Córdoba

Córdoba / DISEÑADORA DE MODA

Juana Martín «Sé de dónde vengo»

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Sabe de dónde viene. Y dónde va. Juana Martín es mujer, diseñadora de éxito y gitana. Una condición que ha paseado con dignidad y orgullo por las pasarelas de medio mundo

Día 09/10/2011
Juana Martín «Sé de dónde vengo»
rafael moreno
Juana Martín, en un improvisado «photo call» en su taller

Esta mujer que observa usted recostada sobre la butaca dio un triple salto mortal no hace mucho. Podríamos decir que pasó de un mercadillo de barrio a la Pasarela Cibeles en un abrir y cerrar de ojos. Que viene a ser algo así como ascender desde la tierra hasta las nubes sin paracaídas. Lo cierto es que un día empezó a sonar su móvil con llamadas desde periódicos y televisiones de medio mundo y desde entonces vive en el escaparate público. Lo suyo pudo haber sido un subidón de primavera. Pero aquí está, seis años después, en la cresta de la ola.

—¿Imaginó un despegue así?

—Sinceramente, no soy conformista. Pero era una ambición personal, no monetaria. Yo no quería ser la típica modista de barrio, que se dedica a hacer trajes de chaqueta.

Juana Martín (Córdoba, 1974) lo tuvo claro desde siempre. Desde que jugaba con los trapos del polvo a cortar y diseñar faldas. Como hacían sus padres en su pequeño taller de costura, cuya producción vendían en el mercadillo de Ciudad Jardín los viernes, en la Corredera los sábados y en la Asomadilla los domingos. Hasta que un día se plantó ante sus progenitores para decirles que quería dedicarse al diseño. «No les hizo gracia», admite. Pero Juana Martín es pertinaz como la sequía. Y con apenas 20 años ahorró una pequeña cantidad de dinero y se matriculó en una academia de costura. Fue entonces cuando alquiló una máquina Singer y pidió un préstamo de 500.000 pesetas (3.000 euros) para representar a Andalucía en un desfile. Lo demás llegó como una exhalación.

—¿El éxito es fruta de temporada?

—Va y viene. Pero no llega sin trabajo.

—¿Ha sentido vértigo?

—Los halagos me gustan, por supuesto, pero suelo escuchar mucho más las críticas. Y tengo una familia que me pone los pies en la tierra.

—¿Teme que el éxito la devore?

—Para nada. Yo soy una persona sencilla y cercana. La gente que me conoce sabe que sigo siendo la misma.

—¿Cómo domina su ego?

—No dejando de ser quién soy y sabiendo de dónde vienes.

—Es difícil tener los pies en el suelo cuando todo se mueve alrededor.

—Yo me muevo a la velocidad que me tengo que mover. Y tu gente te pone los pies en el suelo. O sea: los domingos me toca fregar los cuartos de baño.

—¿Cuál ha sido el obstáculo más difícil de saltar?

—He tenido que demostrar que por el hecho ser lo que soy no caes en los estereotipos. Eres flamenca, eres gitana y vienes del folclore andaluz. Y eso ha sido un lastre entre comillas, porque hagas lo que hagas siempre te encasillan.

—¿Ser gitana ha sido una ventaja o un inconveniente?

—Yo me considero especial por poder presumir de lo que soy, pero el inconveniente es tener que demostrar que aparte de ser gitana eres diseñadora.

—¿Qué ha aprendido del circo de la moda?

—A observar muchísimo, a ser paciente, a escuchar. A no vender humo, sino a crear sueños. La moda es sueño.

—¿Hay frivolidad ahí dentro?

—Lo que la gente ve es el espectáculo pero no el sufrimiento y el trabajo que hay de la pasarela hacia adentro. Yo a eso no lo llamo frivolidad.

—¿Siente la presión de las expectativas que genera?

—Muchísimo. La presión, el miedo escénico, el que cada día te pides más a ti misma.

—¿Cómo digiere la crítica?

