrevería a tanto.
—¿Un abogado sabe más de lo que debiera?
—Yo procuro preguntar poco.
—¿Ha dicho alguna vez que no?
—Alguna vez sí. Creo en el sistema y un señor, por malo que sea, como garantía del sistema democrático, va a tener a alguien que lo va defender por encima de todo. Ésa es una función constitucional esencial.
—¿Todo el mundo tiene defensa?
—Creo que sí. A veces muy poquita.
—¿El olor del dinero atrae al delito?
—Eso ha sido así siempre. Un señor llega a construir a algún sitio y tiene que pasar por caja. Y no pasa nada.
—¿Eso tiene arreglo?
—Sí, claro. La aplicación de la ley.
—¿Qué ha aprendido en estos 30 años de ejercicio del Derecho?
—Que nada es blanco o negro. La verdad tiene muchas aristas.
—¿Le quedan certidumbres?
—Sí. No sólo porque soy una persona religiosa, sino porque creo en la honestidad, en el sistema democrático, en el imperio de la ley, en la amistad, en el amor.
—¿Qué ley necesita urgente reforma?
—...Iba a decir la del tabaco. Pero eso es una frivolidad. Yo incidiría en la formación y en la cultura. En los valores. Me dan miedo esos grupos de gente joven vociferante y rompiendo cosas. Algo está fallando.
—¿Y qué está fallando?
—La cultura, la educación.
—¿Qué pleito le hubiera gustado no ganar?
—Ninguno. Porque todos me dan una cierta satisfacción.
—¿Todo se arregla con un buen abogado?
—Ni muchísimo menos. Esos milagros de las películas americanas no se dan.
—¿Nos recomienda que sigamos creyendo en la Justicia?
—Sin lugar a dudas. Uno de los problemas de la Justicia es lo mal que se vende a la opinión pública. Funciona mucho mejor de lo que la gente se cree.
—¿El poder siempre gana?
—No lo creo. Y nunca he sido abogado de poderosos. Ni soy abogado de bancos, ni de compañías de seguros. —¿El candidato Gómez dinamitará el panorama electoral?
—No creo que vaya a tener una incidencia relevante en las elecciones. Pero soy mal politólogo. No acierto nunca.
—¿Gómez es un síntoma?
—Responde a una época en que gente emprendedora ha asumido riesgos. Han subido mucho y han bajado luego.
—Cajasur es hoy día un banco con sede en Bilbao. ¿Sabe usted por qué?
—Es una suma de los errores de muchísima gente.
—¿Es un golpe definitivo?
—Es un golpe muy importante. En los setenta, Córdoba tenía dos cajas y tres o cuatro fábricas grandes. Y no va quedando nada. Desde que cerró Fidela ya empecé a pensar que esto iba chungo. Esta es una ciudad con poca iniciativa, con mala suerte y castigada por los gobiernos centrales y autonómicos.
—¿Un cambio de gobierno municipal qué cambiará?
—Desgraciadamente estará en función de lo que ocurra a nivel nacional. —¿Sabe decirnos en qué consiste el senequismo?
—Se resume en esa frase que dice: «Tó pa ná». Si se entiende por cierto señorío, pues sí. Un tópico más. Pero si se entiende por una resignación, no lo veo como algo bueno.
—¿Y qué prevalece: el señorío o la indolencia?
—En comparación con otros andaluces, una característica del cordobés es la sobriedad. Eso es una gran ventaja. No alardean de andaluces, ni de graciosos, ni sacralizamos los tópicos andaluces.
—¿Qué extravagancia de Córdoba digiere peor?
—La mediocridad de la clase política.
—¿Tenemos el gobierno que nos merecemos?
—No lo creo. No concibo que ocupen puestos de responsabilidad política gente sin ninguna formación de nada. Y la formación no es haberse leído a Ortega y Gasset.
—¿Y por qué nuestros mejores valores no se ofrecen para gobernar?
—Los partidos se han convertido en una especie de peña o de club, que tiene sus afiliados con una especie de jerarquía y de sumisión, y sin un buen sistema de selección de personal. Y que conste que en todos los partidos hay gente valiosa.
—Los partidos son una pieza angular del sistema.
—Claro que lo son. Ahora bien: necesitan una reforma. Un sistema más sensato de asunción de responsabilidades.
—¿Imagina una democracia sin partidos?
—Desde luego que no.
—Por cierto, quienes le conocen subrayan su agudo sentido del humor.
—Sí, pero es que me cogió constipado.
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