RAFAEL CARMONA
Luisa y Soledad, sentadas al lado de Juan Jesús y otros niños, aguardan la salida del paso del Cristo de la Piedad
Lo veo tó muy largo y se tienen que cansar mucho». Luisa Jiménez aguarda sentada en un poyo frente a la parroquia de San Antonio María Claret. Es hermana de la Piedad desde hace 30 años y lleva «toda la vida rezándole al Cristo y a la Virgen». Junto a ella, Soledad, de 97 años, con bastón, tampoco quiere perderse el histórico momento.
A su lado, la juventud más entusiasta, ansiosa por ver el cortejo en el que participa una familiar. Juan Jesús se ha dejado caer por aquí, pero no sabe si verá encerrarse el paso, con el corazón partido por querer seguir al Real Madrid. Poco a poco, las inmediaciones de la parroquia se llenan de personas del barrio y de otros colindantes. Abundan los niños y jóvenes, algunos grupos toman fotos de este día alegre. Un perrillo corretea suelto junto a un coche semiabandonado con una ventanilla rota.
Tres cuartos de hora antes ya hay gente esperando. Nerea va de esclavina. Óscar, costalero, está preparado. Miguel Ángel, también con el costal, confiesa que «tenemos muchas ganas. Esperemos que no llueva». José Antonio ha vuelto a la cuadrilla masculina «porque este año merece la pena: es bastante más duro, pero las fuerzas están bien».
La cruz de guía se adivina por la puerta entreabierta del templo. Las Palmeras quiere llegar a la carrera oficial y volver a su barrio. Cinco minutos antes de las dos de la tarde, la hora marcada para salir, la banda caldea los ánimos ante la iglesia. Al terminar la marcha, el variopinto público aplaude. Pero, a las dos en punto, el rostro de uno de los capataces lo dice todo. Esta vez no podrá ser. La noticia cunde poco a poco. Mientras dentro el obispo conforta a los hermanos y dan vivas por la hermandad y la parroquia, la gente de fuera palmotea en la puerta metálica, se agolpa para lamentar: «¡Oh, qué pena, por Dios, pero si no llueve!». No ves zapatos de charol, sino zapatillas de estar en casa. No ves trajes y corbatas negras, sino ropa informal. No hay sonrisas Profidén. Los bienaventurados del Evangelio viven en las Palmeras. De ellos es el Reino de los cielos.



