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Jesús Peláez del Rosal: «El verdadero milagro es repartir»

Sabe más de la Biblia que muchos sacerdotes. Entre otras cosas, porque ha dedicado parte de su vida al estudio de los textos del Cristianismo primitivo. Con algún resultado notable, por cierto

Día 12/06/2011

CATEDRÁTICO DE GRIEGO Y EXPERTO EN TEXTOS BÍBLICOS

UNO va decidido a entrevistar a un catedrático de Hebreo, director de una pequeña editorial especializada, y se encuentra con todo un experto en textos bíblicos, conocedor de no sé cuántas lenguas de la antigüedad y tenaz estudioso durante años del cristianismo primitivo en Roma y Jerusalén. El hallazgo se llama Jesús Peláez del Rosal. Un erudito escondido en un perdido despacho de la Facultad de Filosofía y Letras.

—¿Quién era realmente un hombre llamado Jesús?

—Alguien que incomodaba. Un hombre capaz de sentirse libre como para hacer una crítica radical de todo. Que no se dejaba marcar por ninguna ideología que no fuera el servicio al ser humano. Que trataba de integrar a los que estaban fuera del sistema. Los leprosos, los cojos, los paralíticos, los ciegos.

Éste es el Jesús que Peláez del Rosal encontró en los textos y en las piedras de Jerusalén. Nacido en Priego, en 1947, pronto ingresó en el seminario, donde cursó estudios antes de matricularse en Teología en Granada. Su natural capacidad para el estudio lo catapultó a Roma para formarse en Filología Bíblica. Allí aprendió hebreo, latín, griego, arameo y algunas lenguas útiles para la investigación de los textos primitivos. «Estudié muchísimo. Siempre me ha gustado estudiar y aún lo hago. Mi hija me dice: “¿Para eso te has hecho catedrático? ¿Para seguir estudiando?”.

—¿Qué encuentra en el estudio?

—Lo único que me gusta es aprender. Aunque sea a arreglar una puerta.

En Roma, se dedicó durante tres años al estudio y otros dos de profesor adjunto. En aquellos años, un equipo de investigación trabajaba en la traducción de una nueva Biblia española. «La mejor que se ha hecho», sostiene Peláez. ¿Y el Vaticano? «Es impresionante desde el punto de vista artístico». ¿Y desde otros puntos de vista? «Desde el punto de vista evangélico, se ha distanciado mucho, por la estructura jerárquica, ajena a los textos originales del cristianismo primitivo».

—¿Qué dicen los textos originales?

—Habla de una especie de igualitarismo social. Iguales pero diferentes. Una cosa es lo que los textos decían en aquellos tiempos y otra qué le han hecho decir.

—¿Quien interpreta los textos tiene el poder?

—Hay que tener una capacidad para hacer el «salto hermenéutico». Traducir los textos de ayer a hoy. Porque este mundo es distinto y muchas cosas de los Evangelios no se pueden aplicar hoy. Por ejemplo: eso que dice Jesús de «vende lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme». Eso genera miseria hoy. No es aconsejable.

—¿Qué quería decir entonces?

—Que era la única forma de compartir: vender y dar. Hoy se iguala más produciendo y dando trabajo. Ésta es una fórmula moderna, mientras aquella era una fórmula arcaica.

—¿Qué es la Biblia?

—Un cúmulo de libros escritos en distinto tiempo con distintos destinatarios y distintas finalidades. Es un texto religioso que debemos estudiar, en primer lugar, desde el punto de vista académico. Libre de prejuicios teológicos.

—¿Qué nos enseña hoy?

—Ofrece una alternativa de sociedad que no esté basada en el prestigio y el dinero. Y eso nos va a hacer falta en estos tiempos de crisis: recurrir a textos de la antigüedad donde la gente se regía más por el ser que por el tener. Yo siempre digo que en el Evangelio no aparece la multiplicación de los panes, sino el reparto. El verdadero milagro es repartir los panes, no multiplicarlos.

—Hoy Jesucristo sería políticamente incorrecto.

