Córdoba

Córdoba / pretérito imperfecto

La Feria de Nunca Jamás

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Antes se podrá municipalizar la Gerencia de Urbanismo y erosionar sus torres de marfil que tocar la Feria, convertida en amalgama de ferias irreconciliables. Eso sí, más barata»

Día 27/05/2012 - 10.23h

DEMOSTRADO queda. Antes se podrá municipalizar la Gerencia de Urbanismo de Córdoba y que caigan sus torres de marfil que tocar la Feria de Nuestra Señora de la Salud. Que así es como se llama y nació, no del Mayo Festivo del 68, esa especie de paquete único de tradiciones en rebajas donde lo mismo caben Los Patios, las Cruces y la Feria que la Manifestación del Primero de Mayo. Hasta el alcalde pintará gruesa la raya por donde no pasará más Luis Carreto, el concejal flotante, advirtiéndole que hasta aquí hemos llegado, pero no habrá forma de espantar el déjà vu de El Arenal diecinueve años después.

No se le debe discutir a Rafael Jaén que ha conseguido hacer la misma Feria de la Salud que el año pasado con casi la mitad del presupuesto, la mitad de aquella portada del Guinness, tipo muralla china, del rosismo y con los mismos macetones azul 2016, para que luego digan que la derecha no recicla y es sostenible. No se cuestionará a quien sabe gestionar y administró gastando menos en el despilfarro de juerga y evacuación de frustraciones que toda feria suministra. Y más, en la Feria más intervencionista del mundo, aunque resulte paradójico pensar que la fiesta es un bien reglamentado hasta en sus excesos más telúricos y paganos.

Pues sí, IU creó un modelo de Feria donde la jerarquía y el poder apostaba sus casetas a la orillita del Guadalquivir exhibiendo su dominio con espacio, en la calle ancha, mientras que el resto del pueblo y su colectivización, pastoreaba corrales, lonas y reproducciones de los primeros asentamientos íberos en el desértico meandro. Los poderes de la ciudad (vecinos, peñas, sindicatos, partidos...), colmataban la Quinta Avenida del desenfreno. El resto de la sociedad, los individuos y sus circunstancias, que se organizaran a su antojo, pero todos debían saber quién mandaba hasta en la plenitud del jolgorio.

Claro que en esa socialización del placer y el hedonismo apareció el fiscal Merlos y compañía para reivindicarle al poder supremo de la acera del río el sitio del individuo frente al colectivo en la «Feria de ferias». El individuo y su privacidad, que también incluye su ocio además de la cartera con la que lo paga, primero con impuestos y tasas, y después a escote con los amigos.

Amotinados en el cogollo del Real, pasto de todas las críticas habidas y por haber y proyectándose sobre ellos el clasismo que más de una década atrás ya había impuesto IU en El Arenal, lograron, al menos, vislumbrar otra Feria, otro estilo, ni peor ni mejor, pero sí más presentable si lo que se quiere es un escaparate para el que nos visita; más digno; más afín a la tradición ferial extendida por toda Andalucía, donde una vez al año, y en multitud de pueblos y ciudades, se decide simplemente celebrar y festejar lo que se es y de dónde se viene. Hacer botellón, desbarrar en una discoteca o colocarse las bermudas y coronarse con el sombrero de paja para ir al perol, en plena naturaleza, está disponible cualquier día del resto del año. Y con todo el sentido del mundo.

La Feria, la de Córdoba o la de Campillos, es el reflejo de sus constructores y arquitectos; de sus habitantes, de sus hijos, de sus moradores, e incluso de sus detractores. Será difícil, por no decir imposible, que en el carro actual de los tiempos podamos llegar a ver otra Feria en Córdoba que no se deje invadir por los modismos diarios de la evasión, la jarana o la reunión. Como digo, una Feria con muchas ferias en su interior, yuxtapuestas e irreconciliables —tampoco el Ayuntamiento ha querido nunca hacer lo posible para cambiar esa tendencia—.

Cuando el PP presentó su programa electoral con los cambios que veía necesario introducir en la Feria de la Salud si gobernaba la ciudad, llegó a hablar de una Feria «plural donde se respete siempre el modelo tradicional», difícil pirueta lingüística para una Feria tan compleja como ésta. Habló de superar las 200 casetas haciéndolas más pequeñas. Y de recortar a siete días —empezando el lunes— la insoportable eternidad de una celebración que hay días que parece un campamento transfronterizo en pleno desierto de El Gobi más que una pequeña ciudad de la alegría.

Ustedes mismos pueden hacer el juicio sobre lo prometido y lo hecho, aunque no me cabe la menor duda de que el esfuerzo de todo el equipo de gobierno municipal habrá ido encaminado este primer año de faena a mejorar muchas de las cosas criticadas años atrás. Aún le quedan dos ediciones más para intentar aproximarse al planteamiento expuesto en plena campaña de las municipales. Porque el año electoral, ya se sabe que urnas y casetas suelen coincidir en Córdoba, hay que descontarlo en este sentido.

Del Guinness de la portada de feria más grande jamás vista hemos pasado al Guinness del Riá Pitá, donde 780 parejas bailaron sevillanas a la vez, quitándole el título universal a la capital hispalense de nuestros afectos y desagravios enconados. El Arenal se desdobló el «Miércoles de Botellón», con ocho mil jóvenes entregados al alcohol sin ajustes ni recortes como los que sí tendrán que acometerse en las aulas que suelen frecuentar para que puedan continuar yendo de botellón

La Feria sigue siendo territorio comanche que es mejor no frecuentar. Cualquier empresa seguirá siendo más franca que la de subvertir el orden establecido hace muchos años allende Campo Madre de Dios.

fjpoyato@abc.es Twitter: @PacoPoyato

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