Córdoba

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«El Pato era bueno, pero muy celoso»

Mientras el entorno de la víctima de la agresión guarda silencio, el del suicida destaca su «mal pronto»

Día 22/02/2011 - 08.49h

El destino le había reservado una muerte truculenta en primera página de los periódicos a F.R.M.R., que llevaba escrito en su carné de identidad que su vida iba a nutrir las crónicas de los gacetilleros. No en vano El Pato, que era el mote que gastaba entre sus amigos y familiares, tenía por residencia un humilde piso de protección social en Las Moreras, justo en el patio que lleva el nombre de uno de los pioneros de la fotografía de prensa en esta ciudad: Ladislao Rodríguez «Ladis».

El barrio donde creció y acabó fraguando su muerte este joven de etnia gitana era a primera hora de la sobremesa de ayer un laberinto de rumores sobre cómo las diferencias entre la pareja derivaron en un final trágico. Alberto, un vecino de El Pato que vive en el portal contiguo al de este último, describe al suicida como alguien a quien nunca le hubiera augurado una muerte tan temprana ni tan truculenta. «El Pato era un chaval normal, como somos todos aquí, que nos buscamos la vida con lo poco que tenemos a mano, pero hay que decir que él, aunque no tenía trabajo, sí que se preocupaba bastante de prepararse: de vez en cuando se le escuchaba que estaba haciendo cursos de formación para tal o cual cosa».

Alberto apreciaba a El Pato. «Nos hemos criado juntos, aquí en el patio, como todos los niños de aquí», explica. «La relación con su novia, con la que ha intentado matar, era más o menos buena, lo que pasa es que mi primo, porque yo lo considero mi primo aunque no lo sea de sangre, tenía un pronto muy malo, era muy celoso y como la viera hablando con otro o le hablaran de que había tenido otros novios... malo, malo se me ponía».

Cristo, diminutivo de Cristóbal, también conocía a El Pato desde siempre. «Habíamos ido juntos a la escuela y sé que lo había pasado mal en la vida: estaba huérfano y vivía con su abuela, casi solo, porque sus hermanos, que eran mayores que él, ya habían volado a otro sitio a formar una familia propia». Cristo, en tirantes en pleno febrero y con restos de grasa en las manos porque acaba de terminar de arreglar su coche, tenía para sí que la relación de su amigo con su novia era estable. «Se les veía bien, aunque las diferencias entre ambos fueran tremendas, porque él pertenecía a nosotros, a la gente sin medios, y ella era, o es, de billetes: aquí en el barrio conocemos a sus pisos como los “pisos de los billetes”».

Sólo a trescientos metros

El complejo de edificios en los que habita la pareja del suicida está a sólo trescientos metros de la humilde casa de éste, pero a años luz en cuanto a medios. Parece otra ciudad. El pasaje en el que se encuentra el bloque, al que se accede por María Zambrano, estaba ayer por la tarde sin apenas movimiento. Muy pocos vecinos entraban o salían. «Sí, esa chica vive unos pisos más arriba de mi casa: no sé qué es lo que ha podido sucederle con su novio para llegar a este extremo», comentaba un joven que aparcaba su ciclomotor bajo los soportales. «Estamos todos sobrecogidos: estas cosas parece que sólo les ocurren a los otros y nunca a quien vive junto a ti y llevas viendo toda la vida», manifestaba una mujer que llegaba a casa a media tarde de hacer unos recados en un centro comercial cercano. Mientras tanto, la familia de la joven que salvó su vida «in extremis» guardaba silencio y se negaba a hablar con los periodistas para salvaguardar la imagen de la chica que ya sabe que del amor al odio sólo hay un paso.

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