Lleva 25 años descifrando los inextricables versos de don Luis de Góngora y Argote. El mismo poeta en el que se sumergía Vargas Llosa durante su aventura electoral en Perú para concentrarse en lo que llamó los «mundos perfectos». Pues bien: el profesor Joaquín Roses es uno de los mayores expertos en la figura cumbre de la poesía del Siglo de Oro. Dueño de un sólido expediente investigador, que le ha llevado por numerosas universidades estadounidenses, ha dedicado su vida profesional a difundir al poeta cordobés en congresos, artículos y publicaciones reconocidas internacionalmente.
—Podríamos decir de usted: érase una vez un hombre a Góngora pegado.
—La verdad es que sí. No sé cómo aguanto tanto. La tesis salió muy bien y se publicó en una editorial muy prestigiosa de Londres. Siempre te reclaman para una conferencia o para un artículo. Y eso que soy profesor de Literatura Hispanoamericana desde hace 19 años.
—¿Se siente encadenado?
—Placenteramente encadenado.
—¿Qué le sedujo del poeta?
—Ese sentido de la sublimidad. Su perfeccionismo. Esa capacidad para absorber todo lo anterior, dominarlo, transformarlo y ofrecer algo absolutamente original, cuando la originalidad no fue un principio hasta el Romanticismo. Siempre me ha entusiasmado por su visión del arte y por hacer las cosas bien hechas.
—¿Quién era, en realidad, Góngora?
—Un hijo de clase media alta, que recibe de su familia bienes eclesiásticos y beneficios. Entra en la Iglesia, pero realmente tiene una pulsión vital interior que tiene que ver con el ingenio, el juego, el placer y la capacidad absolutamente incomprensible para escribir poesía.
—¿Córdoba le ha hecho justicia?
—Voy a contestar con una pregunta: ¿es hacer justicia aprovechar que se celebran 450 años de su nacimiento y que todavía no esté funcionando su centro de estudios? Iba a aprobarse para las elecciones de 2003, luego para 2007 y luego para 2011. En 2003 escribí una carta que se llamaba «Góngora no votó el 25 de mayo». Luego ya dejé de publicar. Pero escribo mentalmente mucho.
El granítico tesón de este profesor de la UCO ha conseguido doblegar la resistencia de los intrincados sonetos de Góngora. Pero no vencer la maquinaria administrativa del Ayuntamiento, que mantiene desde hace casi diez años bloqueado un proyecto para el que incluso se liberó una importante partida económica. En este asunto, como en otros muchos, prefiere morderse la lengua. Hasta cierto punto.
Joaquín Roses (Córdoba, 1964) nació y se crió en el barrio de las Margaritas, aunque estudió en La Salle, uno de los colegios de élite. Fue un joven brillante, con una capacidad sobresaliente para las ciencias exactas. Pero la literatura lo enganchó desde que con 14 años empezó a escribir. Y ya no se ha librado de ella. «Sigo escribiendo mucha poesía y reflexiones. Pero no publico».
—¿Se puede saber por qué?
—Tengo una consideración crítica con el estado del arte. El nivel de exigencia lectora ha bajado. Es tan fácil publicar que no merece la pena.
—Es un mercado abierto.
—Sigo sin entender la literatura, y menos la poesía, como mercado. Y sé que es así como funciona.
—Si no fuera mercado no hubiéramos conocido a Quevedo, por ejemplo.
—Precisamente Quevedo fue un poeta vergonzante toda su vida. Y su poesía se conoce mucho más tarde.
—Se conoce porque se difunde.
—Sí, pero la idea del arte entonces era muy diferente a la de ahora. Hoy vamos más hacia el circo.
—Es usted un objetor de cómo funciona la cultura hoy.
—Sobre todo por cómo se instrumentaliza y cae en manos de mercaderes.
—¿Quién la instrumentaliza?
—Un sistema regido por un mercado, al servicio del cual están fundamentalmente los políticos.
—¿Cuándo cayó Góngora en sus manos?
—Más bien tarde: en el bachillerato. Pero cuando me dedico seriamente y de una manera placentera es cuando decido hacer una tesis.
—No es fácil encontrar placer en los versos de Góngora.
