Córdoba

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La reválida de los quince años

Córdoba se juega en la designación de hoy diez años de su pasado reciente y cinco del futuro que tienen que atraer inversiones y modernizar su estructura social, cultural y económica

Día 28/06/2011 - 07.21h

LA suerte está echada. Desde las doce y media de la tarde de ayer, Córdoba ya no puede hacer nada más por ser capital Europea de la Cultura en 2016. Ha cumplido todas las etapas y se ha volcado en todo lo que estaba en su mano. Si fue suficiente o se quedó por el camino, sólo se conocerá a partir de las cinco de la tarde de hoy, cuando el presidente del Comité de Selección, Manfred Gaulhofer, y la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, den el nombre de la ciudad elegida para un título que supone mucho más que una distinción honorífica.

Para empezar, lo que Córdoba se juega hoy es una de las mejores oportunidades para contar con inversiones importantes, tanto de inversores privados como de otras Administraciones. Y lo hace precisamente en un momento en que la crisis económica ha debilitado el gasto público y privado, con muy especial incidencia en lo cultural.

Si la ciudad sale elegida se habrá conseguido que el dinero consignado desde hace una década, y que asciende a varios millones de euros, no sea un gasto, sino una inversión que después reportará en Córdoba y en distintos sectores con creces. De los patrocinadores privados, casi siempre multinacionales, se esperan conseguir 28,5 millones de euros en el plazo 2012-2017. No es nada descabellado y se trata de uno de los principales atractivos de la designación.

Para las empresas que ejercen este tipo de mecenazgo, las Capitales Europeas de la Cultura resultan muy atractivas por el grado de notoriedad que adquieren, lo que refuerza el sentido de su inversión en este concepto. De hecho, otras ciudades que han tenido este título han podido realizar actividades bastante ambiciosas precisamente por contar con la ayuda de grandes entidades privadas que difícilmente habrían colaborado en una situación distinta.

El Gobierno central aportaría 12,8, la Junta de Andalucía casi 29, la Unión Europea se aproximaría a 4 y al Ayuntamiento le corresponderían unos 33, según los planes de la candidatura. Córdoba recibiría así una fuerte suma pública que no sería tan fácil de conseguir en una época llena de recortes por culpa de la crisis económica. Si no se consigue, el gasto no se habrá perdido, ya que los organizadores insisten en que en este tiempo se ha conseguido una evolución en la ciudad que se tiene que mantener, y que ya era importante el camino, pero si se consiguen tendrán todo su sentido intacto.

Pero además, ser Capital Europea de la Cultura supondría poner a la cultura debajo de un foco muy potente, que conseguiría atraer a más visitantes y potenciar todavía más una «marca» turística que ya es bastante potente. Frente a un turismo que es casi siempre estacional y que está lastrado por la falta de pernoctaciones, los cálculos hablan de que el número de noches de hotel subiría un 15 por ciento, lo que unido a las mayores visitas dejaría en la ciudad una cifra que estaría alrededor de los 200 millones de euros. Estas cifras se pueden incrementar en el caso de ciudades patrimoniales, como es el caso de Córdoba, en las que al atractivo de la Capitalidad Cultural se suma su valor intrínseco independientemente de la distinción.

Sería además un caldo de cultivo muy positivo para el sector turístico, que lograría romper la imagen de una ciudad donde no es necesario pasar una noche y donde el atractivo se queda en un monumento, la Mezquita-Catedral, y su entorno más inmediato.

Los primeros frutos

No en vano, la propuesta de la candidatura deja claro que ser Capital Europea de la Cultura tiene que ser una oportunidad para mejorar el presente y el futuro económico de Córdoba y abrir una nueva etapa que se base en las industrias culturales y en lo que gira alrededor de la creación. No es algo nuevo y los primeros frutos ya se han visto en forma de editoriales, galerías de arte y nuevas empresas, aunque se espera que se potencie si hoy la ciudad logra su objetivo.

Incluso en otro tipo de actividades económicas, y por el benéfico influjo de la Capitalidad Cultural, se espera un aumento de la demanda que puede generar mayor riqueza y empleo. A la inversa, la necesaria colaboración de las empresas, cada una en la medida de sus posibilidades, formaría una nueva cultura en el sector económico de la ciudad que conseguiría una mayor participación en asuntos de interés general, una de las asignaturas pendientes hasta no hace muchos años.

La percepción exterior de la ciudad también puede mejorar y precisamente gracias a los mismos valores de los que se habla en la programación de 2016. La propuesta del pasado de Córdoba como ejemplo del diálogo y la coexistencia entre culturas para el futuro de la humanidad en las zonas de conflicto conseguirá que el nombre de la ciudad llegue mucho más lejos que ahora.

La repercusión emocional, que a su vez tendrá incidencia en todas las características anteriores, no será una de las menores. Córdoba habla de ser Capital Europea de la Cultura desde hace una década. Más allá de divisiones partidarias, el proyecto ha conseguido unir a la ciudadanía y crear una ilusión colectiva que después tiene que redundar en muchos campos. El voluntariado es uno de los puntos en los que se ha manifestado con más intensidad, algo significativo en una ciudad demasiado asociada en los últimos años a la marca de la indolencia.

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