¿SABE usted por qué los plenos municipales empiezan a las doce de la mañana? Nosotros tampoco. Ni posiblemente el ujier, ni el jefe de protocolo, ni el policía municipal de la puerta, ni el presidente del comité de empresa, ni los grupos municipales, ni el secretario del pleno, ni el responsable de los servicios jurídicos, ni el dueño de la cafetería de enfrente, ni probablemente el regidor. Los plenos municipales empiezan no antes de las doce, y punto. A estas alturas, debería usted saber ya que hay cosas que suceden en el mundo sin razón aparente. Simplemente suceden. Por ejemplo, la limpieza de las calles con chorros de agua potable a presión siendo ésta una zona de sequía. ¿Por qué? Ni idea.
Pues bien: si un pleno municipal arranca a las doce de la mañana, con un receso de veinte minutos a las dos en punto por no se sabe qué motivo, y cuenta en su orden del día con una docena de mociones, media de declaraciones y un cuarto y mitad de enmiendas, el reloj se nos pone en las cinco horas y once minutos de la sobremesa, bien pasado ya el culebrón correspondiente, con todos los daños y perjuicios que eso ocasiona.
Así se comprende que haya ediles que abran el periódico del día de par en par y se den un pequeño aperitivo mientras sus señorías le dan una enésima vuelta de tuerca a la reforma laboral. Por cierto, un aperitivo de cacahuetes, según nos sopló por Twiter un concejal que dispone de una perspectiva mucho mejor que la nuestra. Esto es lo que tiene el pleno 2.0. Que hay un debate parlamentario aseadito y convencional encima del pupitre y otro cuajado de insidias y chascarrillos por los desagües de las redes sociales.
El caso es que el edil en cuestión se zampó unos cuantos cacahuetes (si damos por buena esa versión) con una discreción y profesionalidad digna de un sibilino con delegación de área. En los plenos se aprenden técnicas muy depuradas de «tuiteo», lectura de correo electrónico y, según se ve, tapeo a palo seco sin que el público asistente se cosque. Ayer, por cierto, tuvimos un salón plenario a rebosar. Por lo que parece, nos acercamos a una primavera subida de fiebre y el pleno hervía de pancartas y protestas varias. Una mujer se levantó en medio de la sala y recriminó, a grito pelado, la política laboral del Gobierno. A estas horas intempestivas puede suceder cualquier cosa, incluido un arrebato mitinero. Ya lo hemos advertido. La mujer terminó su perorata, sin respetar turno de palabra ni milongas, ante el mutismo absoluto de los señores ediles, que observaban el incidente como quien escucha llover.
Entonces vino un nuevo soplo por el conducto reglamentario. Por el Twiter, queremos decir. La espontánea del público figuraba en el número 15 de las listas del PSOE, según información reservada de otro edil amigo de los plenos 2.0. Bueno es saberlo. Si usted sale elegido capitular de su ciudad puede intervenir en las sesiones plenarias. Si no, también.
En cualquier caso, el momento fuerte de la mañana-tarde lo protagonizó nuevamente el señor Gómez. No sabemos si por el contenido de su arenga o por el alto volumen con que acostumbra a obsequiárnosla. Se le escucha desde Bocadi, dijo atinadamente un colega plumilla a través de un pérfido «tuit». Podemos decir sin riesgo a equivocarnos que el señor Gómez no es un político al uso. Ni siquiera lo primero. De tal forma que se entregó a una defensa a ultranza y vociferante del presidente del Gobierno y sus razones para aplicar la reforma laboral. Lo hizo con su verbo recio y su ya tradicional repaso a las penurias por las que atraviesan las empresas y los trabajadores, los trabajadores y las empresas, en este mundo en ruinas que se desploma día a día. Después de cada intervención del portavoz de UCOR hay una extraña sensación en la sala como de avería del servicio de megafonía. Dicho sin acritud.
Por cierto, nuestra cariñosa bienvenida al concejal Emilio Aumente, que ayer tomó posesión del escaño. Que Dios lo bendiga.



