Córdoba

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El agua que nunca se fue del todo

Los restos de las inundaciones del año pasado son aún visibles y los vecinos insisten en que hay pocas subvenciones

Día 09/12/2011 - 08.57h

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Como en las calles de algunas ciudades viejas que concentraban a lo largo de su longitud todos los puntos de la escala social sin necesidad de salir de un barrio, a la vera del Guadalquivir también coexisten, al parecer en no demasiado mala paz y compaña, varias forma de vida. Al final de uno de los caminos de la urbanización Altea, donde unos árboles anuncian la presencia del Guadalquivir y unos montones de tierra recuerdan lo que allí pasó por última vez hace un año, Gabriel Ureña Meléndez cuenta su historia y se nota que no es la primera vez que lo hace.

Hace justamente un año, no es que el río se metiera en su casa y le obligara a salir, es que la tapó completamente, como sucedió con muchas de las que se levantan junto al Guadalquivir en esta zona. Al día de hoy, todo sigue igual y las únicas mejoras que se han dado en su casa las tuvo que poner de su bolsillo. «Después de la riada precintaron la casa, pero después le quitaron el precinto. No tenía dónde ir», relata. Entre tanto, tuvo que comprar nuevos muebles y acondicionar la vivienda para seguir adelante.

No ha recibido ayudas de ninguna clase, aunque las solicitó al Gobierno en tiempo y forma. De hecho, muchos de los vecinos de la zona han podido arreglar sus casas sólo gracias a lo que cobraron de sus seguros. Sus palabras no son de aprecio a las Administraciones y advierte de que no le gusta escuchar que su casa es ilegal, porque aunque haya construido allí tampoco nadie acudió a impedírselo. «Si fuera ilegal, como dicen, tendrían que haber venido cuando se puso el primer ladrillo», clama en un mar de casas, unas pobres y otras ricas, que han crecido a la vera del Guadalquivir en los últimos años.

Gabriel Ureña vive desde hace diez años en esta zona y ya ha conocido dos años de riada. Como otros vecinos, sostiene que lo que pasó no tiene nada de inevitable, y hasta se permite hacer una reflexión. «Antes limpiaban el fondo de los ríos con burros. Ahora, que hay maquinaria, no lo hacen nunca», se queja, después de insistir en que el agua de aquellos días no tuvo que haber originado un desastre de tamañas proporciones, que se cebó especialmente con las casas más desfavorecidas.

Por todas partes abundan los montones de tierra y lodo y muchas casas siguen invadidas. «Si las retiran, no sólo sería bueno para esta zona, sino que también serviría para darle trabajo a mucha gente», cuenta, mientras un grupo de jóvenes, todos en situación de desempleo, asienten y le dan la razón.

La limpieza del cauce del Guadalquivir es la clave. Ahora, explica con el conocimiento que dan muchos años de observación y conocimiento de la naturaleza, se está formando una acumulación de barro en el seno del río que está formando una especie de islote. Es el típico fenómeno que cuando llega una crecida formidable, como la que se produjo el año pasado en la combinación de las intensas lluvias y el alivio de agua de los pantanos, lo llena todo de barro, además de agua.

Sin remordimientos

Hay poco complejo de culpa en la zona y muchas explicaciones que coinciden en señalar la falta de previsión de la Junta de Andalucía a la hora de desembalsar. Con ello coincide el presidente de la asociación de vecinos de Altea, Julio Cortés, que pone el mismo ejemplo que le puso a algunos de los responsables del anterior gobierno municipal durante las muchas reuniones para hablar del tema. «Es como si tu vecino se deja abierto el grifo del lavabo. El agua termina por llegar a tu casa», argumenta. Otros señalan la nueva pista del aeropuerto, situada apenas a 200 metros y protegida por una valla aunque las señales de actividad son pocas, como muestra de que la mala planificación lo convirtió todo en un inundable, aunque en realidad no lo fuera.

Julio Cortés recuerda de aquellos días la falta de información y de previsión, que impidió que los vecinos tuviesen conocimiento de lo que se venía encima y pudiesen tomar medidas que paliasen el desastre.

A su casa llega una calle asfaltada, pero a pocos metros hay viviendas donde todavía no se ha retirado el barro, como la de Gregoria, que a duras penas tiene espacio para vivir y comer, y que tiene que convivir con los restos un año después y encima sola. Una ciudad, con todas sus clases, en miniatura.

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