—Digiero una crítica constructiva. Sea negativa o positiva. Pero no una crítica destructiva.

—En 2004 no la dejaron entrar en Cibeles. Menuda venganza la suya.

—Y llevamos ya 13 ediciones.

—¿Qué sandez se le atraganta?

—El «yo soy». El «yo tengo».

—Mucha presunción.

—Demasiada. Poca sencillez. No todo el mundo. Yo tengo un equipo de diez personas y donde comen ellos como yo. Desde la que plancha hasta la limpiadora tienen un respeto.

—¿Sencillez y moda son términos contrapuestos?

—Para mí, no. No tienes por qué ir mirando a la gente por encima del hombro. Seas quien seas. La humildad del más grande lo hace todavía más especial. Y más inteligente.

Rebelde con causa

—Usted ha dicho que la mujer siempre debe vestir como para pecar. ¿Juana Martín es pecadora?

—Para nada. Salgo muy poco. Mi vida es muy familiar. Muy tradicional.

—¿Ante qué se rebela?

—Ante todo lo que no sea moral. Ante la injusticia. Ante los tópicos. Ante esa gente que no se molesta en conocer a otra y critica sin saber. No estoy domada. No me gusta la gente que manipula. —¿Qué pieza cambiaría del mundo?

—El hambre. Unos tantos y otros nada.

—¿Cómo se defiende de la invasión china?

—¡Uf! Intentamos diferenciar, meter calidad, diseño y diversificar. Es muy difícil.

—Son precios irresistibles.

—Precios irresistibles y confección irresistible.

Nos recibe en su taller. Un antiguo palacete de la calle Don Rodrigo, que además resulta ser su vivienda familiar. Nos ha hecho un pequeño hueco en su vertiginosa agenda personal después de tres semanas persiguiéndola en el móvil. Primero se interpuso un desfile en Valencia, luego Cibeles y más tarde un inminente traslado a un nuevo establecimiento en esta misma calle.

Desde que se subió a este interminable carrusel, sus padres siempre la acompañan. Desde el día en que fue elegida para representar a Córdoba en un desfile regional y se presentó ante los organizadores para aclarar según qué cuestiones: «Señores: soy gitana y nunca viajo sola». Y así ha sido hasta ahora. «Acabo de viajar sola por primera vez», precisa. «Y, uf, con polémica. A mis padres les da miedo. Son personas bastante conservadoras, pero yo lo llevo muy bien. Respeto muchísimo este aspecto».

—¿Qué prejuicios sobre los gitanos le parecen más injustos?

—Que la gente no tenga ni idea del hecho de ser gitano y te pongan la etiqueta.

—Los gitanos, por cierto, la verán como una magnífica embajadora.

—Tampoco pretendo eso. Sólo llevar mi trabajo. Ser gitana ni desmerece ni lo contrario. Una gitana en Cibeles. ¿Y qué? ¿Dónde está el problema? El mundo evoluciona, la cultura evoluciona, el gitano evoluciona. Tú ves a una persona mal vestida en una chavola y no tiene por qué ser gitano. Esa visión del que no entiende es lo que me molesta. Es más fácil vender lo malo que lo bueno.

—¿Qué hay que hacer para superar el desencuentro?

—Aquí no hay payos ni gitanos. Hay gente buena y gente mala. Y gente retrógrada. Yo valoro la persona.

—¿Cómo será la mujer gitana del siglo XXI?

—Espero que sea una gitana con tradición y con innovación. No hay que perder los valores, ni ser quien eres, para llegar donde quieres. Yo nunca los he perdido.

—¿Las tradiciones están para transgredirlas?

—Están para disfrutarlas. Para que tus hijos y tus nietos las conozcan. Luego, cada uno es libre de escogerlas. Con el tiempo, las tradiciones se van, no deteriorando, pero sí tomando una visión nueva. Yo disfruto con ellas.

—¿Qué le pide al futuro?

— Mucha salud. Y, sobre todo, ganas y fuerzas para seguir trabajando.

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