—Su historia de cofrade es singular. Se formó en el Cristo de Gracia, donde fueron hermanos mayores su padre y su abuelo, pero ha desarrollado su carrera en el Sepulcro. ¿Habrá más cofrade de una o de otra?
—El pregón va a ser algo peculiar, porque están el Cristo de Gracia y la cofradía del Sepulcro, como dos partes muy importantes dentro de mi vida. Creo que están repartidas equitativamente. Sería injusto obviar mi cofradía de cuna, la que lleva mis genes. Mi apellido siempre estará ligado a la cofradía del Cristo de Gracia. Quizá mis hijos puedan decir que su apellido está ligado al Sepulcro o a las dos. Salen las dos.
—¿Lo ha enfocado entonces de forma vivencial o como historiador del arte?
—Habla un arqueólogo, un apasionado de la historia, un apasionado de la Semana Santa de Córdoba y un enamorado de la ciudad. Se puede decir que es casi autobiográfico, lo que pasa es que me lo llevo a unos terrenos bastante alejados del pregón habitual. A quien vaya con el cliché de que sea un pregón ortodoxo, ya le avanzo que no será ortodoxo. Se hablará de cofradías, pero voy a intentar abrir una ventana al pasado, porque mirando al pasado podemos ver el reflejo del futuro de las cofradías. Necesitan sobre todo mirar el pasado para ver hechos puntuales en la historia de la Semana Santa de Córdoba desde la cual tenemos que cimentar una identidad conjunta, propia, y sentirnos orgullos de ella.
—Es decir, ¿esta Semana Santa ha sido alguna vez lo que soñamos de ella?
—Cada época hay que valorarla en su justa medida. No tengo el complejo del debate entre el sevillanismo y el cordobesismo, porque creo que, por suerte o por desgracia, la Semana Santa de Córdoba tiene un trasfondo sevillano. Por una razón, y es que el estilo autóctono de Córdoba se extinguió en un momento determinado. Eso acarreó consecuencias que aún hoy seguimos pagando: Catedral, falta de tradición en las familias y para vestir la túnica. Unos vacíos en el patrimonio cultural de las cofradías muy difíciles de rellenar. Es como si recompusiéramos un gran mosaico romano y a ese gran mosaico, por avatares del destino, se le hubieran perdido miles y miles de teselas.
—¿Y con la investigación a dónde se puede llegar?
—La recomposición entera es prácticamente imposible. Creo que si la Semana Santa de Córdoba mirara más al pasado debería entrar en una fase de reinterpretación del modelo que vino de Sevilla, para adaptarlo a la idiosincrasia de Córdoba y hacer algo verdaderamente peculiar, porque hay cofradías que lo han conseguido. Ánimas es una cofradía sevillana, y a muchos sevillanos les gusta. Hay datos muy curiosos: cuando la cofradía de Jesús Caído se reorganiza en 1851 habla de que en la junta de gobierno estaban aquellas personas que se acordaban de cómo se sacaba la procesión antes. En Córdoba hubo 30 años sin cortejos penitenciales. Son casi dos generaciones que no conocieron una Semana Santa en la calle.
—¿No a la miel, sino a las flores, que diría don Antonio Machado?
—Creo que podemos hablar de dos formas de hacer las cosas. Una sería traerse, o copiar, literalmente, un paso que sale en Sevilla, y los hay magníficos, y otra, saber cómo han llegado a hacer ese paso. Creo que la vía correcta es la segunda: saber cómo se puede coger como referente artístico la Catedral de Venecia. O preguntarse por qué en Córdoba nadie se ha atrevido a hacer un paso basado en la peana de las Angustias, que es una de las piezas en que se procesionaba a las imágenes de Córdoba. Ánimas coge elementos exógenos y los aglutina para hacer algo propio. Ahora nadie puede decir que Ánimas no sea una cofradía cordobesa.
—¿Túnica o costal?
—He participado de las dos. Este Jueves Santo no podré llevar al Cristo de Gracia por que la responsabilidad del cargo me hace estar al pie del cañón, no soy como el capitán del barco italiano. Ahora sólo me queda la túnica, pero recomiendo las dos. Para mí la sensación de penitencia es con la túnica y con el costal lo que se hace es abrir los sentimientos de todos los espectadores que están en las aceras.
—Pero algo espiritual tendrá también, ¿no?
—Tiene una cuestión sentimental, propia, pero es mía, personal. Todos estos Jueves Santos que he estado realizando la estación de penitencia con la cofradía como costalero, yo particularmente no creo que eso sea una estación de penitencia. ¡Ojo!, en mi particular visión. En ese momento soy un trabajador a las órdenes del capataz de la hermandad, y tengo que hacer todo aquello que me dice desde su puesto. Por deformación profesional, pienso que el trabajo del costal se remuneraba desde antiguo, que las cofradías inventaron al hermano costalero para eliminar uno de sus gastos y que ha evolucionado. Particularmente, cuando me he puesto el costal en mis cofradías y en otras, siempre he sentido algo más.
—34 años, pregonero, hermano mayor del Santo Sepulcro. ¿No corremos mucho en esta ciudad?
—El otro día, la tertulia Juan de Mesa me regaló las pastas en las que guardar los folios del pregón. Después de que hablaran todos los componentes de esa gran tertulia, me dirigí a ellos y les expuse un elemento algo que, desde mi punto de vista, es uno de los problemas que tiene la Semana Santa de Córdoba. Y es que hay una generación perdida de cofrades, y empieza con ellos. Estamos hablando de Rafael Zafra, Juan Quero, mi padre, Antonio Varo, toda esa generación de cofrades que se movió en los años 70 y que con una fuerza impresionante llevaron a la Semana Santa a lo que hoy se vive. Yo creo que si hoy hay pasos que han llegado a tener una categoría muy notable en la Semana Santa de Córdoba es gracias a ellos. Si las cofradías han podido tener un peso relativamente importante en la sociedad es gracias a esa generación, pero también es cierto que desde mi punto de vista llegó demasiado pronto a los cargos de responsabilidad. Ese error se sigue cometiendo y, escarmentando en cabeza propia, creo que llego demasiado pronto al cargo de hermano mayor.
—¿Y al de pregonero?
—No sé si en otras ciudades los pregones los han dado gente joven o no. Lo que sí es cierto es que, por lo menos en mi caso, cada vez que miro al cajón de las municiones, las cofradías tienen el polvorín más vacío y cada vez cuesta más trabajo llenarlo de nuevos balines que puedan tirar para adelante. Es como si a una escalera de madera le faltaran tres o cuatro peldaños entre uno y otro. Y es un problema grave dentro de las cofradías, porque se rompe el hilo conductor, que es la tradición.
—Pero su edad le ha cundido. Ya participó en la elaboración del nuevo paso del Señor del Sepulcro...
—Mis 34 años los he aprovechado, pero yo llego relativamente a una Junta de Gobierno comparado con otras hermandades, donde chavales con 18 ó 20 años están en alguna vocalía. Aquí llegué con 26 o 27.



