Día 04/04/2012 - 09.26h
En este año 2176, en las obras de una urbanización de Poniente que databa de finales del siglo XX, y que ahora es parte del casco histórico de Córdoba, se encontró un texto mecanografiado que llevaba por título «Fingida parábola», y que el autor dedicaba a unos amigos suyos cuyo nombre se desconoce, aunque se esforzaba en decir que era con todo el cariño del mundo y para reír juntos de muy buena gana cuando terminase la Semana Santa de 2012, y así lo dejaba claro una y otra vez en las anotaciones.
El texto, escrito en papel, como era usual en la época en que este bien escaso no lo era tanto por quedar todavía algunos árboles, decía así.
Una mujer tenía dos hijos y uno de ellos le dijo: «Madre, dame la parte de lo que me has enseñado y déjame que me marche a Sevilla en Semana Santa. No es que te quiera menos, pero me gusta mucho más lo que veo allí». La madre, llamada Córdoba, así lo hizo, y el hijo se marchó a aquella ciudad, no tan lejana, cada Semana Santa. Disfrutó mucho, aunque nunca renegó de su querida madre y se interesaba mucho por ella. El otro hijo, sin embargo, miraba a su hermano con cierta sana envidia, porque también había conocido la gloria de la Semana Santa en aquella ciudad y pensaba si algún año, por qué no, también le tocaría. Por eso le preguntaba a su hermano por lo de allí.
Pero un año de estos sobrevino un aguacero tremendo en Sevilla, que no dejaba que las cofradías salieran a la calle. El Domingo de Ramos todavía pudo este hijo disfrutar con cuatro hermandades, y bastante buenas, pero en los siguientes días no hubo más que agua y desolación, esperas y pies mojados, llantos y frustración. El hijo que había marchado estaba en contacto con su hermano, que de vez en cuando le mandaba mensajitos con lo que pasaba. «Todas en la calle aquí, magníficas, como siempre», leía mientras esperaban para entrar a una iglesia. Deseaba llenar su entendimiento con vídeos de youtube a través del smartphone o marchas enlatadas que se había traído en el mp3 del hotelito en que se hospedaba, en pleno centro histórico, pero una avería en la red le había dejado sin conexión en el cacharro de última generación.
Así que se puso a pensar en cuántas cofradías estaba disfrutando su hermano a esas mismas horas, fuera con la pujanza de un misterio o con la oración silenciosa ante un austero Crucifijo mientras él se moría de hambre de ver cofradías y la única madera que tocaba era la del mango del paraguas. Por eso quiso levantarse e ir donde su madre para que le tratase como a uno de sus jornaleros. Y así lo hizo, y el Lunes Santo de noche ya se le pudo ver por la ciudad donde vivía todo el año. En esta ocasión su hermano, que alguna vez, quién sabe, le acompañará en el mismo viaje, se alegró de verlo disfrutar y de que conozca cómo aquellas hermandades de su ciudad que dejó atrás hace mucho o poco tiempo, según los casos, van tomando caminos que llevarán a una excelencia que ya tienen al alcance de la mano.