—Sí. Cualquiera que ponga en el centro de atención a la persona y no al poder es incómodo.

A Jerusalén llegó pocos días después de la Guerra del Yom Kippur, en 1973. Se incorporó a un equipo de arqueólogos dominicos que investigaba sobre el terreno el rastro de los hechos bíblicos. «En pocos casos se puede llegar al tiempo de Jesús por la arqueología. Sabemos casi con seguridad dónde estuvo la tumba de la Virgen, cuál fue la casa de Pedro y llegamos hasta el año 50 en el Calvario, cuando los romanos instalaron un altar en el Gólgota, lo que quiere decir que había una comunidad judeocristiana que veneraba a un tal Jesús».

Tras Jerusalén, regresó a Córdoba y se puso al frente de la editorial «El Almendro», especializada en el cristianismo antiguo y en la recuperación del judaísmo español. Ya han publicado más de 200 títulos en la materia, un pequeño milagro para los tiempos que corren. «No pretendemos una lectura religiosa de los textos, sino académica. Estos libros no llevan el “nihil obstat” de la jerarquía, no porque sean herejes, ni mucho menos, sino porque proponen nuevas lecturas».

—¿La jerarquía lo mira de reojo?

—No sé. Nunca me llamaron al orden. —¿A qué conclusión ha llegado sobre la religión?

—Todas están preocupadas por un problema común: el mal, el dolor y la muerte. Y todas tratan de aliviar eso que no tiene alivio. Jesús no inventó una religión. No tiene ritos, ni templos, ni cultos. De ahí surgió un movimiento cristiano que se hizo religión. Y tuvo que copiar del resto de las religiones sus sacerdotes y sus liturgias. Fue un movimiento de laicos y su rito principal fue una cena de despedida. Entró en confrontación con el templo y eso causó su muerte.

—¿Qué busca en la religión: historia o espíritu?

—Yo soy creyente. Y ser creyente no es absurdo. Supone un riesgo, igual que no serlo.

—¿Qué le debemos a los judíos cordobeses?

—Córdoba debería de estar orgullosa del patrimonio hispano hebreo medieval. Aquí se produce una mutación del judaísmo. Por primera vez, escriben poesía con métrica árabe y utilizan temas profanos.

—¿Qué perdió Córdoba?

—Con la expulsión de judíos y árabes, España perdió pluralismo y empezó a ser monocolor. Lo monocolor no es nunca originario. Creemos que lo sencillo es lo originario, pero es lo complejo, lo mestizo. España se empobreció. Ése es el reto de nuestra sociedad: cómo convivir siendo diferentes sin eliminar la diferencia.

—¿Contra qué nos ha vacunado la historia?

—Deberíamos aprender a decir no a la intolerancia.

—¿Qué nos queda por saber de nuestro pasado?

—El legado de los judíos cordobeses está bastante bien estudiado. Tenemos grandes hebraístas medievales: en Sevilla, Granada, Madrid. Llama la atención cómo en la Universidad de Córdoba, situada en la Judería, no hay una cátedra de hebreo. Llevo 25 años diciéndolo.

—¿La sombra de nuestro pasado es demasiado alargada?

—Nuestro futuro está en el pasado. Pero nuestro patrimonio está en las cocheras. La muralla de Córdoba está en los sótanos, comidas de humo de los tubos de escape. Y eso tiene un valor inmenso y lo va a tener cada vez más.

—¿Qué dirá la historia de nosotros?

—Que quisimos hacer lo que pudimos y, a veces, ni siquiera lo que debiéramos.

—¿Qué méritos nos faltan para 2016?

—Que los políticos tomen estas cosas como cuestión de Estado. No de partido.

—Por cierto, el señor Gómez se comparó con la figura de Jesús.

—Denota un hombre sin cultura. No es la persona más adecuada para compararse con un personaje histórico. Hoy Jesucristo haría lo mismo. Se enfrentaría con los poderes establecidos. Con el poder político, con el económico. Y lo quitarían de en medio.

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