Con 80 años de edad, a punto de dejar la responsabilidad directa como párroco de la Compañía, el canónigo monseñor Juan Moreno Gutiérrez tiene una vitalidad impresionante. Natural de Villanueva de Córdoba, pertenece a una fructuosa cosecha de vocaciones emanada por el recordado párroco Marcial Rodríguez, «un hombre benemérito y virtuoso», en palabras de monseñor Moreno, que presume de que su pueblo: «Es el único del que han salido muchos curas y ninguno se ha secularizado».
Ordenado sacerdote por Fray Albino hace ya 57 años, tras sus estudios de Doctrina Social de la Iglesia en Madrid -donde convivió dos años con el recordado cardenal Tarancón-, su apostolado comenzó de la mano de la «Mater et Magistra», una encíclica de Juan XXIII «que supuso un punto de inflexión en la doctrina social de la Iglesia, al partir de la realidad y elaborar después las directrices en base a ella». Los tiempos del Vaticano II lo llevaron como profesor de esa Doctrina Social en el Seminario y en varios colegios e institutos de Córdoba, donde era asignatura del recordado «Preu». «Yo pensé que mi trabajo pastoral lo iba a desarrollar principalmente desde el campo de la docencia», admite.
El 1 de mayo de 1970 fue nombrado secretario de la Asamblea de Obispos de Andalucía, una de las «células madre» de la Conferencia Episcopal, lo que le permitió conocer a todos los prelados de la región, especialmente a Cirarda Lachiondo, que luego sería obispo de Córdoba y con el que mantuvo una estrecha relación. El prelado vasco lo hizo canónigo poco antes de trasladarse a Pamplona, y así comenzó su larga trayectoria en el Cabildo, de la que recuerda especialmente la restauración de la Capilla Mayor de la Catedral, «la más ambiciosa e importante realizada desde tiempos de Carlos V, para la que siempre reconoceré el trabajo de los arquitectos Gabriel Ruiz y Gabriel Rebollo, y la colaboración de la consejera de Cultura Carmen Calvo».
Por su biografía, le pilló de lleno el Vaticano II. «Tarancón creyó firmemente en el Vaticano II y en Pablo VI, y eso le costó algunos disgustos», dice. «En Córdoba se nota aún ese tiempo en que hay muchos curas de 80 años y muchos jóvenes de 40; pero muy pocos quedan de entre 60 ó 70, por la cantidad de secularizaciones que se produjeron».
Párroco en la Compañía
Al tiempo se le encomendó una parroquia. «Jamás pensé que iba a ser párroco, y menos siendo ya mayor». Así recuerda su llegada a la Compañía hace ya diez años: «Nunca antes un canónigo había sido nombrado párroco, lo normal era lo contrario».
Dentro de unos días, abandonará la responsabilidad directa de la parroquia. «Pienso tomarme un año sabático, aunque seguiré colaborando con la feligresía», asegura. Y quizá porque la atalaya de su experiencia se lo permite, dice con toda claridad que, «si lo mejor de ser cura ha sido para mí el trato con la gente, lo peor es la lentitud de la Iglesia para adaptarse a los tiempos que nos ha tocado vivir». En este sentido, no se corta a la hora de decir que «en la Iglesia española de hoy faltan líderes de referencia como los de hace décadas; teníamos a Tarancón, Guerra Campos, González Martín, cada uno a su estilo y manera de pensar, pero los tres eran escuchados y respetados por toda la sociedad».