—Para mí, es lo más fácil. ¿Por qué? Porque Góngora te da lo que no te dan otros. En el Siglo de Oro hay grandes poetas pero todo suena casi igual. Mientras que Góngora está buscando la imagen distinta, sorprendente.
—Sus versos son inexpugnables.
—Como decía Lezama Lima, sólo lo difícil es estimulante. Eso lo podríamos aplicar no sólo a la literatura, sino a la manera de explicar el mundo hoy día. Si nos esforzáramos más, sacaríamos más rendimiento interior de lo que nos rodea.
—En este mundo hedonista es difícil aventurarse a lo complejo.
—Hasta el placer continuado cansa. Y cito a versos de otra gongorista: sor Juana Inés de la cruz. Por supuesto, necesitamos momentos de hedonismo epidérmico y salvaje. Pero así no puede estar uno toda la vida.
—Lo difícil le pone.
—Los retos me hacen sentir vivo. ¿Lo otro qué sería? Además, me molesta el desprecio al conocimiento.
—¿Quién desprecia el conocimiento?
—La sociedad en que vivimos es un monumento al desprecio al conocimiento. Cada vez más. Los medios de comunicación hacen también mucho por convertir la vida en un circo donde el conocimiento no es necesario. La vida al final es el gusano. Pero por el camino podemos ser algo más que el gusano.
—¿Qué podemos ser?
—Seres racionales, sensibles a la belleza, a la verdad, a la bondad. Así podemos encontrar un sentido aunque sea provisional.
—¿El conocimiento salvará al ser humano?
—El ser humano está perdido ya. Un ejemplo está en cómo nos estamos cargando el planeta. Si aplicáramos el conocimiento en evaluar por qué hacemos eso y adónde nos lleva quizás nos salvaría. Como decía Cernuda: «Mejor la destrucción, el fuego». A veces soy tan radical que pienso que nada merece ser construido.
—Eso es peor que radical.
—Sí, parece que el ambiente gongorino...
—... le ha afectado gravemente.
—Hay una imagen tópica de Góngora, como barroco, que le ha hecho daño. Él era un espíritu vitalista y rebelde.
—Usted, en realidad, ha querido ser escritor.
—Yo soy escritor. Pero una cosa es ser escritor y otra publicar. Todo aquel que piense ser escritor para publicar y tener éxito no es un escritor.
—Para que la escritura corone tiene que haber un destinatario.
—Tiene toda la razón. Y quizás lo haya alguna vez. Puede ser que un receptor todavía no nacido. Eso es la literatura: un diálogo a través del tiempo, que nos permite hablar con los muertos.
—¿Cómo ve el termómetro cultural de esta ciudad?
—Hay mucha cultura de escaparate. Mucho plagio. A veces me cansa leer cosas que se están escribiendo ahora. Me aburren. En el resto, hay actores de la cultura que son francotiradores y luego un grupo de la cultura oficial.
—¿La cultura oficial es cultura?
—Todo es cultura. Yo diría que el termómetro de la cultura oficial está alto: tiene fiebre.
—¿Qué le indigna de nuestros gestores políticos?
—Córdoba es una ciudad con un potencial impresionante y aquí nunca ha habido un proyecto verdadero de transformación. Ha habido muchas etiquetas y muchos disfraces. Quizás con la excepción de los primeros gobiernos democráticos.
—¿Qué hay que transformar aquí?
—Primero: combatir la desigualdad. Segundo: poner freno a los desmanes de unos pocos. Uno tiene la impresión de que incluso con gobiernos democráticos los que gobiernan en Córdoba son siempre los mismos.
—Por cierto, qué gran hallazgo esto del marxismo-peñismo.
—Ante determinadas actitudes circenses, hay gente que está muy calada.
—¿Cuántas córdobas tenemos?
—Hay una Córdoba que hay que defender siempre: la del siglo X, que ha sido vilipendiada y vapuleada por una de estas culturas oficiales.
—Usted ha denunciado la exaltación de lo cateto. Debe ser grave lo nuestro, ¿no?
—No digo que toda la gente lo exalte, pero hay un apoyo a ese mundo, que me da dentera.
—¿Qué espera del 22-M?
—Que los ciudadanos tomen conciencia de todo lo que se podía haber hecho y no se ha hecho. Va a ser un momento de crisis.
—¿Una crisis creativa?
—Las crisis son siempre creativas.



