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Antonio Zurera «¿Quién no lleva un niño dentro?»

Ésa es la pregunta. Y la respuesta está en la historia de este señor, que de niño dibujaba garabatos en los libros y soñaba con crear personajes de leyenda. Un sueño que hizo realidad

Día 10/04/2011
Antonio Zurera «¿Quién no lleva un niño dentro?»
 
Antonio Zurera, en el Plan Renfe, poco antes de coger el AVE de regreso a Madrid

DIBUJANTE Y DIRECTOR DE ANIMACIÓN

De niño quiso romperse el brazo para hacer garabatos en la escayola. Pero la fortuna prefirió escamotearle aquel extravagante placer infantil y demorárselo en el tiempo nada menos que casi 50 años. Antonio Zurera, director de animación reconocido internacionalmente, se presenta a la entrevista con la muñeca rota debido a un inesperado accidente doméstico. Demasiado tarde. Aquel joven dibujante tuvo que conformarse entonces con los márgenes de los libros y las paredes encaladas para desahogar lo que ha sido su pasión vital. Hoy, Antonio Zurera es uno de los grandes. Ha trabajado para las productoras más importantes de animación y ha levantado la suya propia facturando alguna de las películas de dibujos más taquilleras y galardonadas de España.

—¿Un dibujante es un tipo que vende sueños?

—Es un tipo que sueña. Fundamentalmente. Si luego es capaz de venderlos o no, eso ya requiere de otras características. Yo, en realidad, no sé si soy buen vendedor.

En cualquier caso, Antonio Zurera (Aguilar, 1957) tuvo claro desde siempre que lo suyo era el dibujo. Y no es fácil abrirse camino como dibujante en un pequeño pueblo de la campiña cordobesa. «Crecí entre tebeos y los dibujos animados de la tele. Lo mío fue la Warner y Hanna-Barbera. Y, por supuesto, el Capitán Trueno, Jabato y Mortadelo y Filemón. Es extraño, pero yo siempre supe que iba a vivir del dibujo. Y tuvo mucho que ver la magnífica biblioteca municipal, dirigida entonces por Vicente Núñez. Yo era asiduo y allí había una de las colecciones de cómo aprender a dibujar, editada por Alfa, que era una de las más interesantes que se han publicado». Su destreza con el lápiz fue creciendo casi inversamente proporcional a su desinterés por el estudio. Fue un estudiante pésimo, confiesa. Tanto que de diez asignaturas suspendía siete.

Con 18 años se fue a la mili voluntario y acto seguido se instaló en Madrid para buscarse la vida como dibujante. «Recuerdo una época muy dura en el sentido material, pero me lo pasé muy bien. Ganaba poco y compartía piso. Uno de los mejores recuerdos fue compartir una buhardilla de 50 metros sin ducha ni calefacción y para seis personas. Era una época felicísima». Inició su andadura colaborando con Hanna-Barbera y participando como dibujante en la creación de El Quijote, de los Estudios Cruz Delgado.

Fue sólo el principio. Luego, su expediente profesional ha sido sencillamente abrumador. Estudios Moro, Gaumont y finalmente su propia productora, Milímetros, creada en el año 1982, con la que ha firmado cuatro largometrajes de éxito y una serie de televisión. «He tenido mucha suerte. Mis trabajos han sido muy gratos. He colaborado con buenos artistas, con buenos amigos y los jefes me han tratado siempre muy bien. Esto puede parecer un cuento idealizado, pero es la verdad».

—¿ Suerte o talento?

—Yo siempre digo que he sido una persona de éxito, pero lo que yo quise tener era talento.

—Algún talento habrá tenido.

—Evidentemente. Pero quise tener más del que tengo. Sería ingrato ni no dijera que he tenido éxito. Un éxito medido. He satisfecho todos los sueños de niño.

—¿Qué sueños?

—Vivir de dibujar. Crear mis propios personajes. Y conocer a mis maestros, como a José Luis Moro, el creador de la Familia Telerín, que es aún un mito en la profesión. Tuve el honor de hacerle un homenaje en Animacor y de trabajar para él. Me trataron como a un hijo.

Habla impetuosamente. Como un niño que acaba de descubrir un misterio. El misterio de los tebeos, de los dibujos animados, de los personajes de leyenda. Por su memoria se agolpan los recuerdos de sus inicios y desfilan infinidad de maestros con los que ha tenido la inmensa suerte de trabajar. Como aquel verano dibujando para Albert Uderzo, creador de Astérix. Aún conserva el lápiz que el irrepetible artista cogió para corregirle un trazo mal ejecutado. O como aquel año de 1982, cuando su socio Ángel Izquierdo y él decidieron independizarse y crear una productora para hacer sus propias películas. «Yo soy partidario de la capacidad para emprender proyectos. La ambición es un motor que mueve tu vida. Hay que ponerse listones muy altos y no importa si te caes».

En defensa del lápiz

Zurera es decidido partidario del lápiz. La tecnología viene después, subraya. Pero lo primero es aprender a dibujar, a crear los personajes sobre el papel. «Una vez en Animacor», relata, «se presentó un proyecto de Málaga, una escuela de animación que defendía que no hacía falta ser dibujante hoy día. Matías Marcos, uno de los grandes, que ha sido director de Disney en España, se sentaba a mi lado. Cuando terminó la presentación, se acercó para felicitarlos pero les dijo: “Mira: si hoy vas a trabajar a DreamWorks, Pixar o cualquiera de los grandes estudios americanos, lo primero que te van a pedir es una carpeta con dos tapas de cartón y tus dibujos. No les interesa nada lo que lleves en digital. Eso después. Si quieres ser un gran creador, un artista, debes manejar el lápiz”».

—¿En los garabatos se refugian los niños introvertidos?

—En la animación se refugian hasta los adultos. ¿Quién no lleva un niño dentro?

—¿Qué buscó en los garabatos?

—Satisfacción personal. Mi ilusión es contar historias que le gusten a otros. Aunque primero te tienen que gustar a ti.

—¿Qué hay detrás de una carrera de éxito como la suya?

—Hay pasión, aunque sea una palabra muy manoseada. Yo sigo haciendo las cosas con muchas ganas. Soy una persona muy afortunada. Salí de Aguilar sin formación y me he ganado la vida con cierta holgura.

—¿La tecnología se tragará al talento?

—Jamás. La tecnología no significa nada. Imagínese que el hombre de piedra se encuentra un mechero. Ya no tiene que pegar golpes con dos piedras. La tecnología es un instrumento.

—¿Qué dibujante le cambió la vida?

—He admirado a tantos... Hoy me meto en internet y empiezo a buscar en ese universo inacabable de nuevos dibujantes e ilustradores. Es increíble. Son buenísimos. Veo a gente magnífica con muy poquitos años.

—¿Por qué necesitamos construir historias?

—Los dibujantes, muy probablemente, para hacernos inmortales.

—¿De qué nos alivia la fantasía?

—De la vida real. Del día a día. La fantasía nos sirve para creer que un mundo mejor es posible.

Es un tipo particularmente amable, que asegura tener las aficiones propias de «cualquier mortal». «Ahora estoy releyendo a los clásicos. Seguramente porque estoy cerrando el círculo».

—¿Cree que volvemos al mismo lugar?

—No lo sé. Todo lo que se imagine, por fantástico que sea, me parece plausible. Mi mujer dice que sigo siendo Peter Pan.

—¿Cuál es su próximo sueño?

—Que mi hija me dé nietos.

—Bonito sueño.

—Me gustaría poder contar alguna tragedia, pero la mayor que he tenido es que me he roto la mano hace dos meses. En serio.

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